Accion Humana

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La lógica del poder: por qué necesita límites

 Por Gabriel Boragina ©

 La lógica del poder reside en su ejercicio, tanto si se lo acepta dócilmente como si se lo resiste. El poder no deja de ser poder porque quienes están sometidos a él lo consideren legítimo, justo o necesario. Precisamente porque consiste en la capacidad de imponer una voluntad sobre otra, su existencia plantea desde siempre un problema fundamental para la libertad: ¿quién limita a quien tiene poder? 

La pregunta no es meramente política. Es, en buena medida, el problema central de toda filosofía liberal. 

El liberalismo nació, entre otras cosas, de la desconfianza frente al poder. No porque todo poder sea necesariamente ilegítimo, sino porque ningún poder humano debería ser considerado suficientemente virtuoso como para quedar exento de controles. John Locke había formulado, ya en el siglo XVII, una de las premisas fundamentales de esta concepción: los individuos poseen derechos anteriores al gobierno y el poder político sólo puede justificarse en la medida en que protege esos derechos. El gobierno no es dueño de la sociedad; es una institución creada para cumplir una función determinada.

De allí surge una consecuencia decisiva: el problema no consiste solamente en quién ejerce el poder, sino en cuánto poder se le permite ejercer.

La historia política demostró que cambiar a los hombres que ocupan el poder no resuelve necesariamente el problema del poder. Un gobernante virtuoso puede ser reemplazado por uno autoritario; una mayoría bienintencionada puede transformarse en una mayoría opresiva; un gobierno creado para proteger determinadas libertades puede terminar restringiéndolas en nombre de su propia protección.

Por eso Montesquieu comprendió que la libertad política requería algo más que buenas intenciones. Era necesario organizar institucionalmente el poder de modo tal que ningún poder pudiera disponer ilimitadamente de él. La separación de poderes no constituye, entonces, una cuestión meramente administrativa: es un mecanismo destinado a impedir que la autoridad se concentre y pueda convertirse en arbitraria.

James Madison llevaría esta idea todavía más lejos. En The Federalist Papers, al reflexionar sobre la naturaleza humana y el gobierno, sostuvo que si los hombres fueran ángeles no serían necesarios los gobiernos. Pero como tampoco lo son quienes gobiernan, el problema consiste en construir instituciones capaces de controlar a quienes ejercen autoridad. El gobierno debe tener poder suficiente para cumplir sus funciones, pero también debe estar obligado a controlarse mediante otros poderes.

Aquí aparece una paradoja que acompaña a toda organización política: para limitar el poder es necesario disponer de poder suficiente para limitarlo.

No se trata, por lo tanto, de imaginar una sociedad sin poder, sino de impedir su concentración. La dispersión, división y atomización del poder constituyen mecanismos de defensa de la libertad. Cuanto más concentrado se encuentra el poder, mayor es la posibilidad de que quien lo posee pueda imponer su voluntad sin encontrar obstáculos eficaces.

Benjamin Constant comprendió esta cuestión al distinguir la libertad de los antiguos de la libertad de los modernos. Para estos últimos, la libertad no consiste principalmente en participar permanentemente del poder político, sino en disponer de una esfera de existencia individual dentro de la cual el Estado no puede penetrar arbitrariamente.

La cuestión vuelve entonces al individuo.

Una política verdaderamente orientada hacia la libertad debería procurar que el poder colectivo llegue solamente hasta donde resulta indispensable para proteger los derechos de las personas y garantizar la convivencia. Todo aquello que un individuo puede hacer legítimamente por sí mismo, o que puede realizar voluntariamente junto con otros, no necesita convertirse automáticamente en una atribución del Estado.

La diferencia es fundamental. Una sociedad libre no es aquella en la que nadie puede hacer nada sin autorización, sino aquella en la que cada persona conserva una esfera suficientemente amplia para decidir sobre su propia vida.

Frédéric Bastiat expresó esta preocupación desde otra perspectiva cuando advirtió sobre la transformación de la ley en instrumento para organizar la expoliación legal. Su razonamiento apuntaba a una cuestión esencial: cuando el Estado utiliza la fuerza legítima que posee para transferir derechos, bienes o decisiones de unos individuos hacia otros, el poder deja de cumplir su función protectora y comienza a convertirse en instrumento de dominación.

El problema se agrava cuando la sociedad comienza a considerar que todo aquello que puede resolverse políticamente debe resolverse políticamente. En ese punto, el poder deja de ser un instrumento excepcional para convertirse en una presencia permanente.

Y el poder permanente tiende a expandirse.

