El estado delictivo


Por Gabriel Boragina ©

El diccionario de la Real Academia Española nos da 18 acepciones del término "estado", de las cuales -a los fines de esta exposición- tomaremos solamente tres (la 5º, 6º y 7º) que son las que copiamos seguidamente:

estado. (Del lat. status).
5. m. País soberano, reconocido como tal en el orden internacional, asentado en un territorio determinado y dotado de órganos de gobierno propios.
6. m. Forma de organización política, dotada de poder soberano e independiente, que integra la población de un territorio.
7. m. Conjunto de los poderes y órganos de gobierno de un país soberano.
(Real Academia Española. Artículo enmendado. Avance de la vigésima tercera edición)

Como se advierte, la ambigüedad del término "estado" es bastante grande. Según ella el estado puede ser un país que reúna determinados requisitos (acepción nº cinco); una forma de organización política, que sin ser necesariamente un país cuente con los elementos de poder soberano e independiente y se integre en una población, y por último, el conjunto de los poderes y órganos de gobierno de un país soberano. Con todo, la que más se aproxima a la que queremos someter ahora a examen es la acepción nº 7.
Ahora bien, el diccionario nos informa sobre lo que un estado es, pero nada nos dice acerca de cómo puede ser ese estado, es decir, nos da los elementos de la constitución de un estado pero no nos da ninguna pista acerca de las diferentes formas o modalidades que puede adoptar un estado. Para poder esclarecer esta cuestión deberemos recurrir a otros conceptos y términos propios de las ciencias políticas y jurídicas.
Las antiguas clasificaciones que se remontan a tiempos platónicos y aristotélicos (monarquía, aristocracia, democracia, república, etc.) lucen ya insuficientes ante la frondosa creatividad de los líderes políticos a través de los tiempos y de la historia que han organizado toda suerte de combinaciones posibles entre aquellos primeros sistemas llamados puros. La historia da cuenta de las más sangrientas tiranías que se han vestido del inocente y pulcro ropaje de la democracia ; regímenes opresivos y despóticos como el soviético hacían llamar a sus países "repúblicas" (Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas, o la Alemania comunista de postguerra que rotuló su territorio con el pomposo título de República Democrática Alemana), cuando nada tenían ni de repúblicas ni de democráticas, son apenas dos de los ejemplos más notables de la confusión popular por un lado, y el cinismo de sus gobernantes de turno, por el otro. La misma Alemania nazi fue una democracia formal (al menos) ya que Adolf Hitler había surgido del voto popular y mayoritario.
Más acá en el tiempo, Sudamérica copió -en menor escala- los viciosos modelos políticos europeos que hemos detallado -brevemente- en el párrafo precedente. En Argentina–por ejemplo- las dos primeras presidencias del General Juan D. Perón fueron también democracias formales como la de Hitler, pero -en su ejercicio- se revelaron como dictaduras, si bien es necesario aclarar que J. D. Perón no copió el estilo de gobierno de Hitler, pero si el del dictador fascista B. Mussolini a quien admiraba, luego de haber vivido un tiempo en la Italia del Duce, como destino militar.
A partir de 1944 se comenzó a utilizar un nuevo término, con el cual se califica estas formas de gobierno atendiendo a las personas que los ejercen, de este modo aparece el vocablo kakistocracia.
En el “Dictionary of Sociology”, primera edición en inglés año 1944, registrada en New York, N.Y., U.S.A. por Philosophical Library, Inc., se incorpora la definición del término “Kakistocracia” por Frederick M. Lumley, que reza así:

“Gobierno de los peores; estado de degeneración de las relaciones humanas en que la organización gubernativa está controlada y dirigida por gobernantes que ofrecen toda la gama, desde ignorantes y matones electoreros hasta bandas y camarillas sagaces, pero sin escrúpulos”.

