Hipnotismo fiscal


Por Gabriel Boragina ©

"Las fases y los detalles de la evolución histórica del impuesto los analiza Adolfo Wagner, con gran riqueza de erudición y de comentario en los párrafos 101 a 123 de su Finnanzissenschaft: en los pueblos primitivos constituidos en estado de economía natural, los impuestos casi no se conocen: no hay autoridad suficientemente organizada y fuerte para exigirlos —en la antigüedad y en la Edad Media el impuesto despierta la idea de subordinación, del vencido al vencedor, de unas clases sociales a otras: su establecimiento se efectúa de un modo unilateral, despótico, sin recabar el consentimiento de quienes han de pagarlo—"[1]
Bandas de saqueadores que arrasaban pueblos enteros cada tanto, descubrieron que era mejor negocio ofrecer a esos mismos saqueados protección contra otras bandas de saqueadores a cambio de una parte de sus bienes. De negarse quedarían expuestos a seguir siendo saqueados, sea por quienes así los extorsionaban o por otros saqueadores.
Es la historia del ladrón errante y del ladrón estable. En los comienzos de la humanidad, donde los gobiernos no existían, la vida se debatía entre el ladrón errante que asolaba y saqueaba pueblos y aldeas y una vez devastado todo, se retiraba hacia otro pueblo o aldea y repetía la operación hasta que llegaba un punto en que no le quedaba más para saquear y devastar. En la segunda fase de la historia, el ladrón errante se dio cuenta que obtendría mayores ganancias de otra manera, y en lugar de despojar todas las comarcas era mejor establecerse en una sola, y dedicarse a atracar periódicamente allí sin incursionar en las otras, ya que sus costos disminuirían al eliminar las incesantes y agotadoras incursiones. Otra ventaja del nuevo sistema consistía en que tampoco correrían el riego de encontrarse antes con otra banda de saqueadores más fuertes que pudieran vencerlos. El saqueo ("pacifico") periódico local sería un "precio" que el ladrón estable le cobraba al campesino o habitante del lugar, ese precio (tributo) se pagaría como reembolso por la protección contra otros ladrones errantes que quisieran asolar el lugar.
Este es el verdadero origen del impuesto. No había demasiadas alternativas para pueblos de agricultores, ganaderos, artesanos o mercaderes (las principales actividades productivas de la antigüedad), inexpertos en el uso de las armas. Ladrones y matones constituyeron así los primeros gobiernos de la historia. Algo que en el tiempo no ha cambiado demasiado, salvo muy honrosas excepciones.
Aquellas primeras gavillas de criminales si estaban suficientemente organizadas y fuertes para exigirlos, y han devenido en los gobiernos de la actualidad, pese a sus apariencias seudodemocráticas de las que tanto se ufana el autor en estudio.
También en la actualidad el impuesto conserva aquella "idea de subordinación, del vencido al vencedor, de unas clases sociales a otras" esto se mantiene en espíritu y en esencia, aunque no resulta políticamente correcto decirlo desde luego.
Ahora bien, hay que reconocer que, en el curso de las eras, ha habido una suerte de domesticación del pueblo por parte de los estatistas, por la cual han convencido -de cierta forma- a una mayoría sobre la "necesidad" el impuesto. En parte, por eso la institución sobrevive. El éxito del lavado de cerebro es mérito, sin duda, del marxismo que ha convencido a la mayoría de la humanidad de que los impuestos son "buenos" porque los pagan los "ricos" en "beneficio" de los "pobres". Esta falacia ha calado hondo en las gentes, lo que naturalmente incluye a la pléyade de autores socialistas que estamos comentando.
"durante un periodo intermedio, que comprende desde fines de la Edad Media hasta bien avanzada la Edad Moderna, se producen evoluciones que el profesor norteamericano A. Seligman ha esclarecido con sus análisis etimológicos y terminológicos. Durante este período: a) a veces el impuesto aparece como una espontánea y benévola "donación" de los súbditos a sus soberanos (donum, benevolence); b) a veces como una humilde "súplica" dirigida por el soberano al pueblo (precarium; Bede-de beten, rogar; peticiones cuadernos de...); c) a veces predomina en ellas la idea de "asistencia" de "ayuda" voluntaria ofrecida al Poder (contribución; uide; steuer-áe steuern, ayudar); d) a veces lo que adquiere mayor relieve es el sentimiento del "deber", de la obligación de pagar el impuesto (de ahí la palabra duty en Inglaterra; e) otros vocablos, en fin, acusan la idea de que el impuesto se fija "unilateralmente" por el Estado (tasa, arbitrio; rate)"[2]
Exceptuando el último punto, los casos anteriores no se tratan de impuestos porque el elemento coactivo que lo caracteriza y constituye se encuentra ausente. Toda dación voluntaria de algo a otro es una contribución, donación, etc. pero nunca podrá llamarse impuesto. Precisamente porque en esos casos no hay imposición de ningún tipo. Donde existe voluntariedad, no hay imposición, por eso tales ejemplos dados arriba no se tratan de "impuestos".
Si esos casos han existido (confesamos no conocer la obra de A. Seligman) será excelente volver a ponerlos en práctica, pero (por lo que apuntamos en el final de nuestro párrafo anterior) lo vemos medio complicado: hay un consenso social bastante fuerte sobre la "necesidad" del impuesto, falacia que ya nos hemos ocupado de desenmascarar. No obstante, somos conscientes que nuestra posición es minoritaria y dicho asentimiento lamentablemente existe. Mucha gente acepta la "necesidad" de los impuestos; algunos con resignación, otros con entusiasmo, convencidos que los "pagarán" los "ricos" sin que ellos se vean afectados, lo cual es falso, porque los impuestos que pagan los "ricos" generan más pobreza y no menos. Sin embargo, esta última realidad es contraintuitiva para la gente ignorante de la ciencia económica y sus aciertos. En nuestro libro Impuestos hemos tratado este tema bajo el rótulo de la "ilusión fiscal".
Volviendo a la cita comentada arriba, lo que allí se mencionan en los distintos apartados, son todos casos de contribuciones voluntarias, no de impuestos. Y en algún momento, aquellos gobiernos han convertido dichas contribuciones de tales en obligatorias. Por eso, en la obra señalada en el párrafo anterior hemos criticado -como también lo hacemos aquí- que al que paga impuestos se le llame "contribuyente" porque no lo hace voluntariamente sino de manera forzada bajo amenaza de ser penado por la ley en caso de negarse a pagar. La expresión "contribución forzada" es auto contradictoria.

[1] Mateo Goldstein. Voz "IMPUESTOS" en Enciclopedia Jurídica OMEBA, TOMO 15 letra I Grupo 05.
[2] Goldstein, M. ibidem. Op. Cit.

No hay comentarios.:

Privilegios fiscales

Por Gabriel Boragina © "Las referencias de Wagner y de Seligman se confirman a través de la historia de la tributación en España. S...