La kakistocracia argentina

Por Gabriel Boragina ©

Sin duda alguna, en los tiempos que corren, los diccionarios no son artículos de consumo masivo, ni mucho menos, populares. Pero echarles una leída cada tanto, es bastante útil, sobre todo, porque nos ilustran acerca de cosas que vivimos todos los días y nos ayudan a comprender ciertos fenómenos que, de lo contrario, tenemos tendencia a confundir con otros. El uso correcto de los vocablos auxilia, no solo a entendernos, sino a interpretar que es lo que pasa a nuestro alrededor.

Y así, con relación a nuestro titulo, el diccionario nos informa:

*Kakistocracia

Significa lo contrario de aristocracia (gobierno de los mejores), es decir, gobierno de los peores.

Fuente: http://tododeiure.atspace.com/diccionarios/juridico.k.htm

Si bien cotidianamente, los argentinos hablan permanentemente y hasta posiblemente crean de verdad que su sistema político es una "democracia", la simple (o profunda) observación de los hechos políticos que vienen viviendo desde el comienzo del siglo XXI permiten inferir lo contrario. En esta etapa histórica que nos toca vivir y con marcado acento en los últimos años, lo que en Argentina se llama pomposamente "democracia" ha sido y es aun en rigor, una kakistocracia.

Ahora bien, conviene hacer algunas precisiones terminológicas; hay muchas formas de entender la democracia, pero si se acepta básicamente que democracia es "el gobierno de muchos" podría darse el caso de que esos muchos sean los peores, con lo cual, de ser así, debería hablarse de una demokakistocracia. Esta expresión denotaría el gobierno de los muchos peores, y es bastante más descriptiva de la realidad observada.

Pero en el caso argentino en particular, no creo que se pueda hablar de democracia por las siguientes razones; los muchos han gobernado poco (cuando realmente lo hicieron), en realidad la historia nos muestra que para los pocos no es en absoluto difícil llegar al gobierno en la Argentina, ya sea con los votos o sin ellos; y esto tiene que ver con otro rasgo argentino que no se lleva nada bien con el principio democrático; y que es el autoritarismo, la soberbia y la prepotencia que destila este pueblo; aspecto este que se nota marcadamente, desde las relaciones más íntimas y cotidianas hasta las más complejas; sea en lo comercial, en lo laboral o más genéricamente en lo social. Hay "flotando" un clima de hostilidad y desconfianza que hasta se respira al caminar por la calle. El argentino medio siempre esta presto para el combate y para la agresión; pareciera que su máxima es -hasta en las cuestiones más domésticas- "no hay mejor que defensa que un fuerte, oportuno y certero ataque". Y de esta manera, maneja casi todas sus relaciones, desde las familiares, pasando por las laborales, comerciales, universitarias y naturalmente, como no podía ser menos, las políticas y económicas.

La constitución

Desde el punto de vista jurídico constitucional, la constitución argentina expresamente determina que para ser ungido presidente de la nación basta obtener entre un 40 % y un 45 % de los votos (dependiendo en un caso o el otro, de los votos obtenidos por el segundo mas votado).

Si por "democracia" se entiende el gobierno de la mayoría, cualquier alumno de escuela primaria con nociones básicas de aritmética, ya sabe que una mayoría es igual a la mitad mas uno de una cantidad dada, lo que nunca es igual a un 40/45 %. De modo tal, que ni jurídica ni constitucionalmente, la constitución argentina puede considerarse una constitución democrática en este sentido. Y tampoco en el sentido que dimos antes (democracia como sinónimo de "muchos") porque un 40 % o un 45 % no son "muchos", sino pocos. Muchos son los 60 % o 55 % restantes frente a los 40/45. Es decir, visto por donde se lo mire, analizado por donde se lo analice, nada más incorrecto que llamar "democracia" al sistema político jurídico constitucional argentino.

Argentina no es una democracia, ni en su espíritu, ni en su sentir, ni en sus leyes siquiera.

Y el gobierno de los pocos se llama, desde los tiempos de Aristóteles hasta hoy, oligarquía. Releyendo pues, los artículos constitucionales que legislan la elección del presidente, fácil es concluir que la constitución argentina es una constitución oligárquica, nunca democrática, por mas que la propia constitución diga que lo es o que los políticos y sedicentes "expertos" en temas técnicos jurídicos lo afirmen con aparente "seriedad". Los argentinos han *constitucionalizado* su sistema oligárquico de gobierno en el año 1994, ya que esta constitución reforma la del año 1853 en muchos puntos, entre ellos, el mencionado.

Sin embargo, que el sistema político constitucional argentino sea una oligarquía legal, no influye en el ejercicio kakistocrático real, porque, como señala Popper entre otros, hay pocas experiencias de sistemas democráticos que hayan elegido a los mejores; Popper nos dice que más bien ha sucedido históricamente todo lo contrario[1]

Sistemas y subsistemas.

La democracia entendida como forma o mecanismo de elección, puede tener como resultado paradójico, la selección de personas que pueden gobernar aristocráticamente o kakistocráticamente, es decir, la democracia puede elegir a los mejores o a los peores, y como la historia nos constata, mayoritariamente ha elegido a los peores.