Posteriormente, Michelangelo Bovero (profesor de la cátedra de Filosofía Política de la Universidad de Turín) amplió la definición de Lumley. Según Bovero, la kakistocracia es: "La combinación de la tiranía, la oligarquía y la demagogia: el pésimo gobierno, la república de los peores".
(Véase al respecto: http://www.prensalibre.com/pl/2007/octubre/17/185242.html
http://elciudadanoargentino.blogspot.com/2007/03/kakistocracia-el-gobierno-de-los-peores.html)
En tanto la kakistocracia alude a la condición de quienes gobiernan, la ciencia política tuvo que acuñar otros términos para referirse al modo en que se gobierna. En lo que en este momento nos interesa prestaremos atención a la cleptocracia, la que se define habitualmente de esta manera:

CLEPTOCRACIA
Explotación sistemática de las oportunidades de enriquecimiento personal ejercida por el gobierno, que sólo tiene por límites el amiguismo y el gangsterismo. Un transgresor de la norma no escrita de corrupción es el funcionario honesto. Literalmente, es el gobierno en manos de ladrones.
Diccionario Instructivo de Ciencias Sociales: Monografías y Bibliografía relacionadas de Derecho, Economía, Política, Filosofía, Sociología, Ecología
http://www.dicciobibliografia.com/Diccionario/Definition.asp?Word=CLEPTOCRACIA

Se advierte de inmediato -cotejando todas las definiciones transcriptas- que si el gobierno está compuesto por kakistócratas es muy probable que estos gobiernen cleptocráticamente, y a la luz de los hechos históricos, estamos en condiciones de decir que, más que probable es harto frecuente; un buen ejemplo -en la Argentina- es el caso del co-gobierno del matrimonio Kirchner. Los gobiernos anteriores a los Kirchner no han sido óptimos y -en la mayoría de los casos- ni siquiera buenos, en el mejor de los casos ninguno, durante la segunda mitad del siglo XX y principios del XXI, pudo superar la marca de mediocres. Económicamente –salvo quizás una sola y tibia excepción- han demostrado supina ignorancia en materia económica, lo que sumado a torpezas inherentes a tales desconocimientos, promovieron el despilfarro y la pobreza en el país. El caso de los Kirchner es posiblemente el primero en la historia de la Argentina en que ha quedo patente su notoria incompetencia en el manejo del poder, su incultura, su inmoralidad, su desprecio a las leyes, a los derechos, a los individuos, etc. Todo ello hace que -sin duda- tales características personales y el estilo de gobierno que derivan en su consecuencia, le hagan acreedores a su régimen del rótulo de kakistocracia en el sentido que el profesor Michelangelo Bovero le da.
Y lo que sobresale de los kakistócratas Kirchner es el modo de ejercer esta kakistocracia, de manera cleptocrática. Pruebas al canto, los hechos son notorios en tal sentido; pocas veces el país alcanzó los niveles de pobreza que consiguió bajo ellos, y no obstante, en medio de severas crisis económicas debidas a su posible maldad o incompetencia en tales materias, no trepidaron de aprovechar cualquier oportunidad que se les presentase para expoliar a la población. A este fin, recurrieron a todos los medios que el poder puso a su alcance, creando impuestos, acelerando la inflación, promoviendo devaluaciones, y –quizás lo más grave- confiscaciones. Algunos de estos hechos fueron palmarios y adquirieron repercusión pública, tal como el caso del intento de aumento de las retenciones al campo y la confiscación de los fondos jubilatorios contra los depositantes en las compañías privadas de previsión social. Todo ello, al tiempo que -en forma acelerada- acrecían ilimitadamente sus fortunas personales y las de sus gánsteres amigos (encuadrando plenamente en la definición de cleptocracia copiada arriba).

