El mercado imperfecto



Por Gabriel Boragina ©

Un lector critica mi definición de capitalismo en los siguientes términos:
"Por principio, no me gustan las definiciones. El Capitalismo, como cualquier otro Sistema, ha ido evolucionando con el paso del tiempo, porque las circunstancias han cambiado."
Siguiendo el criterio de este lector, tendríamos que postular el cierre definitivo o clausura de la Wikipedia. Pero naturalmente con ello no sería suficiente. Además, también tendríamos que postular el cierre definitivo de la Real Academia Española. Y enviar a la hoguera todos los diccionarios y enciclopedias del mundo. Con todo, no creo que mediante estos procedimientos pudiéramos acabar con las definiciones que no le gustan a nuestro amigo lector. Claro que no.
Con el tiempo he aprendido que cuando alguien me dice que "no le gustan las definiciones", en realidad lo que me está queriendo decir es que lo que no le gustan son mis definiciones y en cambio le gustan sus definiciones. Como veremos, cuando analicemos como continúa su mensaje el lector en cuestión, nos daremos cuenta que también es su caso. Lo que no le gusta a este lector es mi definición, solamente porque contradice la de él, que obviamente le gusta más.
Pero notemos como continúa su crítica este lector. Dice seguidamente a lo anterior esto:
"Vivimos en un mundo en el que se adora al Mercado".
Para refutar esta falsedad me permito -inmodestamente- citar un párrafo de mi libro Socialismo y Capitalismo, donde digo:
"Catalácticamente; el mercado es un proceso de intercambio de valores y no mucho más que eso en esencia, proceso en el cual, intervienen millones de personas, virtualmente todo el mundo y dentro del cual, los valores intercambiados no son necesariamente materiales, en el mercado, se truecan valores (por definición, inmateriales) que recaen sobre objetos materiales o inmateriales, en última instancia; y como bien han subrayado los economistas austriacos, todos los valores transados en el mercado son inmateriales, algo que un antiliberal niega, sea por ignorancia o bien por pura maldad." (ob. Cit. Pág. 293)
Un poco más abajo digo:
"....si estudiar el complejo mecanismo de funcionamiento del mercado puede llevar algún tiempo y una cierta dosis de preparación y especialización, entender qué es el mercado no requiere un esfuerzo análogo, como ya hemos explicado; allí donde hay dos personas y se verifica un intercambio, por minúsculo e insignificante que sea, allí ya tendremos un mercado, toda persona que consume, que produce, que demanda o que oferta cualquier cosa, está formando parte del mercado, con lo cual, difícilmente pueda hablarse de "excluidos" del mercado, y –nuevamente digámoslo- que el mercado no excluya a nadie no implica otorgarle facultades sobrenaturales ni divinas; todos formamos parte del mercado en la medida que cumplimos alguna o todas de dichas actividades, ocurre que no se puede estar "fuera" del mercado, como no es posible que haya personas que estén "fuera" de la sociedad. Claro que, otra cosa será hablar de cuál será el nivel de satisfacción y de vida de dicha sociedad; pero sea que hablemos de sociedades ricas o pobres, ambas siempre lo serán o no, pero invariablemente dentro de la estructura del mercado." (ob. Cit. Pág. 296)
Como percibimos, a través de los párrafos transcriptos, no tiene ninguna clase de sentido decir que "se adora al mercado".
Tal quedó plasmado en las citas de mi libro, el mercado no es otra cosa que la palabra mediante la cual designamos el proceso por el que la gente hace intercambios entre sí. Estos intercambios se efectúan por necesidad (o -mejor dicho- para satisfacer una necesidad) y no por "adoración". Nadie compra un par de zapatos porque "adore" entregarle su dinero al zapatero. Ni el zapatero compra el pan porque "adore" darle ganancias al panadero. Si vamos al caso, sería más "adorable" poder tener de todo sin necesidad de comprar ni vender nada, es decir tener todo gratis. Desde este punto de vista, el mercado no tendría nada de "adorable". Se trata -como tantas veces dijimos- simplemente de un mecanismo de intercambio entre personas. Nadie "adora" al mercado. Se podrán "adorar" los productos que en este mercado se producen, pero no al mercado en sí mismo. La importancia del mercado no reside en que sea o pueda ser objeto de "adoración".