Lord Acton resumió esta intuición en una frase célebre: el poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente. Más allá de la contundencia de la fórmula, su importancia reside en que desplaza la discusión desde la moral individual hacia la estructura institucional. No alcanza con encontrar personas honestas para gobernar. Hay que impedir que incluso las personas honestas dispongan de un poder excesivo.

Porque la cuestión no es solamente quién gobierna hoy. Es qué podrá hacer mañana quien ocupe el mismo lugar.

Hayek desarrollaría posteriormente una crítica todavía más profunda a la concentración del poder. Una sociedad libre necesita límites generales e impersonales que impidan que una autoridad pueda decidir discrecionalmente sobre la vida de los individuos. Allí donde las decisiones particulares del poder sustituyen a reglas generales, la libertad comienza a depender de la voluntad de quien manda.

De ahí la importancia de la dispersión del poder no sólo político, sino también económico y social. Una sociedad libre necesita múltiples centros de decisión: individuos, familias, asociaciones, empresas, municipios, provincias, organizaciones civiles y un Estado nacional limitado por la Constitución. La atomización del poder funciona como una barrera frente a su monopolización.

Alexis de Tocqueville observó algo semejante al estudiar la democracia norteamericana: la libertad no descansaba exclusivamente en las instituciones centrales, sino también en la existencia de asociaciones y poderes locales capaces de actuar autónomamente. La libertad se aprende y se conserva ejerciéndola en espacios concretos de la vida social.

Pero aquí aparece la gran dificultad del liberalismo: ¿cómo lograr que el poder se limite a sí mismo?

La experiencia histórica ofrece pocas razones para confiar en semejante posibilidad. Quien dispone de poder posee también incentivos para conservarlo, ampliarlo y justificar su expansión. Por eso resulta, en cierto sentido, utópica la idea de un Estado que voluntariamente decida reducir sus propias atribuciones cuando éstas ya existen.

Más paradójica todavía es la pretensión de utilizar el poder del Estado para destruir al propio Estado.

La idea puede encontrarse en determinadas corrientes radicales del liberalismo y del libertarismo: utilizar el poder político como instrumento transitorio para alcanzar una sociedad en la cual ese poder deje de existir. Pero allí aparece una contradicción difícil de ignorar: el instrumento que se pretende destruir debe primero ser suficientemente poderoso como para llevar adelante su propia destrucción.

La historia obliga, por ello, a desconfiar de quienes prometen un poder transitorio destinado a desaparecer mañana. Casi siempre el mañana encuentra nuevas razones para justificar su permanencia.

La verdadera tradición liberal ofrece una solución menos espectacular, pero mucho más realista: no confiar en la virtud de quienes gobiernan, sino establecer límites que también alcancen a los virtuosos; no esperar que el poder renuncie espontáneamente a sí mismo, sino dividirlo, enfrentarlo con otros poderes y someterlo a reglas superiores.

La Constitución, en este sentido, no es simplemente el documento que organiza el Estado. Es, fundamentalmente, un instrumento destinado a decirle al poder hasta dónde puede llegar.

La libertad no requiere la inexistencia absoluta del poder. Requiere que ningún poder pueda convertirse en dueño de la sociedad.

Ésa es, quizá, la diferencia esencial entre una sociedad organizada alrededor del poder y una sociedad organizada alrededor de la libertad.

En la primera, el individuo necesita demostrar por qué debería poder hacer algo.

En la segunda, es el poder quien debe demostrar por qué tiene derecho a impedírselo.

Y allí reside, en última instancia, la lógica profunda del liberalismo: no preguntar solamente quién debe gobernar, sino, antes que nada, qué cosas ningún gobierno debería tener permitido hacer.

¿Por qué políticamente la Argentina, tratando de votar al menos malo, termina eligiendo al peor? (Segunda Parte)

(Ver la primer parte aquí) 

 Por Gabriel Boragina ©

VI. El problema de la oferta electoral

Aquí llegamos al punto central.

Suele analizarse la política desde el lado de la oferta: 

«Los políticos son malos». 

Pero en una democracia existe también una demanda. 

Los políticos necesitan votos. 

Y, por lo tanto, tienen incentivos para ofrecer aquello que los electores premian.

Si el electorado premia propuestas serias, institucionales y de largo plazo, los partidos tendrán incentivos para producirlas.

Pero si el electorado premia fundamentalmente:

·                     la capacidad de generar indignación;

·             la identificación de enemigos;

·             las soluciones inmediatas;

·             las promesas extraordinarias;

·             el liderazgo personal;

·             la destrucción del adversario;

entonces la oferta electoral tenderá a adaptarse a esas preferencias.

