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Venezuela, Trump y el derecho internacional

 Por Gabriel Boragina ©

 

Los últimos acontecimientos ocurridos en la región no pueden ser más desconcertantes a mi juicio. Fuimos sorprendidos (creo que como muchos) con la noticia de la captura del dictador venezolano Nicolás Maduro por parte del gobierno de los EEUU más precisamente por órdenes directas de su presidente Donald Trump. quien se adjudicó a si mismo dicha responsabilidad.

Mas allá de las objeciones jurídicas internacionales por la metodología utilizada (reparos que son de peso) la noticia causó alborozo en muchos partidarios de la libertad (dentro y fuera de Venezuela) en la creencia de que el operativo tenía como intención primordial el restablecimiento de las instituciones democráticas en Venezuela, lo que para una nueva sorpresa de esas mismas personas resultó ser implícitamente desmentido por el propio presidente Trump el mismo día de la captura, a través de una conferencia de prensa en la cual manifestó con meridiana claridad que el objetivo principal de la acción tenia, en realidad, como norte las inversiones petroleras de las compañías estadounidenses por encima del desplazamiento del régimen despótico chavista, el que aún hoy permanece intacto (con la sola excepción de Maduro) en la cúspide del poder. En la misma conferencia de prensa, y declaraciones posteriores, descalificó públicamente a las autoridades electas por el pueblo (Edmundo González, elegido presidente) venezolano en las últimas elecciones llevadas a cabo (hacia más de un año) y desconocidas -una vez más- por el régimen chavista ,motivo por el cual naturalmente nunca pudieron asumir.

Estas acciones y declaraciones posteriores del presidente norteamericano producen (a mí al menos) desazón, por cuanto son demostrativas de su poco apego a la democracia y, por sobre todo, a las libertades civiles que vienen siendo sistemáticamente negadas desde hace décadas por la dictadura chavista y han provocado una de las hecatombes políticas y económicas más profundas del otrora rico pais.

No menos desconcertante me resultó personalmente la reciente actitud de la lideresa de la oposición venezolana, María Corina Machado, quien fuera galardonada con el premio Nobel de la Paz y quien luego de ser públicamente desairada por el mismo presidente Trump, la mencionada en reciente encuentro con el mandatario le hiciera a este objeto de obsequio del premio a ella otorgado. El gesto de Machado me parece de lo mas humillante y servil para con ella misma, máxime siendo Trump alguien que la descalificara amplia e internacionalmente.

Este cúmulo de hechos confusos y, desde mi punto de vista, incoherentes, me llevan a condenar la intervención militar de EEUU en Venezuela, principalmente teniendo en cuenta que no solo viola expresas normas del derecho internacional público sino que resultan más injustificables cuanto el propio promotor de las mismas (el presidente de aquel pais) hace pública su declaración que el objetivo fundamental es el preservar los intereses económicos y comerciales del pais del norte y el objeto real son, no las libertades de los venezolanos, sino la apropiación de los recursos naturales del país invadido.

La ''transición'' a la que alude con tanta insistencia Trump no es, en realidad, hacia un gobierno libre y democrático que responda a los intereses de los venezolanos, sino más bien hacia un gobierno títere de los EEUU que responda y obedezca las directivas de Trump. Este, conforme a su estilo directo y frontal, ha hablado con absoluta franqueza, y por sí mismo ha hecho explicito estos objetivos.

Este análisis deja de lado la discusión sobre si, desde el ángulo del derecho internacional público, la intervención militar estadounidense se justifica o no. Claramente creo que la respuesta es no. No se trata de deponer una dictadura para ser reemplazada por otra y menos aún la de un pais extranjero (en este caso Trump, se estaría erigiendo como dictador, por cuanto ningún venezolano lo ha elegido presidente de Venezuela en elecciones libres y democráticas, ni le ha conferido mandato alguno que lo habiliten a invadir su territorio). No hay dictaduras buenas y malas. O hay dictadura o hay democracia (lo que no implica desconocer que una democracia puede devenir en dictadura, lo que es muy difícil que suceda a la inversa)

En el punto yo suscribo la opinión del profesor Ossorio cuando en su Diccionario expresa:

Y en lo que al Derecho Internacional se refiere, se puede sostener no que exista pese a no estar amparado por la coacción, sino que no existe un Derecho Internacional y que lo procedente sería hablar de hechos internacionales. Precisamente de lo que tratan juristas y políticos es de convertir esos hechos en un Derecho, creando a tal fin organismos internacionales que fijen las normas de relación entre los Estados, pero que tengan también la facultad de interpretarlas judicialmente y la fuerza material necesaria para imponer sus fallos (tribunales y ejércitos internacionales). [1]

Como dice el profesor Ossorio, no hay derecho internacional, hay hechos internacionales y en el marco de los hechos internacionales es claro que impera el principio de la fuerza, que termina siendo la última expresión del mal llamado ''derecho internacional''.

