Reflexiones sobre la riqueza y la pobreza



Por Gabriel Boragina ©

La riqueza es una noción abstracta, que para qué cobre sentido necesita ser particularizada, es decir debe convertirse en relativa. Por ejemplo: Si A tiene dos trajes y B tiene uno, se dirá que A es " más "rico"" que B. Pero si C tiene un gabán, para saber si C es "más o menos rico" que A y que B, necesitaríamos conocer qué valor le dan A, B y C a los trajes y los gabanes, cosa que ningún tercero ajeno a ellos es capaz de determinar a priori, habida cuenta que el valor es subjetivo y no objetivo. La cuestión se complica aún más –y resulta cada vez menos definida- si pasamos del rubro del vestido al de la alimentación, vivienda, recreación, trabajo, etc. En suma, hablar de la "riqueza" y de la "pobreza" en abstracto y como significaciones absolutas es una pérdida de tiempo y siempre lleva a juicios y conclusiones erróneas.
No hay pues "un" concepto de riqueza o pobreza "objetivo", sino muchas concepciones de naturaleza -todas ellas- "subjetiva". Esto implica que personas que podemos -desde nuestro propio punto de vista- calificar de "ricas" o "pobres", podrían no compartir nuestra apreciación.
Muchos son los individuos que no ambicionan posesiones materiales y -sin embargo- se consideran a sí mismos ricos. De análoga manera, gente que -desde la opinión de un tercero- abunda en peculio puede pensarse a sí misma "pobre". En este sentido, no hay un único criterio, ni menos aun "objetivo" que pueda determinar quien es "rico" o "pobre".
Esto no quiere decir que cuantitativamente puede calificarse un patrimonio cualquiera como "rico" o "pobre", pero nada nos dirá sobre la cualificación del mismo. Es decir, cualitativamente los respectivos titulares de esos patrimonios pueden -como señalamos arriba- no coincidir con la etiqueta de "riqueza" o "pobreza" que terceros les asignen. Incluso esos terceros también pueden no estar de acuerdo entre ellos al respecto. Es por eso que autores como Alberto Benegas Lynch (h) afirmen -con acierto- que pobreza y riqueza son términos relativos y que todos somos "ricos" o "pobres" dependiendo de con quienes nos comparemos.
Dado que resulta imposible determinar siquiera aproximadamente quienes son "ricos" o "pobres", lo mejor que puede hacerse es dejar a la gente en la más completa y absoluta libertad para que ella decida qué quiere o no poseer, cuánto quiere o no ganar, por cuánto tiempo, en qué lugares y en qué condiciones. Nadie mejor que uno mismo (y cada uno) para decidir sobre estas y demás cuestiones. Es por esta razón que la libertad está por encima de cualquier noción de "riqueza" o de "pobreza", porque sencillamente resulta imposible para nosotros saber qué es "lo mejor" para los demás. Cualquier cosa que pensemos al respecto no será más que nuestra propia apreciación subjetiva acerca de lo que nos parece a nosotros "óptimo" para los demás. Pero esto es en absoluto irrelevante, desde el momento en que no tenemos forma de saber qué es lo que los demás piensan y desean para sí mismos como "lo mejor".
Ni siquiera podemos tener certeza de que es "lo bueno" para "los demás", ni aun cuando esos "demás" nos lo manifiesten verbalmente, por la simple razón de que podrían estar mintiéndonos al respecto o, en el mejor de los casos, ser ellos víctimas de un error o confusión en relación a sus objetivos. O, más sencillamente, el sujeto en cuestión carece de la información suficiente como para saber qué es "lo mejor" para él, o -aun teniendo esa información- no posee los medios para lograr el objetivo deseado. En fin, las variables son muchísimas, y lo único cierto respecto de ellas es que no podemos conocerlas todas, ni siquiera para nuestros propios fines y necesidades como individuos.
Sin embargo, muy a menudo, la gente procede como si supiera con absoluta certeza qué es lo que los demás "realmente necesitan", y la mayoría de las veces supone que "lo mejor para los demás" pueden ser dos de estas cosas: o exactamente lo mismo que para ella, o algo menos que para ella, ya sea en cantidad o en calidad. Raramente encontraremos a alguien que esté convencido que lo que otros "realmente necesitan" sea algo más que lo que esa persona posea, siempre y cuando no se trate de un familiar, como -por ejemplo- un padre o madre respecto de sus hijos, ya que -en estos casos- suele ser habitual que los padres deseen para sus hijos mayor y mejor fortuna que la que ellos lograron (aunque también en este punto frecuenta haber excepciones). Pero -como decíamos- salvo esta última observación, el promedio de la gente quiere para los demás lo mismo o menos de lo mismo que esa gente posee.
En este punto, el discurso de la mayoría acostumbra ser fuertemente declamativo. No hay -prácticamente- quien no diga que quiere que los "pobres" tengan más de lo que tienen, o que posean "lo suficiente para cubrir sus necesidades", pero muy escasamente quienes así se pronuncian estén dispuestos a darles a esos "pobres" (que generalmente nunca particularizan y sólo se refieren a ellos como una masa o globalidad) algo de sus propios recursos. Y es muy usual que quienes más fuertemente dictan que "se ayude" a los "pobres" sean quienes menos se encuentran personalmente proclives a hacerlo, aun cuando cuenten con los medios suficientes para ello. No es casual, tampoco, que muchas de las personas que así hablan o escriben lo hagan posicionados desde posturas de izquierda, progresistas, socialistas, populistas, en suma, colectivistas. Más allá de cualquier discurso (encendido o no) el análisis revelador de tales ideologías siempre se descubre a través de la observación del actuar de esas personas que, como hemos dejado señalado, reitera orientarse en sentido opuesto al de sus palabras, denotando un rotundo contraste entre su decir y su proceder.
Contrariamente, es mucho más frecuente que las personas que verdaderamente ayudan a los más necesitados, no solamente no se sientan identificadas con tales ideologías, sino que efectúen sus obras benéficas en el más completo anonimato.