Es aquí donde puede producirse un círculo vicioso.

La ciudadanía genera una determinada demanda política.

↓

La política responde a esa demanda.

↓

La nueva oferta modifica las preferencias de la ciudadanía.

↓

La ciudadanía vuelve a demandar una oferta todavía más extrema.

Y así sucesivamente.

Por eso la decadencia de la oferta política y la decadencia de la cultura política pueden terminar reforzándose mutuamente.

 

VII. La trampa del «menos malo»

Y aquí llegamos finalmente al problema planteado por el título.

Votar al menos malo puede ser perfectamente racional.

Si existen dos candidatos y uno es considerado sustancialmente peor que el otro, elegir al menos malo puede ser una decisión perfectamente comprensible.

El problema aparece cuando el voto defensivo se convierte en la regla permanente de funcionamiento del sistema.

Entonces la competencia política deja de ser:

«¿Quién es mejor?»

y pasa a ser:

«¿Quién es menos malo?»

La diferencia parece pequeña.

Pero sus consecuencias son enormes.

Porque si un candidato no necesita ser bueno para ganar, sino solamente ser menos rechazado que su adversario, los incentivos para mejorar la calidad de la política disminuyen.

Ya no es necesario construir una gran propuesta.

Puede ser suficiente con construir un adversario suficientemente malo.

Entonces la política comienza a funcionar por comparación negativa.

No elegimos porque queremos.

Elegimos porque queremos evitar.

Y esto puede producir una consecuencia paradójica:

el sistema que permanentemente vota al menos malo puede terminar produciendo candidatos cada vez peores.

 

VIII. La espiral descendente

Puede imaginarse el mecanismo de esta manera:

Candidato A: «No soy bueno, pero el otro es peor».

↓

El electorado lo vota para impedir que gane B.

↓

Gobierna A.

↓

Una parte del electorado se decepciona.

↓

Años después aparece C prometiendo terminar con A.

↓

C tampoco necesita demostrar que será excelente.

Le basta con convencer al electorado de que A es insoportable.

↓

C gobierna.

↓

Se produce nuevamente la decepción.

↓

Aparece D prometiendo destruir a C.

Y comienza nuevamente el ciclo.

Así puede producirse una suerte de espiral descendente de la calidad política.

No necesariamente porque cada candidato sea objetivamente peor que el anterior desde el primer día, sino porque cada elección aumenta la tolerancia del electorado hacia candidatos que en otro contexto hubieran resultado inaceptables.

La vara se desplaza.

Lo que ayer parecía inadmisible hoy puede ser presentado como «el mal menor».

Y lo que hoy parece inadmisible mañana puede ser presentado como «la única alternativa».

 

IX. La paradoja argentina

Ésta es, finalmente, la paradoja que creo que explica buena parte del problema:

El ciudadano no necesariamente vota al peor porque considere que es el mejor. Puede votarlo porque considera que el adversario es todavía peor.

Pero cuando todos los actores políticos utilizan la misma lógica, el resultado puede ser exactamente el contrario del buscado.

El voto destinado a impedir al peor termina legitimando al menos malo.

El menos malo se convierte posteriormente en el nuevo problema.

Entonces aparece otro candidato que se presenta como solución.

Y el electorado vuelve a votar al «menos malo».

El problema no es solamente quién gana una elección.

El problema es el mecanismo cultural que determina qué candidatos llegan a ser competitivos.

 

X. ¿Estamos condenados?

No necesariamente.

Y aquí es donde la tesis deja de ser simplemente pesimista.

Si el problema es cultural, la solución también debe serlo.

No alcanza con cambiar presidentes.

No alcanza con cambiar partidos.

No alcanza siquiera con modificar el sistema electoral.

Hay que modificar los incentivos culturales que hacen posible determinada oferta política.

Una ciudadanía mejor educada, más informada y con mayor conocimiento constitucional puede exigir algo diferente.

Puede comenzar a preguntar:

¿Qué propone?

pero también:

¿Cómo piensa hacerlo?

¿Cuánto costará?

¿Qué consecuencias tendrá?

¿Es constitucional?

¿Quién controlará al gobernante?

¿Qué ocurrirá si fracasa?

Y, sobre todo:

¿Estoy votando a este candidato porque considero que es bueno o simplemente porque considero que el otro es peor?

Esta última pregunta debería formar parte de toda elección.

Porque quizás allí se encuentre una de las claves del problema argentino.

