Accion Humana

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El liberalismo que se proclama y el intervencionismo que se practica

 Por Gabriel Boragina ©

La Argentina parece condenada a repetir una curiosa experiencia histórica: cambiar los nombres de las políticas sin modificar sustancialmente sus fundamentos. Lo que ayer se presentaba como justicia social o desarrollo nacional, hoy se anuncia como estabilización, saneamiento monetario o reconstrucción del mercado. Los discursos cambian, pero el poder político continúa atribuyéndose facultades para decidir sobre cuestiones que, en una sociedad libre, deberían quedar libradas a las decisiones de los individuos. 

La llegada de LLA al gobierno estuvo acompañada por la promesa de un cambio radical. La Libertad Avanza no se presentó simplemente como una alternativa administrativa, sino como la expresión política del liberalismo y, particularmente, de la Escuela Austríaca de Economía.  

Ludwig von Mises, Friedrich A. Hayek y Murray Rothbard fueron invocados como inspiradores de una transformación destinada a devolver al individuo las facultades que el intervencionismo estatal le había arrebatado.  

Sin embargo, una cosa es invocar a los autores liberales y otra muy diferente aplicar consecuentemente sus enseñanzas.

El liberalismo no se define por la identidad de quien ejerce el poder, sino por los límites impuestos a ese poder.

El Banco Central y la contradicción monetaria

Una de las principales promesas de LLA fue eliminar el Banco Central. Su cuestionamiento encontraba sustento en las críticas austríacas a la manipulación estatal del dinero.

Mises explicó que el dinero surge de procesos de mercado y no necesita ser creado por una autoridad gubernamental. Hayek, en La desnacionalización del dinero, propuso la competencia monetaria frente al monopolio estatal. Rothbard defendió la separación entre el dinero y el poder político.

¿Qué encontramos, en cambio, en la gestión de La Libertad Avanza?

Un Banco Central que continúa funcionando, regulando encajes, administrando instrumentos monetarios e interviniendo en el mercado cambiario.

El gobierno podrá argumentar que su eliminación requiere una transición. Pero una transición no es un resultado, y el carácter transitorio de una intervención no modifica su naturaleza económica.

El Banco Central no se convierte en una institución de mercado porque sus funcionarios declaren compartir las ideas de Mises.

El dólar: un precio que continúa administrándose

El régimen de bandas cambiarias constituye otra contradicción significativa.

El tipo de cambio es un precio y, como cualquier otro, debería surgir de las valoraciones y decisiones de quienes participan en el mercado.

Hayek explicó, en El uso del conocimiento en la sociedad, que los precios transmiten información dispersa que ninguna autoridad central puede reunir íntegramente.

Cuando el gobierno establece límites a las fluctuaciones cambiarias e interviene para sostenerlos, sustituye parcialmente esa información por decisiones administrativas.

Podrá sostenerse que las bandas proporcionan estabilidad o facilitan la desinflación. Pero esos objetivos no convierten al mecanismo en un régimen de libertad cambiaria. Al contrario, son políticas intervencionistas

Un precio administrado con mayor flexibilidad continúa siendo, en mayor o menor medida, un precio administrado.

La contradicción reside en presentar como expresión del libre mercado un procedimiento que conserva facultades políticas sobre la formación del precio de la moneda.

El equilibrio fiscal no es sinónimo de liberalismo

El gobierno destaca la obtención de superávits fiscales como uno de sus principales logros.

Un equilibrio presupuestario genuino constituye una condición favorable para evitar desequilibrios económicos. Pero no equivale, por sí mismo, a una política liberal.

Un Estado puede mantener elevados impuestos, numerosas regulaciones y amplias facultades de intervención mientras presenta cuentas equilibradas.

La cuestión no consiste solamente en cuánto gasta el gobierno, sino en qué actividades interviene y mediante qué procedimientos obtiene sus recursos.

Un Estado que recauda cien y gasta cien está fiscalmente equilibrado. Pero si esos recursos fueron obtenidos mediante impuestos que restringen la inversión, el ahorro y el consumo, el equilibrio contable no habrá eliminado esas restricciones.