Continúa nuestro lector de esta manera:
"Creo en los mercados como herramienta y no creo en el Comunismo ni en el Populismo".
Como recordaremos al comenzar nos dijo que no le gustaban "las definiciones". Pudimos inferir que, lo que en realidad quiso decir fue que no le gustaba mi definición de capitalismo, sino la suya (que por cierto tuvo buen cuidado en ocultarla o callarla, aunque podemos imaginarla). Pero cuando dice que no cree en el comunismo ni en el populismo (ignoramos el porqué las letras capitales en ambos vocablos) ello implica que reconoce como diferentemente definidos los términos "capitalismo-comunismo-populismo". Si estas tres palabras no estuvieran definidas de manera diferente, las tres deberían significar la misma cosa para el crítico lector, pero es evidente que no usa las tres como sinónimos. Ergo, las define de manera separada, con lo que él mismo se autoinvalida cuando -en contrario- afirma que "no le gustan las definiciones". De hecho, está usando definiciones, está definiendo... claro, a su gusto y a su manera. Pero define. Al menos, lo hace cuando distingue entre "capitalismo-comunismo-populismo".
Y sigue, el amable lector, así:
"pero no es cierto que los mercados se autoregulen"
Y ya que el lector define (aunque lo niegue) recordemos que, según la definición de mercado (conforme la Escuela Austriaca de Economía en varios de sus autores) esta palabra sólo designa a un mínimo de dos y un máximo de infinitas personas realizando intercambios. ¿Tiene sentido decir que las personas que intercambian no se pueden "autoregular"? Es más, ¿tiene sentido decir que estoy impedido de "auto-regularme" cuando voy a comprar al supermercado? En realidad, tanto el lector como yo y todos estamos "auto-regulados" cuando vamos al supermercado. Lo que nos "auto-regula" es la cantidad de dinero que tengamos al momento en nuestras billeteras (o saldos en las tarjetas de crédito). Si yo no pudiera "auto-regularme" cuando voy a comprar, sería un comprador compulsivo, gastaría todo mi ingreso, y en poco tiempo me quedaría en la miseria.
En este sentido, el mercado me "auto-regula" en cuanto a lo que gano (que no es más que una cierta cantidad) y lo que gasto o puedo -mejor dicho- gastar (que necesariamente tiene que ser siempre una cantidad inferior a la primera).
Y cierra su comentario, nuestro amable lector, con esta frase:
"entre otras cosas porque no existe el mercado perfecto"
Esta especie de humorada la hemos refutado cientos de veces. ¿Alguien puede creer que en un mundo imperfecto existen cosas "perfectas", por ejemplo, un mercado? Ningún liberal pro-capitalista creyó ni creerá jamás en "mercados perfectos".
Pero en realidad, quienes se quejan de que los mercados son imperfectos están asumiendo que, los que -según ellos- deberían regular los mercados (es decir, los burócratas estatistas) son "por" definición "perfectos". En suma, quienes se consideran "perfectos" son precisamente los que se quejan de que los mercados son imperfectos. O sea, todos quienes discrepen con ellos son "por definición" imperfectos. Y "perfectos" serian los que "se dan cuenta" que los mercados son imperfectos. F. A. v. Hayek dio como título a su último libro el nombre de este síndrome: La fatal arrogancia. Cuidémonos pues de los que acusan a los mercados de imperfectos, ya que ello implica que ellos -o quienes ellos designen en su lugar- serán aquellos a quienes señalen como "perfectos" para controlar, no sólo los mercados sino a todos nosotros.
Tener que explicar todas estas cosas indica, a las claras, la poca idea que se tiene en general de lo que es tanto el capitalismo como el mercado.