Quizás sería mas preciso decir que los sistemas de gobierno tienen etapas y sufren transformaciones, a veces en brevísimo tiempo, y así parece confirmarlo la experiencia.; en una primera secuencia, se elige al gobierno por medio de un mecanismo democrático (entendido aquí como elecciones o votaciones); ungido el presidente, éste gobierna como un kakistócrata, si persiste en hacerlo (como viene pasando en Argentina desde comienzos del 2000) su sistema solo tuvo de "democrático" el acto eleccionario; todo lo que vino después fue y es pura kakistocracia.

Conviene insistir en que todo lo hasta dicho, se enmarca en un sistema mucho mayor que excede lo político y que forma parte de lo cultural; la política de un país es fiel reflejo de la manera de ser de su pueblo, o mejor expresado, de la mayoría de su pueblo. Por eso, tengo que volver para explicar adecuadamente este fenómeno político, a lo cotidiano; al actuar del argentino de todos los días; si los puestos públicos y privados son ocupados por los peores ¿cómo esperar el gobierno de los mejores? Esto se relaciona con el desdén del argentino hacia la cultura, hacia las actividades intelectuales, a su facilismo, al su pretender siempre aprovecharse de las debilidades ajenas para sacar provecho, obtener ventajas a cualquier costa; a una serie de actitudes tan, pero tan argentinas, que se termina reflejando en sus hombres políticos y la mal llamada "clase" dirigente.

En lo cotidiano, es evidente la desgana, el maltrato con que en la mayoría de los comercios y empresas, bancos, lugares de atención al público en general, grandes, medianos y pequeños, se atiende al cliente, maltratándolo, y a veces sugiriéndole que es un perfecto estúpido que no sabe nada de nada. He visto este maltrato habitual en forma personal, tanto en los lugares públicos como privados; realizar trámites, pagar impuestos, solicitar un servicio, o hacer una inocente consulta en un local privado o público, es exponerse sistemáticamente al mal trato, al desdén, a la apatía, cuando no al desprecio, llegando con poco, hasta el insulto. No es extraño que si los argentinos han hecho de estas actitudes su medio normal de comunicarse entre ellos, sus gobiernos sean cada vez peores, es que son el reflejo de una sociedad que empeora moral y culturalmente día a día: la sociedad argentina.

Una forma de ser

El argentino no tiene internalizada la noción ni la vocación de servicio, sino la prepotencia, la pedantería, la soberbia; como se dice en Argentina, el prototipo es el "canchero", el "piola", el "vivo", el "malandra", estas expresiones argentinas denotan al pillo, al truhán, que en Argentina es un "valor" moral a seguir.

De allí, que la mal llamada "clase" trabajadora irónicamente no trabaje o evite hacerlo la mayor parte de las veces; el argentino medio se conforma con vivir al día, con lo justo y necesario; la mal llamada "clase" empresaria también padece el mismo síndrome, tratando de eludir el riesgo, buscar prebendas estatales y protecciones políticas, favoritismos de todo alcance y tipo, exenciones fiscales, competir deslealmente, ¿puede esta clase de personas votar modelos "mejores" que ellos? No. Necesariamente tiene que votar a aquellos que se reflejen en sí mismos. Un gobierno kakistocrático no es mas que el fiel reflejo de una sociedad kakistocrática. Nunca gobernarán los mejores si quienes votan no lo son, al menos en un grado mínimo.

De esta manera, en lo político, todo el mundo en Argentina ve hoy día como normal, que en lo que va del siglo XXI se haya derrocado a un presidente electo mayoritariamente, mediante un golpe de estado civil (que jamás mereció ninguna condena de los grupos autoproclamados defensores de los derechos humanos) se haya autoproclamado presidente otro civil; (destacado miembro del partido político opositor, que gestara -o bien apoyara- el golpe de estado civil que derrocara al anterior presidente) y que luego de éste, dos años mas tarde recién; se organizaran un simulacro de "elecciones" presidenciales donde los "candidatos" principales eran cuatro políticos que pertenecían todos al mismo partido político y en las cuales el "ganador" de esas elecciones fuera uno de estos y que, para peor, accediera al gobierno con tan solo el 16 % de los votos finales y reales contabilizados; cuando, como ya vimos, la constitución argentina pide, al menos, un 40 % de los votos para el cargo. Y destaco y remarco lo de civiles; ningún militar participó en estos hechos ni en acción ni en palabras. Adelanto que los derrocados nunca contaron con mis simpatías, pero mis análisis y sentimientos no se guían por simpatías o antipatías sino por el principio de legalidad, que para mí es un valor supremo a seguir, al contrario que para la mayoría de los argentinos.

Por supuesto, que estas cosas aquí dichas, en la Argentina no les interesan a nadie, de hecho, muy pocas veces las he visto apenas insinuadas, no sé si por temor o por indiferencia, pero los que pensamos de esta manera somos, indudablemente, muy, pero muy pocos. En parte porque tampoco es muy conveniente expresar este tipo de convicciones. O más modernamente, es "políticamente incorrecto".



[1] Karl R. Popper, La sociedad abierta y sus enemigos. Editorial Orbis.

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