Mises sostuvo que la función esencial del gobierno consiste en proteger la propiedad, la cooperación pacífica y las condiciones institucionales de la convivencia.

Por consiguiente, la austeridad estatal y la libertad individual no son conceptos equivalentes.

Un gobierno puede ordenar sus finanzas y continuar restringiendo severamente las finanzas de los gobernados.

Impuestos, deuda e intervencionismo

La política tributaria ofrece otra contradicción.

La Libertad Avanza ha reducido o eliminado impuestos intrascendentes, pero conserva gravámenes significativos, entre ellos diversas retenciones a las exportaciones.

Una reducción impositiva (si existiera) disminuye la intervención, pero no supone necesariamente su desaparición.

Cada recurso transferido compulsivamente al Estado deja de estar disponible para los proyectos que sus propietarios habrían elegido libremente.

Tampoco la continuidad del endeudamiento con el Fondo Monetario Internacional constituye una manifestación de economía de mercado.

Los préstamos entre particulares, bajo responsabilidad patrimonial de sus contratantes, son institucionalmente diferentes del endeudamiento público, cuyas consecuencias pueden recaer sobre generaciones que no participaron de esas decisiones.

El problema no es desconocer las obligaciones heredadas, sino confundir las necesidades financieras del Estado con los principios de una economía libre.

Mises advirtió, en Crítica del intervencionismo, que las intervenciones parciales pueden generar distorsiones que inducen a nuevas intervenciones destinadas a corregirlas.

Así, el gobierno pretende liberar determinados mercados mientras conserva instrumentos para corregir sus resultados cuando los considera inconvenientes.

La libertad termina operando dentro de límites definidos por los mismos funcionarios que proclaman defenderla.

El problema político: limitar el poder desde el poder

Existe una contradicción todavía más profunda.

La Libertad Avanza propone reducir el poder estatal, pero pretende hacerlo mediante el ejercicio de ese mismo poder.

La tradición liberal, desde Locke y Montesquieu hasta Hayek, ha insistido en que la libertad no puede depender exclusivamente de la buena voluntad de los gobernantes.

El amplio recurso a instrumentos ejecutivos, como el DNU 70/2023, plantea precisamente la tensión entre los objetivos de liberalización y los procedimientos institucionales utilizados para alcanzarlos.

El liberalismo no consiste exclusivamente en defender la propiedad privada y la libertad contractual. Comprende también la división de poderes, la seguridad jurídica y la sujeción del gobierno a reglas generales.

Un gobernante no adquiere facultades ilimitadas por declarar que las utilizará para ampliar la libertad.

La pretensión de reducir el poder estatal mediante su concentración encierra una paradoja que el liberalismo clásico procuró resolver mediante límites institucionales, no mediante la confianza en determinados dirigentes.

La doctrina no pertenece a un partido

Las ideas liberales preceden a La Libertad Avanza y continuarán existiendo independientemente de su destino político.

No pertenecen al jefe partidario, a sus funcionarios ni a ninguna organización partidaria.

Confundir la defensa del liberalismo con la defensa de un gobierno transforma una doctrina destinada a limitar el poder en un instrumento para justificarlo.

Mises, Hayek y Rothbard no elaboraron sus teorías para proporcionar argumentos circunstanciales a los gobernantes.

Sus enseñanzas deben servir para examinar críticamente las decisiones políticas, no para legitimarlas automáticamente.

La reducción de la inflación, el equilibrio fiscal y la eliminación de determinadas regulaciones constituirían (de llevarse a cabo algún día) resultados relevantes. Pero no autorizarían a ignorar las intervenciones que permanecen.

La disminución de algunas intervenciones estatales no equivale a la desaparición del intervencionismo como principio de organización económica. Máxime cuando solo se las traslada a otros sectores.

La verdadera prueba de una reforma liberal no consiste en comprobar si el gobernante utiliza sus atribuciones para adoptar decisiones que considera correctas, sino en verificar si, después de la reforma, dispone de menos facultades para imponer sus decisiones a los demás.