Esto reduce el ámbito y el sentido del vocablo Derecho al Derecho Interno o local.

Creo que la mejor prueba de la inexistencia de un ‘’derecho internacional’’ han sido y siguen siendo, por desgracia, las guerras. Fácil es advertir, desde esta perspectiva, que, las reglas ulteriores de juego siempre han sido impuestas por los vencedores y por la fuerza de las armas. Pensemos sino cuál sería hoy la configuración jurídica mundial si en lugar de haber ganado la guerra los Aliados la hubieran ganado las potencias del Eje.

Pero si ampliamos la mirada y observamos el panorama ideológico del mundo es muy ingenuo pensar que la invasión de un país por otro o más precisamente de un jefe político por otro (como fue el caso Maduro-Trump) tenga como objetivo, implícito o -menos aun- explicito (salvo en la retórica) la liberación de un pueblo oprimido por parte de otro. Esa mirada Naif de la política nos da la pauta del grado de candor de la sociedad contemporánea, al menos en materia política.


[1] Ossorio Manuel-Diccionario de Ciencias Jurídicas Políticas y Sociales-Editorial HELIASTA-1008 páginas-Edición número 30-ISBN 9789508850553- pág. 296

Chávez y los Kirchner

Por Gabriel Boragina ©

En este artículo analizaremos las razones por las cuales –a nuestro humilde saber y entender- los Kirchner no han hecho más daño que el que hasta el momento hicieron. Se trata de que su incapacidad, ignorancia y torpeza son tan grandes, que son incapaces de aspirar a una dictadura plena, razón por la cual admiran tanto al déspota venezolano Hugo Chávez, que -en dicho sentido- despliega una capacidad de daño mucho mayor y tiene un proyecto hegemónico que -paulatinamente- lleva a cabo con una fría y bien calculada determinación.
Tal como Chávez, los Kirchner quisieran quedarse en el gobierno argentino para siempre. Para la energúmena pareja, el dictador venezolano es un modelo y ejemplo a seguir en dicho sentido, de allí la admiración y amistad que le profesan, además de los buenos negocios y la ayuda financiera que -hasta no hace mucho- Chávez brindó a los Kirchner, entre los cuales, el caso más sonado mediáticamente –y ya casi olvidado, por no decir olvidado del todo- fue el famoso de la valija "voladora" de los dólares de Guido Antonini Wilson.
Sin embargo, existen diferencias notables entre los Kirchner y Chávez. Entre ellas sobresalen tres:

1º.               Chávez ha consolidado su poder fortaleciendo y dominando por completo las fuerzas armadas de su país, las que le responden –al momento- de manera férrea.
2º.               El ansia de poder absoluto de Chávez va unido a una correspondiente capacidad y voluntad para hacerse de todos los resortes del mismo existente en Venezuela.
3º.               Chávez tiene un plan totalitario y hegemónico en mente que ha programado y que viene cumpliendo con un éxito que cualquier dictador, que se precie de tal, envidiaría.

