Generosidad cristiana y economía



 Por Gabriel Boragina ©

Cristo predicó abundantemente sobre la generosidad. Mucho se ha escrito acerca de esto, pero poco he encontrado hasta el momento que tuviera en cuenta los condicionantes históricos y económicos[1] en los cuales Nuestro Señor Jesucristo hizo su prédica[2].
Los comentaristas bíblicos y religiosos en general centran sus apreciaciones dando un enfoque esencialmente espiritual de la enseñanza de Nuestro Señor Jesucristo y tienden a presentar al Maestro como si fuera un antimaterialista. Pero Cristo como Dios que es, no se limitó a lo exclusivamente espiritual, ni hizo sus declaraciones desconociendo el contexto histórico en el que decidió aparecer en nuestro mundo. Con su visión divina habló del pasado. de su presente y del futuro (lo que nos incluye y excede). Y lo hizo por partida doble: material y espiritual. No creemos que Nuestro Señor Jesucristo haya sido un antimaterialista.
La generosidad era fundamental en su época donde las condiciones económicas eran paupérrimas. Los pobres -al revés que hoy- eran la inmensa mayoría de la población. Los ricos una minoría representada por los nobles, clero y gobernantes, coincidiendo muchas veces estas tres calidades en las mismas personas. Israel constituía una teocracia, sus líderes lo eran tanto políticos como religiosos reunidos ambos títulos y funciones en idénticas personas.
La economía de su tiempo era rural, es decir se reducía a la agricultura y ganadería como únicos métodos de producción. Y, en menor medida, artesanal. Los mercaderes se limitaban a comerciar los productos generados por la agro-ganadería y los artesanos. Hoy la llamaríamos una economía de subsistencia.
Los medios de manutención de la población dependían de las cosechas, y estas -a su turno- de los avatares del clima y las bondades del suelo, que en Palestina son escasas. Cristo era -desde luego- consciente de todo esto y más allá de su instrucción moral (que es la única que enfatizan los religiosos) también estaba predicando además de economía, aunque esta disciplina no existiera entonces, ni aun hasta el tardío siglo XVIII en el que Adam Smith le da sus fundamentos.
No es de extrañar que en semejante contexto la generosidad y la caridad ocuparan un lugar central en su doctrina. La Salvación también pasa por lo material y no sola y exclusivamente por lo espiritual como meten en la cabeza los actuales jefes religiosos y sus adláteres.
Dos elementos, uno material y otro moral imponían que el tema fuera medular. Por el lado material, la escasez de recursos -muy grande entonces- y por el costado moral la avaricia humana, generada o condicionada -en buena parte- por aquella misma escasez material. Podría darse una relación directa y una regla que dijera que, a mayor escasez mayor avaricia. Esta era la sociedad (en su faz económica) en la que Nuestro Señor Jesucristo vivió corporalmente.
Ante la inexistencia de un método de producción capitalista que -como dijimos y sabemos- apareció recién a fines del siglo XVIII y solamente en Gran Bretaña, a mil ochocientos años de distancia de ese acontecimiento futuro (que Cristo, siendo Dios, sabía muy bien que iba a suceder) algo había que hacer respecto del asunto. Y Cristo lo hizo, a través de su saber y su énfasis en la caridad y generosidad como valores humanos a practicar y como modo de conducta a seguir, tanto por judíos como cristianos.
Es importante destacar en este punto que no creemos que Nuestro Señor Jesucristo hubiera venido a este mundo a reformar, modificar o instituir estructuras políticas, ni económicas temporales, ni la Biblia enseña ni instruye sobre política y economía, como tampoco de otras ciencias. No estamos ante un tratado científico, ni de ciencias sociales, ni de las naturales. Pero esta convicción nuestra no significa que la Biblia no se haya referido a estas cosas. Cristo no enseñó economía, pero si habló de ella. Lo mismo cabe decir en cuanto a política (al Cesar lo que es del Cesar, etc.,) y muchas otras disciplinas que -al día de hoy- son materias de estudio científico. Cristo fue, es y será Dios, creador de todas las cosas, incluyendo todo saber humano, no desconocía (ni cuando vivió en Israel ni desconoce hoy) lo que El mismo creó (lo que sería un contrasentido absoluto). Sabia por anticipado -naturalmente- las sub-creaciones humanas que vendrían con los tiempos, y de qué modos usufructuaría el hombre la sabiduría que Dios puso a su disposición. Pero, es importante deslindar la parte humana de la divina y las esferas de competencias de cada una.
Hecho a su imagen y semejanza (como dice el Génesis) el hombre es co-creador junto con Dios. Limitado -no obstante- en su capacidad creadora, después de la Caída en el Paraíso.
Por estos motivos, Cristo no propuso soluciones económicas, ni métodos científicos para combatir la pobreza, pero si dio pistas, pautas e indicaciones como para hacerlo a futuro. Y medios para paliarla en su momento histórico.
Sus doctrinas dan lección si, de la indisoluble relación entre los asuntos políticos-económicos y la moral cristiana (opuesta a la farisaica), demostrando que no operan en compartimientos estancos. Y en torno a este aspecto si puso especial énfasis, tanto para su época como para nuestros tiempos actuales. Muchas de sus enseñanzas tienen un doble valor, tanto espiritual como material. Es parcializar y aun minimizar su doctrina insistir en que su mensaje fue exclusiva y netamente espiritual.
El “dar a los pobres” no siempre significa -en palabras de Cristo- “regalarles” cosas. Jesús no abolió el comercio ni la propiedad privada, ya que no hay ningún pasaje donde lo diga expresamente con esas u otras palabras, como así también hay un sinnúmero de situaciones sociales en relación las cuales no se pronuncia directa ni indirectamente, y de las que no se puede inferir absolutamente nada en conexión de lo que pensaba relativo a ellas. Y si lo hizo, no quedó ello registrado en los Evangelios.

[1] Otros autores han tratado algunos aspectos de este problema, como, por ejemplo, Alberto Benegas Lynch (h), Enrique Loncan, Gabriel Zanotti, Alejandro Chafuén, Michael Novak, etc. pero con un enfoque que excede el bíblico e incluye el católico casi con exclusividad.
[2] Una posible excepción a esto son los trabajos del Profesor Alberto Mansueti, valiosos en la mayoría de los casos, aunque no comparto el 100% de sus puntos de vista.

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