Porque una economía no se vuelve libre simplemente porque sus gobernantes invoquen la libertad.

Y una sociedad no deja de estar sometida al poder político porque quienes lo ejercen aseguren que desean reducirlo.

Mis diferencias con Lacunza

 Por Gabriel Boragina ©

En una reciente entrevista que el periodista Luis Novaresio le hizo al pre candidato a presidente por el PRO, Hernán Lacunza, este se explayó sobre varios temas. 

Hernán Lacunza, economista y exministro de Hacienda (nacional 2019 bajo Macri y provincial en Buenos Aires), ofrece un diagnóstico de la economía argentina centrado en el balance entre estabilización lograda y riesgos de estancamiento productivo y social de cara a 2027. 

Tengo varias diferencias con el enfoque de Lacunza, las que iré exponiendo luego de ir enumerando sus opiniones sobre cada tema. Para mayor claridad, colocaré la palabra Diferencias separando las ideas de Lacunza de las mías propias. 

  

Logros que reconoce

Valora el fuerte descenso de la inflación (de más de 200% anual a alrededor del 30% anual / ~2% mensual), el equilibrio fiscal (“no se puede gastar más de lo que ingresa”), el fin de la emisión monetaria para financiar al Tesoro y una mayor previsibilidad del tipo de cambio y las tasas. Considera que esto redujo distorsiones y el riesgo país, y que constituye el principal legado del gobierno de LLA[1]: la idea de que “la maquinita de imprimir billetes no existe”.

Diferencias: repetidamente he dicho y demostrado que la baja de la inflación no es más que un mito. En este mismo sitio, el lector interesado podrá encontrar muchas notas mías al respecto. Hasta la fecha ha quedado como una de las tantas promesas electorales incumplidas. No sólo yo pienso así sino importantes economistas, imparciales y muy calificados son de la misma opinión. Tipo de cambio y tasas están fijadas por el gobierno en nombre de la ''economía de libre mercado'' cuando una genuina economía de libre mercado no interviene estas variables, sino que -precisamente- las deja libres. Por ende, las distorsiones continúan, quizás a menor velocidad que la de un intervencionismo explicito, pero muy lejos de una economía libre.

Es de lamentar que Lacunza ''haya comprado'' el relato de que ha dejado de existir ''la maquinita de imprimir billetes”. No sólo existe, sino que sigue funcionando, y a la perfección.

 

“Luces amarillas” y riesgos

Señala una economía a dos velocidades:

·   Sectores dinámicos (agro, energía/Vaca Muerta, minería) crecen con fuerza, pero generan pocos empleos directos (~250.000).

·  Industria, construcción y comercio (que concentran varios millones de puestos) están planchados o en retroceso, especialmente en áreas urbanas.

Destaca el subestimado impacto en empleo y pymes (menciona alrededor de 30.000 cerradas), el deterioro del ingreso disponible, el aumento de la morosidad crediticia (cifras cercanas a 5,8 millones de personas con problemas de pago) y la incompleta normalización del mercado cambiario (cepo todavía vigente para empresas).

Diferencias: si bien todo esto es cierto, es increíble que Lacunza no advierta la relación causal de este fenómeno con lo que él llama ''logros'' del gobierno. La economía, como ha enseñado la Escuela Austríaca de Economía, funciona como un sistema de vasos comunicantes. No hay tal cosa en la economía como compartimientos estancos. Todos los fenómenos económicos están vinculados entre sí, en todos ellos hay relaciones causales, si bien algunas remotas e indirectas y otras más próximas y directas, dependiendo de qué sector en particular se esté estudiando. Estas ''luces amarillas'' y riesgos el economista capacitado ya sabe cómo se solucionan: mercados libres: cero intervencionismo estatal. No está claro que Lacunza adhiera a la solución austriaca a los problemas que bien identifica. Por ejemplo, si hay deterioro del ingreso es un hecho revelador que la pérdida del poder adquisitivo del salario es consecuencia de un proceso inflacionario vigente. Que sea menor que los históricos es a los efectos que interesan, irrelevante. El objetivo liberal austriaco no es apuntar a menor inflación, sino a una inflación igual a cero, no tendiendo a cero, sino igual a cero.