 

XI. Una conclusión incómoda

Es cómodo atribuir todos nuestros males a los políticos.

Es más difícil aceptar que los políticos también son, en alguna medida, el producto de la sociedad que los elige.

No significa que el ciudadano sea responsable de cada decisión de un gobernante.

Significa algo diferente:

una sociedad no puede producir indefinidamente una política de alta calidad si no desarrolla simultáneamente una cultura política capaz de exigirla.

La democracia permite elegir.

Pero no garantiza que elijamos bien.

La Constitución limita el poder.

Pero no garantiza que los ciudadanos conozcan esos límites.

La educación proporciona herramientas.

Pero no garantiza que las utilicemos.

Y las elecciones permiten reemplazar gobernantes.

Pero tampoco garantizan que el reemplazante sea mejor.

Por eso quizá la pregunta correcta no sea:

«¿Por qué los argentinos votamos siempre mal?»

La pregunta debería ser mucho más incómoda:

«¿Qué características de nuestra propia cultura política hacen posible que, elección tras elección, sigamos considerando que nuestra única alternativa consiste en votar al menos malo?»

Porque cuando una sociedad llega al punto en que ya no busca al mejor sino simplemente al menos malo, puede haber comenzado a aceptar, sin advertirlo, que la política no puede ofrecer nada mejor.

Y ése quizá sea el verdadero problema.

No que elijamos ocasionalmente al peor.

Sino que hayamos aprendido a conformarnos con el menos malo.

 

¿Por qué políticamente la Argentina, tratando de votar al menos malo, termina eligiendo al peor? (Primera Parte)

 Por Gabriel Boragina ©

Hay una paradoja que se repite en la política argentina.

Una parte importante del electorado no vota necesariamente convencida de que el candidato elegido sea bueno. Muchas veces vota porque considera que el adversario es peor. Se vota para impedir, para evitar, para frenar. Se vota al que se percibe como «el menos malo».

Sin embargo, después de sucesivos procesos electorales, la sociedad vuelve a encontrarse con una situación semejante: aquel que había sido elegido como alternativa al peor termina siendo considerado, algunos años después, el nuevo peor.

Entonces cabe formular una pregunta incómoda:

¿Cómo puede una sociedad que pretende votar al menos malo terminar produciendo, elección tras elección, una oferta política cada vez peor?

Mi hipótesis es que el problema no reside exclusivamente en los políticos. Existe una relación circular entre la calidad de la ciudadanía, la cultura institucional, la educación, las preferencias electorales y la oferta política.

Dicho de otra manera: los malos políticos no aparecen de la nada. También son el producto de una determinada demanda social.

 

I. El problema comienza antes de la elección

Una democracia constitucional requiere algo más que ciudadanos que concurran periódicamente a votar.

Requiere ciudadanos que conozcan, aunque sea mínimamente, las reglas fundamentales del sistema en el que viven.

La Constitución Nacional no es un texto destinado exclusivamente a abogados, jueces o profesores de Derecho. Es el contrato institucional que determina quién puede ejercer el poder, cómo puede hacerlo y cuáles son los límites que ni siquiera una mayoría circunstancial puede atravesar.

Sin embargo, buena parte de la discusión política argentina parece desarrollarse con una concepción diferente.

Se pregunta con frecuencia si una medida es conveniente, popular o eficaz, pero mucho menos si quien pretende adoptarla tiene constitucionalmente competencia para hacerlo.

Y esa diferencia es fundamental.

En una democracia constitucional no alcanza con preguntar:

«¿Esto es bueno?»

Hay que preguntar también:

«¿Quién está autorizado para hacerlo y mediante qué procedimiento?»

Cuando esta segunda pregunta desaparece, la democracia comienza a reducirse a una cuestión de mayorías.

Y entonces aparece una concepción peligrosa:

si el pueblo votó a determinado gobernante, ese gobernante debería poder hacer aquello que considere necesario.

Pero ésa no es la lógica de una democracia constitucional.

La mayoría elige gobernantes; no les entrega un poder ilimitado.

 

II. El argentino parece apoyar la democracia, pero no necesariamente sus instituciones

Aquí aparece una cuestión particularmente interesante.

Sería incorrecto afirmar, sin más, que la sociedad argentina es antidemocrática.

Los datos dicen algo bastante diferente.

Según Latinobarómetro 2024, Argentina presenta uno de los niveles más elevados de apoyo a la democracia de América Latina. Esto obliga a descartar una explicación demasiado sencilla según la cual el problema consistiría simplemente en que los argentinos rechazan el sistema democrático.