Las uniones aduaneras



Por Gabriel Boragina ©

"Debido a que una unión aduanera supone diferente tratamiento para los países miembros y los no-miembros, normalmente los países miembros sufren un desvío de sus fuentes de aprovisionamiento. Este desvío puede ser hacia costos menores o hacia costos mayores. Por ejemplo, la rebaja arancelaria dentro de la unión aduanera puede llevar a los miembros a importar entre ellos mercancías que antes cada uno producía para sí, a mayor costo. Este resultado se denomina creación de comercio, y aumenta la eficiencia de los recursos productivos y menores precios para los consumidores, siendo así beneficioso para el bienestar y el ingreso nacional."[1]
En realidad, este comentario ratifica nuestra opinión de las ventajas del libre comercio y de la no necesidad de artificios tales como las uniones aduaneras. Indudablemente, si la mayor producción y autoconsumo interno era debido a los altos aranceles de los países que hoy forman la unión, es saludable integrarse a los fines de beneficiarse de las rebajas arancelarias. En este último sentido, una unión aduanara entre ellos sería una medida positiva. Sólo recalcitrantes políticas proteccionistas impedirían mediante sus falaces argumentos una integración de este tipo. Pero lo interesante de la observación del autor en comentario es que pone de relieve que no todas las uniones aduaneras benefician por sí mismas a sus miembros. En suma si la unión aduanera crea comercio es positiva, pero si lo desvía resulta negativa.
"En igual forma, imponer un arancel externo común puede causar que un país miembro de la unión importe los bienes de otro país miembro en lugar de hacerlo de un tercer país no-miembro a un costo más bajo. Esto se conoce como desvío de comercio y reduce los ingresos aduaneros y lleva a subsidiar la producción más ineficiente…..Como no conocemos que patrones de comercio hubieran surgido en la ausencia de Mercosur es difícil de identificar los efectos de creación y desvío de comercio."[2]
Este se trata del supuesto contrario al visto anteriormente. Obviamente es una situación antieconómica y perjudicial para aquel miembro que se ve obligado en función de su pertenencia a la unión a proceder de dicha manera. La reducción de ingresos aduaneros se infiere por el menor volumen transado, dado que el arancel interno (o también denominado "zonal") es más elevado que el arancel externo (o asimismo llamado "extrazonal"). De esta suerte, el arancel alto implica en los hechos un subsidio a la producción del artículo o artículos arancelados del país miembro exportador, a la vez que también alienta a subsidiar la producción interna del producto arancelado, en la medida que esta última medida sea menos onerosa que la anterior. Resulta de interés –adicionalmente- señalar que según el autor que ahora comentamos, no considera el Mercosur como un mercado común sino como una unión aduanera.