Lacunza advierte que bajar la inflación del 200% al 30% es más fácil que llevarla del 30% a niveles bajos o cero, y que sin crecimiento la estabilidad no es sostenible social ni políticamente. Entra el riesgo de que, si el gobierno “sigue así”, el kirchnerismo pueda recuperar terreno en 2027. También alerta sobre reservas netas aún débiles y un tipo de cambio potencialmente atrasado de cara al año electoral, lo que podría generar dolarización de carteras.

Diferencias: fue Ludwig von Mises el que también enseño que no hay tal cosa como estabilidad en economía (ver http://www.accionhumana.com/2026/08/una-esperanza-para-el-pro-y-el-pais.html[2]). Es más, el mismo concepto de crecimiento contradice lógicamente el de estabilidad. Tanto si hay crecimiento como decrecimiento ello implica los contrarios a estabilidad, ya sea si se avanza o si se retrocede hay cambio, no estabilidad. Estabilidad es sinónimo de inmovilidad. Si bien yo no reconozco al régimen del matrimonio Kirchner ningún ''ismo'' que los distinga de lo que (en corrección política) no fue más que otro populismo de izquierda como también (los hubo y hay) de derecha, Lacunza pierde de vista la cantidad grande de integrantes de aquella facción que hoy forman parte de LLA. También desde esta columna hemos tratado muchas veces este punto. Y respecto a ''bajar la inflación'' es lo más sencillo de todo: dejar de emitir y liberar precios, asignaturas pendientes de todo gobierno argentino pasado y presente.

 

Propuestas y secuencia que prioriza

Lacunza plantea un enfoque de centro-derecha liberal-republicano y desarrollista: abrir mercados, pero con “alarmas” ante la caída del empleo o el cierre de empresas.

Diferencias: claramente no es un liberalismo austriaco (Escuela Austríaca de Economía). Se parece más a una ''Economía social de mercado'' (ESM) en la versión argentina que propició el Ing. Álvaro Alsogaray y sus distintos partidos (el último la UCeDe).

Sus recetas principales incluyen:

  • Completar la normalización del mercado de cambios (levantar el cepo residual a empresas) para atraer inversión.
  • Avanzar hacia un esquema monetario más convencional, con objetivo de tasa de interés.
  • Generar condiciones para el crecimiento sostenido e inversión; recién después bajar impuestos de forma más ambiciosa.
  • Reactivar la obra pública (sin déficit) para impulsar construcción y empleo.
  • Pactos fiscales con provincias (incentivos a buena administración, baja de Ingresos Brutos a cambio de parámetros de empleo público) y discusión de la coparticipación para mayor equidad federal.

Diferencias: ninguna de estas ''recetas'' es acorde con la Escuela Austríaca de Economía a la que adherimos en lo personal. La receta de esta escuela de pensamiento es mucho más sencilla y más realista: mercados libres, sin distinciones académicas o políticas. De alguna manera las ''recetas'' de Lacunza revelan ese intervencionismo moderado aludido antes (el de la ESM)

En síntesis, Lacunza celebra la estabilización macro como condición necesaria, pero insiste en que el desafío actual es traducirla en crecimiento, empleo y productividad. Sin esa transición, advierte, el programa corre riesgo de agotarse políticamente. Su visión se diferencia del oficialismo al priorizar el “camino” y los matices productivos/sociales por sobre un enfoque que considera más dogmático en la estabilidad.

