Algunas hipótesis sociológicas sobre la argentinidad


Por Gabriel Boragina ©

El tema de las crisis argentinas es recurrente en la mayoría de los análisis, tanto locales como extranjeros. En ellos se focaliza la mirada sobre sus causas económicas y políticas por lo general, pero hace tiempo que venimos -por nuestra parte- sosteniendo que las verdaderas razones de este fenómeno son subyacentes, y que lo político y económico es -en realidad- lo que emerge a la superficie solamente. Es decir, es el síntoma de algo más de fondo o de base. Vamos a reflexionar seguidamente -una vez más- sobre lo que para mí serían estos posibles orígenes, aclarando que, lo que a continuación consigno someramente, son no más que observaciones personales provenientes de mi experiencia diaria. Comencemos:
Veo que el argentino, mayoritariamente, siempre está empezando de nuevo, pero no empieza algo nuevo, sino que repite lo ya hecho antes. No continúa con algo, sino que lo reinicia, por eso perpetuamente está estancado en el mismo lugar. Quizás -intuyo- ese sea el motivo por el cual el país no progresa ni avanza.
Cuando algún valiente (en minoría) quiere principiar algo realmente nuevo, de inmediato es atacado por el primer grupo (el mayoritario) que quiere emprender como "nuevo" algo que ya se ha ensayado en múltiples ocasiones anteriores, previo echar al olvido todas las experiencias pasadas en tal sentido.
Un ejemplo personal pero recurrente: luego de estar organizando durante varios días una acción conjunta con varias personas y ya tener definida la tarea a emprender, alguien (que no participó de tales negociaciones, por equis motivo) llega de repente al grupo, y alegando que "no pudo" estar presente en las anteriores tratativas, propone realizar otra reunión para volver a discutir y volver a decidir lo que ya se había resuelto antes por los que si participaron. Es decir, en pocas palabras, comenzar todo de nuevo y desde cero.
Lo lógico (reflexiono) hubiera sido que los demás integrantes del equipo se opusieran a la "idea" de la persona recién llegada que plantea (como "gran novedad") recomenzar todo desde cero. Pero, para mi sorpresa (sorpresa que -ante un sin fin de experiencias anteriores similares- ya va dejando de serlo) no. Todos aceptaron volver a discutir lo ya discutido y volver a decidir lo ya "decidido". En pocas palabras: horas, días y semanas de debates, "definiciones" y "resoluciones" ya tomadas perdidas.
También lo noto muy seguido en mis relaciones interpersonales y también las laborales. Doy instrucciones, indico una metodología de trabajo, fijo metas a un grupo de trabajo que depende de mí, y después de obtener las conformidades, aceptaciones y acuerdos de todos, puestos a trabajar me encuentro con que -en los hechos- ninguno entendió nada, o realizan la tarea en forma completamente contraria a la convenida.
¿Será esta una característica más de nuestro pueblo? ¿sucede también así en otras partes del mundo? No lo sé a ciencia cierta. Pero puedo dar fe que en toda mi experiencia laboral u organizativa en el país esto ha sido perennemente una constante. No obstante, en los últimos años, la veo agudizada en extremo. Mi conclusión, triste conclusión, es que persistentemente estamos comenzando todo de nuevo, y que cuando creemos "definir", o haber "definido algo" en realidad no hemos definido nada en el más pleno sentido de la palabra definición. O, definimos y redefinimos sin cesar en forma invariable, permanente y sin fin. De allí, proyecto y deduzco, que esta puede ser una hipótesis fuerte a la hora de explicarnos porque no avanzamos como país ni como nación.
Y no se trata de corregir errores donde procede dar marcha atrás. Sino de recomenzar todo el proceso "decisorio" sin ponerlo en ejecución y, por ende, sin siquiera contar con la experiencia del error. Ya que si ni siquiera se emprende es imposible conocer si el proyecto será exitoso o no.
Tampoco se trata de tener un proyecto en común, sino de fijar un objetivo y llegar a la meta. Con las correcciones necesarias y los ajustes del caso forzosos y naturales, pero para llegar a la meta fijada, y no estar gastando horas, días, meses y años en discutir y volver a "definir" (sin definir) medios y fines…y no llegar a ninguna meta, y ni siquiera cruzar la línea de largada.
Otro rasgo acusado que observo es la gran manía argentina por complicar lo sencillo y burocratizar lo no-burocratizable. Advierto que cuando el argentino promedio frente a una situación a resolver tiene dos caminos, uno simple y otro más complejo, casi invariablemente elige este último. Un hecho que a muchos parecerá trivial a mí me resulta altamente significativo. Por ejemplo, el nombre de la ciudad de Buenos Aires. Lo que antes era simplemente la Capital Federal, o simplemente la Capital o Buenos Aires, ahora lleva el quilométrico nombre de "ciudad autónoma de Buenos Aires". Es decir, lo que antes designábamos solamente con dos palabras ahora necesitamos cinco para denominarla. O, en otros términos, lo que antes se abreviaba con dos iniciales (CF) ahora necesitamos cuatro (CABA) lo que además es -desde el punto de vista jurídico- una denominación incorrecta, ya que la ciudad como tal no es "autónoma", habida cuenta que, en tanto y en cuanto, las autoridades nacionales (como sucede hoy) tengan su asiento y residencia en su ámbito ello le priva de total autonomía y, como han señalado autorizados constitucionalistas (entre ellos los Dres. Badeni, Spota y otros) lo que verdaderamente es "autónomo" es el gobierno de la ciudad, en tanto no depende (en teoría) del nacional (cosa también relativa) pero no la ciudad en sí misma. Puede -insisto- parecer al lector un detalle de lo más baladí, pero lo tomo como significativo de la gran manía argentina de enredar absolutamente todo, de lo que ni siquiera se salva el lenguaje.
Cosa parecida han hecho con los nombres de las calles. Lo que antes era la calle llamada simplemente "Artigas" ahora lleva el nombre completo del prócer "José Gervasio de Artigas" pasando de una palabra simple a la innecesaria complicación de cuatro palabras solo para denominar a la misma calle. De la calle "Pozos" pasamos a "Combate de los Pozos" (de una a cuatro palabras). Y así, siguen los ejemplos.
En fin. Esto, como digo, veo que se proyecta de lo micro a lo macro y viceversa, esta manía por embrollar definitivamente todo, por girar continuamente en torno de un mismo asunto sin avanzar, por cambiar para que todo siga igual (gatopardismo). Es algo que, creo, identifica en muchos aspectos a los argentinos y -como expresaba al comienzo- se proyecta de lo micro a lo macro, y explica, de alguna manera, nuestra peculiar sociología, de marchas y contramarchas, idas y venidas, que tanto llama la atención a los extranjeros que nos visitan.

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