Países capitalistas



Por Gabriel Boragina ©

Es mucha la gente que cree, posiblemente una mayoría, que vivimos en un "sistema capitalista". Cuando digo que no es así, no pocas personas se quedan sorprendidas y perplejas.
Recientemente, un amigo, con quien conversaba del tema, en obvio intento de "refutación" me preguntó si "Canadá.... Alemania... Australia..." me parecían socialistas.
Mi respuesta fue "depende". -"Depende ¿de qué?"- Me volvió a preguntar. Depende de "qué" estemos hablando de esos países, porque una cosa es referirse al país como tal (entendido en cuanto a su población y sistema económico) y otra muy diferente es si lo hacemos en relación a su régimen político. En general, nuestra sociedad esta tan politizada, que la mayoría de las personas confunden el sistema de producción de un país con su régimen político y, fundamentalmente, ideológico-político.
De este modo, si atendemos exclusivamente al sistema económico, todos los países del orbe, sin casi excepción, serian todos capitalistas, ya que sin un mínimo capital sería imposible subsistir a nadie. Pero si admitimos que todos los países son capitalistas por esta circunstancia, también podemos darnos cuenta que todos los gobiernos de esos países -que llamamos capitalistas- son mayoritariamente anticapitalistas. Y esto también cuenta para los ejemplos de mi amigo. De allí que, carezca de mucho sentido hablar en general de "países capitalistas", porque si lo hacemos desde el punto de vista crematístico, estaríamos diciendo una obviedad, por lo ya señalado antes. Pero raramente la gente común se refiere a ese aspecto puntual cuando cita a países como Canadá, Alemania, Australia, etc. como países "capitalistas". En realidad, están queriendo describir su forma de gobierno, o a su sistema político o -con más precisión- a la ideología de los gobiernos de esos países. E inciden en error, por cuanto los gobiernos de esos países no son "capitalistas" sino anticapitalistas. ¿Por qué razón? En primer lugar, porque el capitalismo no es una "ideología". Y en segundo lugar porque -precisamente- esos gobiernos viven (subsisten en rigor) del sistema capitalista. En otras palabras, consumen de él, de la misma manera que un parásito se alimenta del organismo al cual parasita. Eso es -ni más ni menos- lo que los gobiernos hacen con sus países. La diferencia radica en cuántos de ellos lo hacen más y cuántos menos. En este último grupo aparecen los que -según el vulgo- simulan ser más "capitalistas".
De la confrontación entre un país capitalista y un gobierno (de ese país) anticapitalista surge un sistema hibrido que ha recibido el nombre de intervencionismo. Y dado que -como hemos señalado- la mayoría de los países capitalistas tienen gobiernos anticapitalistas, el verdadero sistema que impera en esos países es el mencionado: intervencionismo. No es exacto seguir hablando o insistiendo en la "existencia" de "países capitalistas". Lo que tenemos que hacer es empezar a llamarlos por su realidad. La única realidad resultante de esa antinomia dada, en la que un país capitalista (PCA) tiene un gobierno anticapitalista (GAN) lo que siempre da como resultado un sistema intervencionista (SIN). Brevemente representado por la fórmula:
PCA - GAN = SIN
Notemos que GAN siempre aparece restando a PCA, por eso el resultado siempre es SIN. Si en lugar de GAN tuviéramos GPCA (= a un gobierno pro-capitalista) el resultado sería una sumatoria, en la cual el producto seria SCA (un sistema capitalista) o concisamente:
PCA + GPCA = SCA
Pero está claro que este no es el caso actual de la mayoría de los países. En el mundo de nuestros días sigue vigente la ecuación:
PCA - GAN = SIN.
Es decir, lo que tenemos es intervencionismo. NO capitalismo.
A veces se habla de gobiernos intervencionistas, terminología no objetable siempre y cuando entendamos que en lo único que puede intervenir el gobierno es en el sistema capitalista. De otro modo ¿qué sentido tendría el verbo "intervenir"? ¿En qué otra cosa podría "intervenir" un gobierno si no es en el sistema de producción del país que precisamente gobierna? Se ha querido objetar a esto último con que no toda intervención es económica, sino que podría existir intervención no económica, por ejemplo legal, mediante el dictado de leyes. Pero esta no es una réplica válida, por cuanto los gobiernos intervienen interfiriendo en la actividad económica a través del decreto de legislación. Legislación, precisamente, anticapitalista. Con lo cual, arribamos al mismo resultado que quienes pretendían contradecirnos querían negar.
Obviamente que, a pesar de que la gran mayoría de los sistemas económicos mundiales son intervencionistas, ello no implica ni significa de manera alguna que todos los intervencionismos sean iguales. Los hay mayores y menores. Pero ¿de qué depende esta magnitud? Un parámetro de medición posible es calcular la incidencia de la intervención sobre el capital. Por ejemplo, como vemos en la siguiente tabla:

P
GI
K
CI
1
25
10
2,5
2
25
2
12,5
3
20
2
10
4
10
2
5
5
10
5
2
6
10
8
1,25
7
8
9
0,8889
8
6
9
0,6667
9
5
10
0,5

Donde P es país; GI es grado de intervencionismo; K es capital, y CI es el coeficiente de intervencionismo.
De esta manera, en P-1, suponemos un país con un stock de capital total de 10 (miles, millones, billones, trillones, etc. o su equivalente en bienes de capital) y con un GI de 25. Este último valor puede representar cualesquier medida gubernamental que tienda a restringir o controlar K. Por ejemplo, podrían ser leyes impositivas que graven K (o cualquier otra medida económica gubernamental). En este caso, el coeficiente de intervencionismo será de 2,5. Los supuestos de los países 7, 8 y 9 muestran un intervencionismo bajo, dado que las medidas anticapitalistas (8, 6, 5 respectivamente) son menores a los stocks de capital totales existentes (9, 9, 10 respectivamente). En consecuencia, afectan mucho menos a dichos capitales. El país menos intervencionista de todos es el P9. Y el más intervencionista es el P-2, porque la incidencia GI sobre K es menor en P9 y es mayor en P2 respectivamente. Y si bien los casos de los países P-1 y P-5 son casi idénticos en cuanto a sus CI; en P-5 tanto el grado de intervención como el stock total de capital son mucho menores que en P-1.