Diferencias: confunde estancamiento con estabilización (sobre esto ver aquí: El estancamiento no es liberal [3]). No hay pues nada que celebrar. Sería mejor reconocer con valentía que hay que salir del populismo de derecha de LLA y hacer un cambio decisivo hacia una ESM (más potable y asequible políticamente hablando). Lo que Lacunza llama ''logros'' de LLA no son tales. Reconocer que son buenos propósitos que LLA no cumplió (ni está en condiciones de cumplir) y de allí que se necesite otra cosa. La ESM que es lo que en realidad está proponiendo Lacunza (sin darle ese nombre) es algo infinitamente superior al populismo de derecha de LLA.

''crecimiento, empleo y productividad'‘: solamente llegan a través del mercado libre (la ESM es un camino, pero el objetivo debería apuntar a realizar las medidas propuestas por la Escuela Austríaca de Economía).

Personalmente, pienso que Lacunza puede darle un cambio al estilo de gobierno (por sí mismo esto solo sería un gran éxito) y entiendo que políticamente no le convenga adoptar un discurso austriaco (ya muy desprestigiado por el manoseo -y uso contrario- que le diera al mismo la LLA) lo que le haría perder votos y no al revés. Políticamente, un discurso más del tipo ESM es más asequible a los castigados oídos del electorado.

¿Por qué cae el consumo privado?

 Por Gabriel Boragina ©

Análisis de los datos de consumo masivo en Argentina (agosto 2026) 

Según el Índice de Consumo Privado (ICP-UP) de la Facultad de Negocios de la Universidad de Palermo, el consumo privado general cayó 1,2% mensual y 0,6% interanual en agosto 2026. Acumula nueve meses consecutivos de bajas interanuales y un retroceso de 1,4% en los primeros ocho meses del año respecto del mismo período de 2025. 

Consumo masivo (el más golpeado) 

Este rubro (alimentos, bebidas, carnes, lácteos, limpieza, combustibles y productos de compra frecuente) representa cerca de la mitad del gasto de los hogares medido por el índice.

·   Cayó 4,9% interanual en agosto.  

·   Acumula una baja de 3,2% en lo que va de 2026.

Es el segmento más afectado, reflejando el ajuste en el gasto cotidiano de las familias.

Detalle por productos clave

·   Carne vacuna: caída de 10,5% interanual y 13 meses consecutivos de retroceso. Según CICCRA, el consumo per cápita se ubicó en torno a 46 kg anuales (mínimo histórico de la serie desde 2005), con una baja de 9,5% interanual (casi 5 kg menos por persona).

·   Carne aviar: -3,6%.

·   Carne porcina: +12,5% (sustitución por precio).

·   Otros productos de la canasta básica también muestran debilidad.

Comportamiento de otros rubros (para contexto)

Rubro

Variación interanual agosto

Acumulado 2026

Consumo masivo

-4,9%

-3,2%

Servicios recreativos/turismo

-5,7%

-1,4%

Bienes semidurables

+3,3%

+2,7%

Bienes durables

+1,0%

+1,3%

·  patentamientos +34,7% interanual (acumulado +42,1%).

·   Autos: patentamientos -19,3% interanual (acumulado -13,7%).

·  Crédito al consumo: compras con tarjeta -11,3% real; préstamos personales -7,5%.

·   Recaudación de IVA en términos reales: -3,1% en agosto.

Interpretación

La caída del consumo masivo es más profunda que la del índice general, lo que indica que las familias priorizan o recortan especialmente los gastos frecuentes y de menor valor unitario. Factores que explican esta dinámica incluyen la pérdida de poder adquisitivo real, el peso de tarifas y gastos fijos, y una mayor selectividad en las compras (sustitución de productos más caros, como la carne vacuna, por alternativas más baratas).

Algunos rubros de mayor valor (motos, ciertos semidurables) muestran signos positivos, posiblemente por financiamiento o cambios en preferencias, pero el núcleo del gasto cotidiano sigue débil. El indicador de la UP sirve como anticipo de las cifras oficiales y confirma que, a septiembre 2026, la recuperación del consumo interno no se ha consolidado de manera homogénea.

Bien, hasta aquí los datos. La pregunta de fondo es la hecha al comenzar ¿por qué cae el consumo privado?