"Alexander Yeats… busca identificar estos efectos mirando si los bienes que se comercian cada vez más dentro del Mercosur también se negocian crecientemente fuera de ese grupo de países. Él encuentra una diferencia significativa en el comportamiento exportador dentro y fuera del grupo, especialmente en el caso de bienes manufacturados. Los bienes manufacturados han tenido un crecimiento dramático en el mercado intra-Mercosur…. Mientras los bienes manufacturados como un todo representan 63% de las exportaciones recíprocas entre los miembros del Mercosur, ese tipo de bienes sólo representa el 35% de las exportaciones del Mercosur a otros países no-miembros. Esta comparación sugiere que los miembros se están exportando entre sí, bienes que no son competitivos fuera de la unión aduanera. Yeats encuentra que los países del Mercosur no tienen ventaja comparativa mundial en 28 de los 32 productos que más crecen (en el comercio intra-Mercosur)."[3]
En otras palabras, podríamos concluir sobre este párrafo diciendo que, el Mercosur es -en suma- un mal negocio, comparativamente considerado en relación al comercio internacional con el resto del mundo. Implica que los bienes transados intra-Mercosur no pueden ser colocados en el mercado exterior por su elevado costo, costo que es -sin embargo- pagado por los países miembros, lo que permite revelar además que los más afectados –como de costumbre- son los consumidores de los países partes, que están abonando precios mayores por bienes que en los países extra-Mercosur se comercian a precios mucho más bajos. Este comportamiento da cuenta de la irracionalidad que implica "integrarse" para intercambiar productos de más altos costos y de peor calidad que los que podrían conseguirse en los mercados internacionales abiertos. Y es nuevamente un argumento a favor del mas irrestricto libre comercio, política que es -como explica el Dr. Alberto Benegas Lynch (h)- la que menos se ha comprendido.
"En teoría, las uniones aduaneras y otros arreglos regionales pueden acelerar la tasa de aumento del ingreso al aumentar la cooperación política y aumentar la credibilidad de la apertura y aumentar las economías de escala de la producción. Es probable que los países del Mercosur se hayan beneficiado en este sentido".[4]
No queda claro a qué "aumento del ingreso" se refiere la cita, pero dado el contexto del tema (comercio internacional) inferimos que se estaría refiriendo a los ingresos fiscales derivados de las rebajas arancelarias, es decir del ingreso obtenido por las aduanas derivado de un mayor tráfico mercantil. Aunque no se puede descartar que esos ingresos sean de los productores, empresarios y/o comerciantes que intervienen en las transacciones interzonales. La primera de nuestras hipótesis es la más factible. Ya que la clave de esta conclusión vendría dada por la locución empleada "al aumentar la cooperación política", lo que denota que el autor estaría queriendo aludir a las negociaciones de los gobiernos miembros a través de sus cancillerías, departamentos y secretarias de comercio exterior. Nosotros, en cambio, ubicados desde la perspectiva del consumidor, no vemos "beneficio" alguno en este aspecto para este último. Ni tan siquiera cuando son los productores, empresarios y comerciantes los que logran ganancias o mayores tasas de ingreso a costa de los consumidores.

[1] Valeriano F. García. Para entender la economía política (y la política económica). Centro de Estudios Monetarios Latinoamericanos México, D. F. 2000. pág. 152
[2] Valeriano F. García. Para entender.... ob. Cit. pág. 152
[3] Valeriano F. García. Para entender.... ob. Cit. pág. 152
[4] Valeriano F. García. Para entender.... ob. Cit. pág. 152

Las inconsecuencias del "capitalismo de estado"