La crisis del capitalismo



Por Gabriel Boragina ©

Aunque lo hicimos muchísimas veces, nunca estará de más volver a explicar este tema, que tanto se presta a los mas populares mitos político-económicos desde K. Marx hacia acá.
Es habitual escuchar frases como que "el capitalismo va generando en muchas ocasiones "espejismos de consumo", en el que el crédito sobra".
Aquí ya encontramos un primer error grave. No es el capitalismo, sino el gobierno el que genera esos espejismos. No es el capitalismo, sino el gobierno el que crea "crédito" inexistente.
También es común escuchar otras frases como que "la avidez por tener todas las cosas en forma inmediata hace que la gente se endeude más allá de sus posibilidades". Puede ser. Aunque no es así tampoco en todos los casos. Pero si fuera así, tampoco es por culpa del capitalismo. Y se suele concluir a lo anterior que "La clave es encontrar el equilibrio. Lo que no es fácil".
El desequilibrio es producido por el gobierno. No por el capitalismo. Y es verdad que no es fácil lograr que el gobierno deje de crear crisis. Pero no es cierto que la crisis sea "culpa" del capitalismo.
Quienes "razonan" de dicha manera (aquí el verbo "razonar" no es más que una forma de decir, porque resulta claro que los dichos citados y entrecomilladlos no constituyen ninguna clase de algo parecido a un razonamiento) ignoran lo básico de la economía. Desconocen el ABC de la ciencia económica.
La gente se endeuda (cuando lo hace) simplemente porque se le ofrecen créditos. Si no se le ofrecieran créditos no tendrían ninguna posibilidad de endeudarse. Y esto último, por mucho que esa gente sienta "la avidez por tener todas las cosas en forma inmediata". Sencillamente, si no hay crédito disponible podrá ser mucha esa "avidez", pero ninguno de esos "ávidos" estará en condiciones de endeudarse.
Si la gente contrae deudas es porque el crédito existe, y si hay crédito, sólo puede ser por dos razones: 1.- Porque ese crédito ha sido formado por un previo ahorro del mercado (es decir, de la misma gente) o, 2.- Porque ese crédito responde a interferencias del gobierno en el ámbito del mercado (puntualmente, manipulando la tasa de interés, creando inflación o ambas cosas a la vez). No existe otra explicación real al fenómeno del crédito.
Al caso 1 lo podríamos llamar perfectamente "crédito capitalista" o forjado por el capitalismo. En tanto al caso 2 podríamos llamarlo "crédito gubernamental" o estatal.
Va de suyo que en todas las crisis conocidas en la historia económica mundial la constante ha sido el del caso n° 2, y nunca el del caso n° 1.
En el caso n° 1 (crédito que llamamos capitalista) notemos que la gente nunca puede endeudarse "más allá de sus posibilidades". ¿Por qué? Simplemente porque el capitalista jamás le prestaría a nadie que no pudiera restituir -a su debido tiempo- el capital más los intereses pactados. En el capitalismo el capitalista pide al posible prestatario todas las garantías y fianzas necesarias y suficientes antes de concretar la operación, y si dichas garantías no le resultan satisfactorias, pues, sencillamente, no arriesga su capital prestándole a un insolvente o posible futuro insolvente. No hay préstamo… y punto.
La situación que hemos denominado n° 2 es bien diferente. Cuando el crédito lo otorga el gobierno (y no el capitalismo a través de los capitalistas) dado que el gobierno no opera dentro de la órbita del capitalismo esto significa que los fondos que el gobierno presta no son propios, sino de terceros, en general extraídos por medio de impuestos y otras maniobras estatales a los verdaderos capitalistas que siempre operan en el sector privado y no en el estatal. En suma, el gobierno succiona recursos al capitalismo para "prestarlos" a la gente.
Dado que esos capitales no son del gobierno (que puede volver a expropiarlos en cualquier momento, si es necesario dictando cuanta ley se le ocurra para tal efecto) el gobierno no corre riesgo alguno si los coloca en el mercado. Cualquier tasa que cobre, por baja que sea, le será rentable habida cuenta que el capital prestado no le costó un centavo (excepto los costos de dictar las leyes de expoliación necesarias y los costos de succión fiscal ejercida sobre el sector privado, es decir sobre los capitalistas). Por lo tanto, el recupero de dichos créditos no es prioritario para el gobierno. Y por las mismas razones, tampoco le será preocupante la falta de garantías de los prestatarios.
En este último escenario, la gente tendrá una tendencia natural a consumir todo el stock de crédito "barato" ofrecido, y demandar más aun de él. Es decir, endeudarse sin límite y muy por encima de sus posibilidades, lo que jamás podría hacer -conforme lo explicado arriba- en un sistema capitalista.
Pero como en última instancia, ese stock de capital había sido originado por los capitalistas (luego expoliados por el gobierno), una vez consumido -vía crédito "barato"- el stock existente, sobrevendrá de manera inexorable la crisis. Crisis de la cual el gobierno que la ha provocado responsabilizará -como lo ha hecho toda la vida- al capitalismo que, como vimos, es víctima del gobierno y no victimario.
Lo que viene después de esta fase es historia económica recurrente: el gobierno apelará luego a la inflación, y -si persiste en su empeño- sobrevenderá la hiperinflación y, por último, la debacle.
Esta explicación sencilla y despojada de tecnicismos pretende ilustrar la génesis y mecanismo de toda -absolutamente toda- crisis económica. El capitalismo jamás ha gestado ni una sola crisis económica en la historia. En primer lugar, porque el capitalismo ha tenido escasa vigencia en la historia mundial, exceptuando quizás unos pocos destellos del mismo entre el siglo XIX y las dos primeras décadas del XX. Y en segundo lugar, porque es imposible que un sistema capitalista produzca crisis. Podrá tener fluctuaciones cada tanto, pero siempre sectorizadas, parciales y estacionales. Pero es absolutamente quimérico que una crisis económica (como la Gran Depresión del 30, la asiática, la mexicana, la de 1998, la de 2008, etc.) sea consecuencia del capitalismo. Estas crisis (y demás crisis) fueron resultado directo de la ausencia de capitalismo y no de su presencia.

El Derecho (7° parte)

Por Gabriel Boragina © “F. La coerción jurídica en la práctica. Saliendo ahora del aspecto puramente filosófico y emplazando el tema...