El contraste es evidente, el matrimonio Kirchner carece de estos tres factores determinantes, que -no obstante- envidiarían poseer. Nótese que en el punto 1º señalado antes, han hecho precisamente todo lo contrario a lo que realizara Chávez en Venezuela. Mientras este cooptó y captó a sus fuerzas armadas, los Kirchner en la Argentina hicieron todo lo contrario, fruto del resentimiento Kirchner contra lo militar, por haber pertenecido ambos ideológicamente a la facción terrorista Montoneros, que fuera combatida por las fuerzas armadas argentinas en su hora.
 En otros términos, si bien los Kirchner anhelan ejercer un despotismo similar al que Chávez está desplegando a sus anchas en la desgraciada y querida Venezuela, aquellos carecen de los atributos necesarios y básicos para convertirse en dictadores al estilo del tirano venezolano. Esta es -en el fondo- la diferencia entre unos y el otro. Y es -en suma- lo que ha impedido que, hasta el presente, los Kirchner hayan podido hacer más daño en la Argentina que el que llevan hecho. Sencillamente, son demasiado torpes, inhábiles e ignorantes como para lograrlo.
 A pesar de estas diferencias, hay dos elementos en común (además de su amistad, negocios y admiración) entre Chávez y los Kirchner, ambos carecen de una oposición política y partidaria firme, fuerte, consistente y desafiante. Pero en este punto, la habilidad devastadora de Chávez también superó la de los Kirchner. El venezolano se las bastó por si solo para reducir a su oposición política "a polvo". La pareja gobernante argentina hizo lo suyo en este sentido, pero –además- contó con la inestimable colaboración de los mismos partidos y políticos opositores, que se neutralizaron a sí mismos hasta su mas mínima expresión. Algunos colegas venezolanos me comentan que esto también se ha dado en su país, sin embargo, no creo –personalmente- que lo haya sido con el grado de profundidad que se presentó en la Argentina.
Sin embargo, a pesar de las diferencias y similitudes apuntadas -que de ningún modo son todas las existentes- los efectos de ambos gobiernos pueden ser igual de ruinosos; unos tiranos torpes (los Kirchner, por ejemplo) pueden hacer tanto daño o más que otro tirano diestro (Chávez)[1]. La diferencia consiste en que el tirano torpe hace mal creyendo hacer el bien, en tanto que el dictador diestro[2] sabe perfectamente que es lo que está haciendo, por qué lo hace y para qué lo hace, esta me parece otra diferencia importante entre Chávez y los Kirchner, diferencia de forma, de métodos y de estilo que, como dejo señalado, puede -de todos modos-, tener idénticos fines nefastos.
La verdadera "habilidad" demostrada por los Kirchner no ha sido política -por cierto- sino económica a nivel personal, mas definidamente financiera; en efecto, no se registran antecedentes de gobernantes argentinos que se hayan enriquecido personalmente en forma tan desmesurada, gigantesca y acelerada como el par de consortes patagónicos. Entre tanto Chávez parece convencido que la base de su poder se encuentra en dos pilares: la renta petrolera y el control absoluto de las fuerzas armadas, los Kirchner han demostrado estar persuadidos que con solo obtener todo el dinero que les sea posible, de donde les sea posible, y siempre que les sea posible, tienen el poder "asegurado de por vida". Este es otro punto que marca la diferencia entre el poder absoluto de Chávez y el de los Kirchner, o mejor dicho, el que los Kirchner aspiran a obtener. También en este aspecto, el proyecto totalitario del venezolano es más sólido que el de la parejita argentina.
La dictadura chavista tiene más posibilidades de consolidación que la kirchnerista, debido, a mi modo de ver, a los factores que he señalado, de manera muy rápida y resumida. Claro que –insisto- esto de ningún modo implica minimizar ni subestimar, ni por un instante los efectos catastróficos que ambos regímenes, con claras orientaciones y aspiraciones totalitarias, uno y otro, el venezolano más ambicioso y avanzado en dicho sentido que el del par de argentinos sureños, tuvieron y tienen sobre sus sufridos pueblos.

Gabriel Boragina es autor –entre otros- de los siguientes libros: La Credulidad, La Democracia, Socialismo y Capitalismo , etc.


[1] Cuando digo diestro me refiero a la destreza para consolidar su tiranía. Algo así como una especial habilidad para el mal.
[2] Con la frase dictador diestro me refiero a alguien hábil para ejercer una dictadura. Ver nota anterior.

¿Se puede imponer la libertad?

 


Por Gabriel Boragina ©

 

Aunque este tema lo tratamos muchas veces (ver, por ejemplo, este enlace) la inesperada polémica desatada por el primer decreto de necesidad y urgencia (DNU) emitido por el nuevo poder ejecutivo argentino, a muy pocos días de haber asumido, merece volver sobre el mismo. 

Lo que, en realidad, está en cuestión es el presunto carácter ''liberal'' de un decreto.

Primeramente definamos que debe entenderse por decreto. El diccionario de la RAE nos dice al respecto :

 

decreto[1]

Del lat. decrētum.