La explicación real la dio uno de los más formidables economistas de todos los tiempos, el profesor austriaco L. v. Mises en su magnum opus La Acción Humana cuando dijo:

Las gentes creen, de buena fe, que le cabe al gobierno impulsar el desarrollo económico. La administración pública, sin embargo, per se, no puede ampliar un sector productivo más que restringiendo, al propio tiempo, otro. La intervención estatal desvía los factores de producción de donde el mercado los hubiera empleado hacia otros diferentes cometidos. Escaso interés ofrece el examen de cuál sea el mecanismo utilizado por la autoridad para alcanzar tal objetivo. Cabe asigne, de manera explícita, la oportuna subvención o puede también disimularla mediante protección arancelaria; es el consumidor, sin embargo, quien invariablemente paga el correspondiente costo. He ahí lo único que importa destacar: que se obliga a las gentes a prescindir de ciertas satisfacciones, por ellas más apreciadas, a cambio de otras que valoran menormente. En toda la filosofía intervencionista palpita constantemente la idea de que el estado opera fuera y por encima del mercado y que puede gastar, en empresas propias, ciertas míticas rique­zas no provenientes de los ciudadanos. Tal es la fábula que lord Keynes elevara a la categoría de dogma económico, dog­ma entusiásticamente en seguida acogido por todos aquellos que del despilfarro público pensaban derivar ventajas perso­nales. Perogrullesco resulta, pero , frente a tan vulgares falacias, obligado es, una y otra vez, recordar que el estado no puede gastar, ni invertir, un centavo siquiera que no haya detraído del público; por cada dólar que el estado consume, los ciudadanos tienen un dólar menos. Incapaz, desde luego, es el gobierno de hacer a la gente más próspera y feliz interfiriendo la vida mercantil; pero, en cambio, puede dejarla empobrecida e insatisfecha mediante la restricción de la producción.[1]

De donde se deduce fácilmente por ser casi una cuestión de sentido común, que es el mayor consumo estatal el que disminuye el consumo particular. Y el mayor consumo estatal se financia a través del denominado gasto público, que, en realidad, es puro consumo estatal. Lo que -a su turno- es un claro índice que resulta falaz la repetida declamación del gobierno de LLA[2] de que el gasto público haya bajado o, menos aún, que este bajando, si esto fuera cierto aumentaría el consumo privado, sin embargo, lo que la situación está mostrando que es exactamente al revés: está disminuyendo. Y la razón se explica por sí misma: por cada peso gastado por el gobierno/estado equivale a un peso menos que el particular no podrá gastar (consumir).

De allí se arriba a una extraña paradoja que venimos denunciando desde hace tiempo. El gobierno de LLA (que se ufana de seguir las ideas del L. v. Mises), lo que verdaderamente hace es practicar las contrarias a la de este profesor y la de toda la Escuela Austríaca de Economía de la cual L. v. Mises es su representante más ilustre. Y como el mismo profesor L. v. Mises señala en el fragmento citado arriba, en concreto, la política de LLA está acorde con las ideas de John M. Keynes a quien LLA no se cansa de denostar, pero que en los hechos avala sus teorías, porque fue Keynes el campeón de la expansión del gasto público. El daño mayor es engañar a la ciudadanía propagando doctrinas que LLA no está ejecutando al decir que se debe reducir el gasto estatal, si esto fuera cierto el consumo privado crecería y no a la inversa como demostramos está pasando.

Moraleja: si en el sector privado cada vez se consume menos es porque en el sector estatal se esta consumiendo cada vez más.


[1] Ludwig von Mises, La acción humana, tratado de economía. Unión Editorial, S.A., cuarta edición. Págs. 1076-1077

[2] Siglas del partido gobernante en la Argentina ‘'La libertad avanza''.

La lógica del poder: por qué necesita límites

 Por Gabriel Boragina ©

 La lógica del poder reside en su ejercicio, tanto si se lo acepta dócilmente como si se lo resiste. El poder no deja de ser poder porque quienes están sometidos a él lo consideren legítimo, justo o necesario. Precisamente porque consiste en la capacidad de imponer una voluntad sobre otra, su existencia plantea desde siempre un problema fundamental para la libertad: ¿quién limita a quien tiene poder? 