La situación general actual

Por Gabriel Boragina ©

Argentina continua deslizándose en el tobogán de la podredumbre política, tal como se dice del movimiento de la estrella, sin prisa pero sin pausa. No creo en crisis irreversibles (en realidad no creo en nada irreversible) sin embargo, dada la constancia en la debacle de la dirigencia política y de las ideas políticas del pueblo que ha creado y sostiene a dicha dirigencia, muchas veces parece ser que la persistencia en lo que ya asemeja ser una vocación de decadencia, no tuviera final visible.
Opinar sobre Argentina da pena, observar a un país que otrora fuera tan rico (fines del siglo XIX y principios del siglo XX) como se ha ido degradando en calidad humana, moral y política, y -naturalmente- como consecuencia de todo ello, en lo económico y social, no puede mover mas que a la amargura y la compasión, y en el caso de los argentinos, de la autocompasión.
Presa los argentinos de un colectivismo que confunden con lo que ellos llaman su contrario, "individualismo", (mal entendido gruesísimo) en tanto no se fuguen de esta trampa, de esta alucinación y enorme equivocación de enfoque que tienen, los argentinos no tienen salida. Pero han de romper con muchas de sus más caras tradiciones, si, porque no forma parte de las tradiciones argentinas el individualismo que reprochan a los demás argentinos (como sí el que se queja de los otros "individualistas" fuera él mismo la "excepción") sino su contrario, el caciquismo, el caudillismo, el clasismo, y por sobre todo, su infantil-paternalismo (modo abreviado de referirme al infantilismo paternalista del que ya he hablado muchas veces antes de ahora y en muchas partes diferentes).
Es la inmadurez del argentino adulto promedio lo que lo lleva de un extremo al otro, del infantilismo al paternalismo y de este directo hacia el autoritarismo, sin término medio, sin medias tintas. Adicto a enamorarse de sus propias fantasías y delirios, el argentino promedio se cree "democrático", cuando -ya sea de izquierda o de derecha- es, en promedio, no mas que un fascista mediocre, que ni siquiera puede saber qué es en realidad el fascismo, del que tanto habla, tanto condena, sin saber que es eso, y sin tener conciencia que el primer fascista del cono sur es él mismo, ese argentino promedio.
Por lo pronto, en su abrumadora ignorancia y prepotencia, el siempre predispuesto a interpretar mal todo lo que se le dice, el argentino promedio, impone el sambenito de "fascista" a todo aquel que no esté de acuerdo con alguno de sus puntos de vista. A quien lo esté, le llamará democrático. El absurdo es evidente porque una persona democrática no es aquella que está de acuerdo con otra, sino que es aquélla persona que puede exponer su disidencia en libertad y aceptar a su vez puntos de vista opuestos al suyo. Como se ve, el argentino es propenso de dar vuelta todo y entender todo al revés, siempre y cuando ese revés, le favorezca primero a él en todo o en parte.
Y luego, claro está, están los otros argentinos, los tipos derechos y de derecho, los de alta moral, los responsables, los que poseen y defienden -donde pueden y como pueden- los valores republicanos, auténticamente democráticos, los verdaderos patriotas, que no se notan, no se ven, porque son una muy reducida y escasa minoría, casi podría decirse, una suerte de especie en extinción. Estos auténticos hombres y mujeres íntegros –que los hay y muchos- no cuentan en la praxis política, no llegan y cuando trabajosamente llegan, con mucha lucha y esfuerzo, son literalmente "barridos" por los otros, por los dominantes, por los aparatos partidarios, sindicales y los burocráticos que los terminan aplastando como a hormigas. Existen esos argentinos de bien, de íntegra y alta moral, que valoran una buena educación y una elevada cultura, que buscan involucrarse en los asuntos públicos y que sufren por su país, pero son tan pocos (aun siendo muchos) que sus esfuerzos no solamente son vanos, sino que hasta incluso, corren riesgos personales por querer difundir las doctrinas sanas de los valores de bien que son los que imperiosamente necesita el país para salir del pozo en donde día a día, en manos de la actual clase política, no hace mas que hundirse cada vez a mayor velocidad.