1. m. Decisión de un gobernante o de una autoridad, o de un tribunal o juez, sobre la materia o negocio en que tengan competencia.

Sin.: ley, ordenanza, orden, resolución.

2. m. Constitución que ordena o forma el papa consultando a los cardenales.

 

Entonces, la pregunta debe ser ¿puede un gobernante, autoridad, tribunal o juez decidir por mi (o por el lector) que es la libertad?

Decidir qué es (o lo que no es) la libertad ¿es competencia de un gobernante o de una autoridad, o de un tribunal o juez?

O ¿es un derecho natural de competencia de cada persona en particular que tenga derecho a decidir por sí misma?

Desde nuestro punto de vista, no nos cabe duda que la respuesta a los dos primeros interrogantes es negativa. Y que la respuesta a la tercera pregunta es positiva.

De allí que, la única conclusión a la que llegamos es que, tratar de hablar de un ''decreto liberal'' no es más que una contradicción en términos.

Los que creemos que la libertad es un derecho natural, que cada persona trae desde la concepción en el seno materno, no podemos admitir que esa libertad sea un atributo que deba ser concedido como una gracia, una dádiva o reconocido por ninguna otra autoridad más que por la divina, pero en absoluto humana.

Entonces, y más allá de lo constitucional (tema que abordamos en nuestra nota Un decreto inconstitucional ), desde lo filosófico liberal el decreto tampoco se respalda.

Se me dijo que el decreto era ''a favor de la Constitución'' y no en su contra. Pero la Constitución se defiende a través de sí misma, y en parte alguna de su texto, ni de su espíritu, se dice que solamente puede ser protegida a través de decretos.

Si una Constitución sólo puede sostenerse través de decretos ¿para qué necesitaríamos una Constitución?. Directamente lo más sensato, en esa hipótesis, sería derogarla y manejarnos políticamente exclusivamente a través de decretos.

Entre mantener esto último y estar defendiendo una dictadura no es más que una cuestión de semántica.

La apología anterior nos recuerda los tristemente célebres bandos militares que, al asumir el poder de facto, se apresuraban a decir que lo hacían en ‘’defensa’’ de la Constitución. Pero ¿cómo se ‘’resguarda’’ una Constitución violándola mientras se insiste en que se la viola para ‘’protegerla’’?

Otra persona me llegó a decir que era muy preferible una dictadura ‘’liberal’’ a otra antiliberal. Pero, le contesté que ello sólo era ''mejor'' siempre y cuando tanto el dictador como sus súbditos compartieran misma opinión en relación a qué consistía ''ser liberal''. Apenas esa opinión cambiara y fuera distinta (ya sea en el dictador o en cualquiera de sus subordinados) el que no tenía el poder se vería (más temprano que tarde) en serios problemas.

Fue (en el caso inverso) lo mismo que sucedió entre Stalin y Trotsky. Ambos sostenían recíproca e inversamente que el verdadero socialismo estaba encarnado por uno de ellos con exclusión del otro.

La controversia se dirimió rápidamente de este modo: quien detentaba el poder real (a la sazón, Stalin) fue quien tenía el uso ‘’legítimo’’ del ''socialistómetro'' (por llamarlo de alguna manera) que medía cuál era la cantidad de socialismo ‘’ideal’’ para ser calificado como tal. Entonces quedó determinado que el verdadero socialismo lo personificaba solamente él, lo que derivó en el exilio y posterior asesinato (por su orden) de su archirrival, León Trotsky.

Una controversia en el plano liberal se dirimiría (en ausencia de un orden constitucional democrático) de igual manera que se '''resolvió'' la disputa entre Stalin y Trotsky. Pero esta vez seria entre ''liberales''

Otro argumento que se me opuso es que los poderes ejecutivos anteriores al actual habían dictado una gran cantidad de DNU. Según este punto de vista, ello autorizaría que el PEN actual siguiera por ese camino.

Sin embargo, nosotros creemos que la tesis de que ''Un error disculpa otro error'' no es válida, porque encierra una falacia ad populum o la falacia ex populo, que viene a significar como que ''si todos lo hacen ¿por qué nosotros no?'' (el célebre ejemplo de que ''Si millones de moscas ingieren excrementos no pueden estar equivocadas'').

Naturalmente, pensamos que si otros hacen las cosas mal no es una razón suficiente como para que sigamos sus ejemplos.