La pregunta no es meramente política. Es, en buena medida, el problema central de toda filosofía liberal. 

El liberalismo nació, entre otras cosas, de la desconfianza frente al poder. No porque todo poder sea necesariamente ilegítimo, sino porque ningún poder humano debería ser considerado suficientemente virtuoso como para quedar exento de controles. John Locke había formulado, ya en el siglo XVII, una de las premisas fundamentales de esta concepción: los individuos poseen derechos anteriores al gobierno y el poder político sólo puede justificarse en la medida en que protege esos derechos. El gobierno no es dueño de la sociedad; es una institución creada para cumplir una función determinada.

De allí surge una consecuencia decisiva: el problema no consiste solamente en quién ejerce el poder, sino en cuánto poder se le permite ejercer.

La historia política demostró que cambiar a los hombres que ocupan el poder no resuelve necesariamente el problema del poder. Un gobernante virtuoso puede ser reemplazado por uno autoritario; una mayoría bienintencionada puede transformarse en una mayoría opresiva; un gobierno creado para proteger determinadas libertades puede terminar restringiéndolas en nombre de su propia protección.

Por eso Montesquieu comprendió que la libertad política requería algo más que buenas intenciones. Era necesario organizar institucionalmente el poder de modo tal que ningún poder pudiera disponer ilimitadamente de él. La separación de poderes no constituye, entonces, una cuestión meramente administrativa: es un mecanismo destinado a impedir que la autoridad se concentre y pueda convertirse en arbitraria.

James Madison llevaría esta idea todavía más lejos. En The Federalist Papers, al reflexionar sobre la naturaleza humana y el gobierno, sostuvo que si los hombres fueran ángeles no serían necesarios los gobiernos. Pero como tampoco lo son quienes gobiernan, el problema consiste en construir instituciones capaces de controlar a quienes ejercen autoridad. El gobierno debe tener poder suficiente para cumplir sus funciones, pero también debe estar obligado a controlarse mediante otros poderes.

Aquí aparece una paradoja que acompaña a toda organización política: para limitar el poder es necesario disponer de poder suficiente para limitarlo.

No se trata, por lo tanto, de imaginar una sociedad sin poder, sino de impedir su concentración. La dispersión, división y atomización del poder constituyen mecanismos de defensa de la libertad. Cuanto más concentrado se encuentra el poder, mayor es la posibilidad de que quien lo posee pueda imponer su voluntad sin encontrar obstáculos eficaces.

Benjamin Constant comprendió esta cuestión al distinguir la libertad de los antiguos de la libertad de los modernos. Para estos últimos, la libertad no consiste principalmente en participar permanentemente del poder político, sino en disponer de una esfera de existencia individual dentro de la cual el Estado no puede penetrar arbitrariamente.

La cuestión vuelve entonces al individuo.

Una política verdaderamente orientada hacia la libertad debería procurar que el poder colectivo llegue solamente hasta donde resulta indispensable para proteger los derechos de las personas y garantizar la convivencia. Todo aquello que un individuo puede hacer legítimamente por sí mismo, o que puede realizar voluntariamente junto con otros, no necesita convertirse automáticamente en una atribución del Estado.

La diferencia es fundamental. Una sociedad libre no es aquella en la que nadie puede hacer nada sin autorización, sino aquella en la que cada persona conserva una esfera suficientemente amplia para decidir sobre su propia vida.

Frédéric Bastiat expresó esta preocupación desde otra perspectiva cuando advirtió sobre la transformación de la ley en instrumento para organizar la expoliación legal. Su razonamiento apuntaba a una cuestión esencial: cuando el Estado utiliza la fuerza legítima que posee para transferir derechos, bienes o decisiones de unos individuos hacia otros, el poder deja de cumplir su función protectora y comienza a convertirse en instrumento de dominación.