El problema parece ser otro.

Los argentinos pueden valorar la democracia como principio y, simultáneamente, desconfiar profundamente de las instituciones mediante las cuales esa democracia funciona.

Latinobarómetro informa que en 2024 la confianza promedio regional en los partidos políticos era apenas del 17%, mientras que el Congreso alcanzaba el 24% y el Poder Judicial el 28%.

Es decir:

puede existir adhesión a la democracia y, al mismo tiempo, desconfianza hacia las instituciones democráticas.

Ésta es una distinción fundamental.

El ciudadano puede decir:

«Yo creo en la democracia».

Pero también:

«No creo en el Congreso».

«No creo en los partidos».

«No creo en los jueces».

«No creo en los políticos».

Y de allí surge una consecuencia lógica.

Cuando las instituciones son percibidas como obstáculos y no como garantías, aparece la tentación de buscar al hombre que venga a resolverlo todo.

 

III. Del ciudadano democrático al ciudadano populista

Aquí aparece el populismo.

Y conviene aclarar que no estoy utilizando el término como sinónimo de izquierda.

El populismo puede adoptar formas económicas, sociales e ideológicas muy diferentes.

Puede presentarse bajo la forma de un Estado que promete proteger al ciudadano de todos sus males.

Pero también puede aparecer bajo la forma de un líder que promete terminar con todos los políticos, destruir a la «casta», eliminar obstáculos y gobernar con rapidez y autoridad.

El contenido puede cambiar.

La lógica permanece.

En ambos casos aparece la misma tentación: sustituir la complejidad institucional por la voluntad de un liderazgo.

El problema es que las instituciones democráticas fueron creadas precisamente porque el poder político necesita límites.

La división de poderes, los controles constitucionales, la independencia judicial y los procedimientos legislativos no son obstáculos inventados para impedir que el gobernante «haga».

Son mecanismos destinados a impedir que quien gobierna pueda hacer cualquier cosa.

 

IV. ¿Por qué prospera entonces el discurso populista?

Aquí es donde la educación adquiere importancia.

No sería correcto afirmar que una mala educación produce automáticamente ciudadanos populistas. Esa relación causal no está demostrada.

Pero sí puede sostenerse algo más prudente:

una ciudadanía con menores capacidades de comprensión, análisis y evaluación de información dispone de menos herramientas para evaluar críticamente discursos políticos complejos.

Los resultados de PISA permiten observar la magnitud del problema educativo argentino.

En 2022 solamente el 27% de los estudiantes argentinos alcanzó el nivel básico de competencia en matemática, frente al 69% promedio de los países de la OCDE.

En lectura, el 45% alcanzó al menos el nivel básico, frente al 74% promedio de la OCDE.

En ciencias, el porcentaje argentino fue del 46%, frente al 76% de la OCDE.

Hay otro dato todavía más significativo para nuestra hipótesis.

En lectura, los estudiantes que alcanzan los niveles superiores son precisamente aquellos capaces de comprender textos extensos, manejar conceptos abstractos y establecer distinciones entre hechos y opiniones. En Argentina apenas el 1% alcanzó el nivel 5 o superior, frente al 7% promedio de la OCDE.

Estos datos no prueban que la mala educación produzca populismo.

Pero sí muestran que existe una debilidad considerable en capacidades intelectuales que resultan especialmente importantes para una ciudadanía capaz de evaluar críticamente información y argumentos.

Y eso debería preocuparnos políticamente.

 

V. La decadencia educativa no es solamente un problema escolar

La educación suele analizarse como una cuestión laboral.

Si los estudiantes aprenden poco, tendrán dificultades para conseguir mejores empleos.

Pero existe otra consecuencia mucho menos discutida:

la educación también produce ciudadanos.

Una democracia necesita personas capaces de distinguir entre:

·         hechos y opiniones;

·         argumentos y consignas;

·         causas y consecuencias;

·         derechos y privilegios;

·         legalidad y conveniencia;

·         mayoría y constitucionalidad.

Cuando esas distinciones se debilitan, la política queda cada vez más expuesta a la simplificación.

El candidato ya no necesita explicar detalladamente cómo solucionará un problema.

Puede limitarse a señalar quién es el culpable.

No necesita demostrar que su propuesta funcionará.

Le alcanza con afirmar que será mejor que la alternativa.

No necesita explicar el funcionamiento de las instituciones.

Puede decir simplemente:

«Déjenme hacerlo».

Y cuanto más complejos son los problemas, más atractivas pueden resultar las respuestas simples.

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