Por Gabriel Boragina ©

Como ya dijéramos en otras ocasiones, la expresión "capitalismo de estado" se hecho más frecuente que la de socialismo, según L. v. Mises con el objetivo deliberado de encubrir a este último sistema y, con ello, simular sus notorios defectos. Pero, en esencia, no hay que llamarse a engaño y creer que el "capitalismo de estado" sería algo diferente al socialismo, aunque no faltan autores que hacen ciertas distinciones y que acercan más la fórmula "capitalismo de estado" a lo que L. v. Mises ha denominado intervencionismo. No obstante -y desde nuestro propio punto de vista- hemos de coincidir con el maestro austriaco en cuanto a que lo que se describe como tal no es ninguna otra cosa que un nombre un poco más "elaborado" para renombrar a lo que siempre se ha conocido como socialismo liso y llano.
"En el capitalismo de Estado más inexorablemente que en sistemas sociales más abiertos, una cosa lleva a la otra, y cuando se elimina una inconsecuencia, aparecen otras que a su vez reclaman su eliminación. La sección final y futurista de este libro («En la plantación») versa sobre la lógica de un Estado que posee todo el capital, necesitando poseer también a sus trabajadores. Los mercados de trabajo y bienes, la soberanía del consumidor, el dinero, los empleados-ciudadanos que votan con los pies son elementos extraños que estorban a algunos objetivos del capitalismo de Estado. En la medida en que se relacionan con él, el sistema social llega a incorporar algunas características del viejo Sur paternalista."[1]
Por otra parte, si se aceptara la existencia de un "capitalismo de estado", ello nos llevaría forzosamente a la necesidad de distinguirlo de un capitalismo privado, con lo cual se crearía una categoría que -a renglón seguido- daría lugar a otras y así sucesivamente. Ya hemos dado en varias partes razones que creemos suficientes como para estar convencidos que recurrir al neologismo capitalismo privado no consiste en otra cosa más que en una redundancia, que no hace más que generar confusión y la necesidad de entrar en recurrentes aclaraciones respecto de qué se está hablando cuando se lo hace naturalmente del capitalismo. Hemos sido pertinaces en cuanto a que si queremos tener en claro qué es el capitalismo debemos separarlo necesariamente de toda connotación estatal. El capitalismo es un sistema económico que, como tal, no puede funcionar adecuadamente si el estado-nación lo interfiere y –lógicamente- si termina anulándolo.
"El pueblo tiene que convertirse en esclavos mobiliarios en aspectos relevantes. No poseen, sino que deben su trabajo. No hay «desempleo», los bienes públicos son relativamente muy abundantes, y los «bienes de mérito» como alimentación sana o discos de Bach, baratos, mientras que los salarios son poco más que calderilla según los niveles medios del mundo exterior. El pueblo tiene su ración de vivienda y transporte público, atención sanitaria, educación, cultura y seguridad en especie, en vez de recibir cupones (de dinero, ni hablar) y la correspondiente responsabilidad de elección. Sus gustos y temperamentos se modifican de acuerdo con esto (aunque no todos se convierten en adictos; algunos pueden volverse alérgicos). El Estado habrá maximizado su poder discrecional antes de que finalmente descubra que se encuentra ante un nuevo apuro."[2]
La descripción anterior de lo que sería un "capitalismo de estado" recuerda más bien al tristemente célebre "estado de bienestar" o "benefactor". Y efectivamente, bastante poca es la diferencia que aparta a este tipo de "estados" del estado socialista como siempre se lo ha conocido y tanto se lo ha estudiado. Pero nos parece suficientemente descriptivo el párrafo cuyo resumen se encuentra perfectamente sintetizado en la primera oración del mismo, cuando el autor dice muy claramente que en el "capitalismo de estado" "El pueblo tiene que convertirse en esclavos mobiliarios en aspectos relevantes". Llámesele como se le quiera llamar, "capitalismo de estado" o socialismo, o los sistemas intermedios que conducen hacia este último como el intervencionismo del que participan el "estado benefactor" o "de bienestar", todos ellos que, en realidad no son más que uno –al fin de cuentas- conducen a la pérdida de toda libertad, y con ella se anula la acción y la motivación del ser humano. Principalmente, se elimina todo incentivo a progresar, porque se diluye el sentido de la responsabilidad personal.
"Volvamos a la idea de una sociedad donde los individuos tienen un título sobre su propiedad y sus cualidades personales (capacidad de esfuerzo, talentos) y son libres de venderse o alquilarse en condiciones voluntariamente acordadas. La producción y la distribución en tal sociedad estarán simultáneamente determinadas, aproximadamente, por el título y por el contrato, mientras que sus acuerdos políticos estarán al menos estrechamente limitados (aunque no completamente determinados) por la libertad de contratar. Sólo el Estado capitalista, con los fines metapolíticos que le atribuimos para conservarse en su sitio, puede sentirse cómodo dentro de tales límites. El Estado adversario, cuyos fines compiten con los de sus ciudadanos y que confía en el consenso para ganar y conservar poder, debe proceder a echarlos abajo. En el caso extremo, sustancialmente puede abolir el título de propiedad y la libertad de contratar. La manifestación sistemática de este extremo es el capitalismo de Estado."[3]
Aunque nosotros insistimos en aislar (y mantener alejadas) las esferas que corresponden al capitalismo por un lado, y al "estado" por el otro, podemos comprender perfectamente la idea que nos describe el autor en la cita que antecede. Según su nomenclatura, lo que él llama "Estado capitalista" puede garantizar la existencia de lo que simplemente vamos a rotular como derechos de propiedad comprendiendo en esta última locución tanto la posibilidad de poseer a nombre propio bienes materiales como la de disponer de su propia fuerza de trabajo. El criterio de distinción que parece esbozar el autor, consiste en que el "estado capitalista" reconoce límites que le impiden competir con los fines de los ciudadanos que operan bajo su órbita. Al aludir al caso extremo, lo que denomina "estado adversario" no es otra cosa que el "capitalismo de estado" o -lisa y llanamente- según nuestro propio léxico, el estado socialista.