El problema se agrava cuando la sociedad comienza a considerar que todo aquello que puede resolverse políticamente debe resolverse políticamente. En ese punto, el poder deja de ser un instrumento excepcional para convertirse en una presencia permanente.

Y el poder permanente tiende a expandirse.

Lord Acton resumió esta intuición en una frase célebre: el poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente. Más allá de la contundencia de la fórmula, su importancia reside en que desplaza la discusión desde la moral individual hacia la estructura institucional. No alcanza con encontrar personas honestas para gobernar. Hay que impedir que incluso las personas honestas dispongan de un poder excesivo.

Porque la cuestión no es solamente quién gobierna hoy. Es qué podrá hacer mañana quien ocupe el mismo lugar.

Hayek desarrollaría posteriormente una crítica todavía más profunda a la concentración del poder. Una sociedad libre necesita límites generales e impersonales que impidan que una autoridad pueda decidir discrecionalmente sobre la vida de los individuos. Allí donde las decisiones particulares del poder sustituyen a reglas generales, la libertad comienza a depender de la voluntad de quien manda.

De ahí la importancia de la dispersión del poder no sólo político, sino también económico y social. Una sociedad libre necesita múltiples centros de decisión: individuos, familias, asociaciones, empresas, municipios, provincias, organizaciones civiles y un Estado nacional limitado por la Constitución. La atomización del poder funciona como una barrera frente a su monopolización.

Alexis de Tocqueville observó algo semejante al estudiar la democracia norteamericana: la libertad no descansaba exclusivamente en las instituciones centrales, sino también en la existencia de asociaciones y poderes locales capaces de actuar autónomamente. La libertad se aprende y se conserva ejerciéndola en espacios concretos de la vida social.

Pero aquí aparece la gran dificultad del liberalismo: ¿cómo lograr que el poder se limite a sí mismo?

La experiencia histórica ofrece pocas razones para confiar en semejante posibilidad. Quien dispone de poder posee también incentivos para conservarlo, ampliarlo y justificar su expansión. Por eso resulta, en cierto sentido, utópica la idea de un Estado que voluntariamente decida reducir sus propias atribuciones cuando éstas ya existen.

Más paradójica todavía es la pretensión de utilizar el poder del Estado para destruir al propio Estado.

La idea puede encontrarse en determinadas corrientes radicales del liberalismo y del libertarismo: utilizar el poder político como instrumento transitorio para alcanzar una sociedad en la cual ese poder deje de existir. Pero allí aparece una contradicción difícil de ignorar: el instrumento que se pretende destruir debe primero ser suficientemente poderoso como para llevar adelante su propia destrucción.

La historia obliga, por ello, a desconfiar de quienes prometen un poder transitorio destinado a desaparecer mañana. Casi siempre el mañana encuentra nuevas razones para justificar su permanencia.

La verdadera tradición liberal ofrece una solución menos espectacular, pero mucho más realista: no confiar en la virtud de quienes gobiernan, sino establecer límites que también alcancen a los virtuosos; no esperar que el poder renuncie espontáneamente a sí mismo, sino dividirlo, enfrentarlo con otros poderes y someterlo a reglas superiores.

La Constitución, en este sentido, no es simplemente el documento que organiza el Estado. Es, fundamentalmente, un instrumento destinado a decirle al poder hasta dónde puede llegar.

La libertad no requiere la inexistencia absoluta del poder. Requiere que ningún poder pueda convertirse en dueño de la sociedad.

Ésa es, quizá, la diferencia esencial entre una sociedad organizada alrededor del poder y una sociedad organizada alrededor de la libertad.

En la primera, el individuo necesita demostrar por qué debería poder hacer algo.

En la segunda, es el poder quien debe demostrar por qué tiene derecho a impedírselo.

Y allí reside, en última instancia, la lógica profunda del liberalismo: no preguntar solamente quién debe gobernar, sino, antes que nada, qué cosas ningún gobierno debería tener permitido hacer.

El liberalismo que se proclama y el intervencionismo que se practica

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