El panorama argentino no puede ser más grotesco al momento de redactar estas líneas. A pesar de tener una Constitución que consagra la forma representativa republicana y federal como forma de gobierno, ello solo sucedió muy brevemente durante un periodo posterior a la sanción de la carta magna lo cual -téngase en cuenta- aconteció allá por el año 1853.
Desde entonces, y al margen de cualquier cláusula constitucional, la Argentina vino teniendo formas de gobiernos que oscilaron entre la dictadura, la oligarquía, y -marcadamente a partir de 1945 hasta la fecha- la KAKISTOCRACIA (gobierno de los peores) (1) con breves interregnos hasta llegar a lo que algunos llaman DIARQUÍA, definida por el diccionario de la Real Academia Española como:
f. Gobierno simultáneo de dos reyes.
f. Autoridad dividida y ejercida simultáneamente entre dos personas, dos instituciones o dos poderes.
Con ello se alude al matrimonio kirchner que se alterna en el mando político y en el cual, al gobierno del marido le sucede el gobierno de su mujer.
Si bien esta forma de gobierno es claramente de corte nepotista y monárquico, no creo que cumpla con la definición de diarquía, habida cuenta que no son marido y mujer quienes ejercen simultáneamente la autoridad, sino que resulta claramente ser el esposo quien lo hace, a pesar de que la esposa pose frente a las cámaras y que preste consentimiento formal a los actos de gobierno, que en las sombras, ejecuta su marido. De modo que aun así y todo, hay un solo poder, que en lo formal, simula ser ejercido por la mujer, y en lo informal, su verdadero ejecutor es su marido. Por ello, la figura política argentina de gobierno, se asemeja mas al nepotismo que a la diarquía, aunque es innegable que tiene toda la apariencia de una verdadera diarquía.
El país se maneja por parte del matrimonio como si fuera un auténtico y enorme bien ganancial, lo que incluye la administración de los bienes gananciales por parte del esposo, aun cuando la titularidad del bien (la ex república Argentina) se encuentra a nombre de la esposa, por revestir esta (al menos formalmente) el cargo de presidente de la república.
Cómo puede darse este escenario grotesco en un país que -en algún momento- fue respetuoso de sus instituciones –o al menos, intentó serlo- ha merecido de nuestra parte varios análisis. Mantenemos todo cuanto dijimos en ellos y que el lector que nos sigue seguramente recordará.
Ciertamente, nos encontramos frente a un proceso de monarquización del país. Los tradicionales tres poderes de la república han sido fundidos (literalmente fundidos) en uno solo: un poder ejecutivo que hace y deshace a su antojo, donde solamente se realiza la voluntad del déspota, a la sazón y en el caso que venimos analizando, del matrimonio real patagónico que se alterna en el poder. Otro signo de ello es que el matrimonio reinante (ya podemos hablar propiamente de un reino) tiene como amigo político y personal al principal y más amenazante déspota de la región (el cabecilla venezolano Chávez, que lucha por implantar una dictadura castro-comunista en su propio país) y que ha hecho grandes "avances" en la consolidación de su proyecto autoritario.
La reversión de este proceso resulta sumamente complicada, por todos los factores que hemos enunciado al comienzo, pero aun hay motivos para ser optimistas, tal como lo he explicado en mis otros trabajos, de modo tal, que la lucha y la resistencia a la opresión, sigue teniendo sentido, solo es menester que esos argentinos de bien no se desalienten y no se dejen vencer por enemigo sin presentar batalla.
Notas : (1) En el “Dictionary of Sociology”, primera edición en inglés año 1944, registrada en New York, N.Y., U.S.A. por Philosophical Library, Inc., se incorpora la definición del término “Kakistocracia” por Frederick M. Lumley, que reza más o menos así:
“Gobierno de los peores; estado de degeneración de las relaciones humanas en que la organización gubernativa está controlada y dirigida por gobernantes que ofrecen toda la gama, desde ignorantes y matones electoreros hasta bandas y camarillas sagaces, pero sin escrúpulos”.
dicen que fue un término acuñado por Michelangelo Bovero (profesor de la cátedra de Filosofía Política de la Universidad de Turín). Esta versión esta reforzada por lo que se dice en: http://www.prensalibre.com/pl/2007/octubre/17/185242.html
donde se lo cita a Bovero de este modo : "La combinación de la tiranía, la oligarquía y la demagogia es lo que Bovero llama “kakistocracia”: el pésimo gobierno, la república de los peores".

Gobierno, economía y educación

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