[1] Anthony de Jasay. El Estado. La lógica del poder político. Alianza Universidad. Pág. 22/23
[2] Anthony de Jasay. El Estado. ..ob. cit. Pág. 22/23
[3] Anthony de Jasay. El Estado ....ob. cit.. Pág. 174

Poder adquisitivo del dinero y nivel de precios



Por Gabriel Boragina ©

Resulta frecuente entre muchos economistas aludir en temas monetarios a los conceptos de "nivel de pecios" y "poder adquisitivo". Pero, al mismo tiempo, reinan las imprecisiones entre ellos a la hora de acordar la verdadera significación entre ambos términos. La teoría neoclásica suponía que la oferta de dinero en el mercado implicaba automáticamente un incremento en todos los precios de los bienes y servicios existentes en ese mercado. De allí que, como explicaban, primero Ludwig von Mises y luego Murray N. Rothbard, se suponía que existía una proporción estable, permanente y constante entre las variaciones de las ofertas monetarias y lo que se definía como "nivel de precios". Bastaba pues -según dicha teoría- modificar en sentido ascendente o descendente la cantidad de dinero ofertado en el mercado para que -en análoga e idéntica proporción- se cambiara también en más o menos el nivel de todos los demás precios del mercado. Prescindían al razonar de esa manera del hecho cierto que, la oferta de dinero afectará los precios de modo distinto según el destino que los recipiendarios del nuevo dinero le den al mismo, lo que -a su turno- dependerá asimismo de un elemento adicional, y que no es otro que la valorización subjetiva del receptor de la nueva moneda, la que recaerá alternativamente en dos bienes diferentes: la mercancía que con ese dinero se podría adquirir por un lado, y la de la moneda agregada a la oferta, por el otro.
"Si el concepto de un nivel de precios unitario es engañoso, lo es aún más todo intento de medir los cambios que se producen en ese nivel. Si seguimos utilizando nuestro ejemplo anterior, supongamos que en un momento dado, con un dólar se puede adquirir una docena de huevos, o la décima parte de un sombrero, o un kilogramo de manteca. Si, en aras de la simplicidad, limitamos los bienes y servicios disponibles sólo a estos tres rubros, estaremos describiendo el poder adquisitivo del dólar en ese momento. Pero supongamos que, en otro momento, los precios aumentan, debido quizás a un incremento en la oferta de dólares, de modo que la manteca cuesta un dólar el medio kilogramo, un sombrero doce dólares y los huevos tres dólares la docena. Los precios suben, pero no de manera uniforme, y lo único que ahora podemos decir, desde el punto de vista cuantitativo, acerca del poder adquisitivo del dólar, es que es igual a cuatro huevos, a una doceava parte de un sombrero o a medio kilogramo de manteca. Es inadmisible tratar de agrupar los cambios en el poder adquisitivo del dólar recurriendo a un único número índice promedio. Cualquier índice de este tipo evoca una suerte de totalidad de bienes cuyos precios relativos permanecen inalterados, de modo que un promedio general podría llegar a medir las variaciones en el poder adquisitivo del dinero mismo. Pero hemos visto que los precios relativos no pueden permanecer inmutables, y mucho menos las valoraciones que los individuos confieren a esos bienes y servicios."[1]
Demostrado por la Escuela Austriaca de Economía que no hay tal cosa como un "nivel de precios" y mucho menos "general" como también a veces se lo denomina, la pretensión adicional de querer uniformar, en lo que podría denominarse un subnivel, las distintas transformaciones de los precios que –hipotéticamente- estarían integrando ese "nivel de precios", también se torna ilusorio, y queda manifestada su imposibilidad con la excelente definición de Rothbard. Tales propósitos revelan el desconocimiento de que el mercado (en rigor todos los mercados) no se crean ni se desenvuelven en un universo estático, sino por el contrario, muy dinámico, y lo que dota a los mercados de esa actividad (que por momentos puede llegar a ser frenética) es la volubilidad que conforma la acción humana en general. Las valoraciones subjetivas se caracterizan precisamente por su inconstancia en el tiempo y en el espacio, lo que -a su vez- es necesaria consecuencia de la insatisfacción permanente de las necesidades individuales frente a una escasez relativa de recursos disponibles para poder compensarlas. Cualquier número índice que se quisiera presentar como "índice promedio" o "general" estaría denotando la abstracción de la realidad antedicha, y no estaría ofreciendo ningún indicador válido de un fenómeno que -por su misma esencia- no puede ser estratificado. Cabe señalar que, los precios pueden acrecentarse por dos únicas razones: un exceso de dinero por sobre la cuantía existente de bienes y de servicios que pueden comprarse con ese dinero, o -en el segundo caso- por una reducción en el conjunto de bienes y servicios frente a una masa constante (o en ascenso) de existencias monetarias. No hay un tercer motivo por el cual los precios puedan elevarse.
"Así como el precio de cualquier bien tiende a ser uniforme, del mismo modo, como lo demostró Mises, el precio o poder adquisitivo del dinero manifestará esta tendencia en toda su área de comercialización. El poder adquisitivo del dólar tenderá a ser uniforme en todo el territorio de los Estados Unidos. De modo análogo, en la era del patrón oro, el poder adquisitivo de una unidad de oro tendía a ser uniforme en todas las áreas donde estaba en uso el oro. Los críticos que hacen hincapié en la persistente tendencia a que el precio del dinero se diferencie de una localidad a otra no comprenden la concepción austriaca de lo que constituye realmente un bien o un servicio. Un bien no se define por sus propiedades técnicas, sino por su homogeneidad respecto de las demandas y los deseos de los consumidores. Es fácil explicar, por ejemplo, por qué el precio del trigo en Kansas no es igual al precio del trigo en New York."[2]
Lo que representa que, si la adición de moneda ofrecida trepa, el poder adquisitivo de cada unidad monetaria tenderá a ser igual, de la misma manera que sucedería si ese mismo total de moneda llegara a ser menor. En otras palabras, en ambos sentidos, el poder de compra de toda esa masa monetaria -sea en subida o en bajada- tenderá a ser semejante, lo cual no sugiere que, naturalmente, lo sea siempre.

[1] Murray N. Rothbard, "La teoría austriaca del dinero", Revista Libertas Nº 13 (Octubre 1990) Instituto Universitario ESEADE, Pág. 4
[2] Murray N. Rothbard Íbidem, pág. 5

El Derecho (7° parte)

Por Gabriel Boragina © “F. La coerción jurídica en la práctica. Saliendo ahora del aspecto puramente filosófico y emplazando el tema...