Se me objetó que, como el decreto amparaba los ''intereses generales de la sociedad'' era legitimo. Es muy opinable este punto. Nosotros muchas veces dijimos y escribimos que no creíamos en la entelequia simbolizada por supuestos ''intereses generales''. En nuestra opinión, los intereses solamente son individuales, nunca ''generales''.

Pero aun concediendo a nuestro critico la existencia de esos difusos y etéreos ''intereses generales'', de acuerdo a la teoría democrática constitucional y la letra de la Constitución argentina: ''El pueblo no delibera ni gobierna sino por medio de sus representantes'' (así lo dice expresamente el art. 22 de la Carta Magna).

Lo anterior significa que tales ''intereses generales'' residen en esos representantes y estos -a su vez- resultan ser los integrantes del Congreso. En consecuencia, atendiendo a este principio, no se debió recurrir a un DNU sino a una ley del Congreso, que es en donde residen esos ''intereses generales'' de la sociedad según la Constitución.

De todos modos, hay que hacer un análisis económico separado de lo jurídico, porque las crisis económicas jamás afectan por igual a todos los sectores sociales. En toda crisis hay quienes se perjudican y quienes se benefician con ella. Asi por ejemplo, sabemos por principios económicos básicos que, la inflación lesiona a un sector en beneficio de otro, ya que favorece a los deudores y damnifica a los acreedores.

De modo tal que, este hecho invalida el argumento de que el DNU puede resolver los ''intereses generales de la sociedad''. Al menos, lo contrario es verdad en el plano de la economía. Y precisamente de eso trata el DNU.

Aclaremos aquí que no ponemos en duda ni en tela de juicio las buenas intenciones del decreto que cuestionamos. Pero aplica el conocido refrán por el cual ''El camino al infierno esta empedrado de buenas intenciones''. Y el fin no justifica los medios en este tema, como en cualquier otro. Máxime cuando lo que se debaten son, en el fondo, derechos.


[1] Real Academia Española © Todos los derechos reservados

Intentando explicar la bipolaridad política

Por Gabriel Boragina ©

 

Los últimos acontecimientos políticos en materia de elecciones me llevan a renovar reflexiones que ya he tenido en otras oportunidades.

He comprobado que el elector común tiene pensamientos simples y -de alguna manera- de votar con respecto al espectro político que posee a su disposición a la hora de emitir su sufragio.

Sin mayores distinciones del mapa político, el elector medio se divide sencillamente en dos partes: una ‘‘izquierda’’ y otra ‘‘derecha’’.

Las alternativas parecen reducirse simplemente a esas dos, y en un sector de la población que siempre he identificado como un tercio del total de ciudadanos pueden (según fueren las circunstancias) unas veces votar a lo que él considera que son representantes de la ‘‘izquierda’’ y alternativamente en las oportunidades siguientes hacer lo propio por aquellos otros que él interpreta como representante de la ‘‘derecha’’.

Es así como hemos venido observando en los últimos procesos electorales que, varios países de la región que estaban siendo gobernados por partidos políticos que el vulgo normalmente cataloga como de ‘‘derecha’‘ han revertido los recientes resultados electivos hacia partidos que se autodenominan (y que en la creencia popular también se las piensa) como de ‘‘izquierda’’.

Esto es lo que ha ocurrido en los últimos años con Argentina, Perú, Chile y recientemente Colombia, que se suman a la línea iniciada en el continente sudamericano por la Venezuela de Chávez, sin olvidar que en el Caribe todavía permanece la dictadura cubana en pie.

Referidos como de ‘‘derecha’’ quedarían en el continente sudamericano únicamente los casos de Brasil y Uruguay.

Pensando sobre este asunto, recordé la charla mantenida con un amigo hace algunos años atrás, que contándome que si bien había votado en la elección anterior por un gobierno que la plebe cree de ‘‘derecha’’, frente a una nueva oportunidad electoral cambiaría su voto hacia un postulante que (según ese mismo pensar convencional) estaría enrolado dentro de la línea populista. Y así, efectivamente, lo hizo.

Este episodio me lleva a reflexionar sobre la aparente paradoja en la que una misma persona no tiene ningún inconveniente en votar unas veces a la ‘‘derecha’’ y otras veces a la ‘’izquierda’’.

Cuando le pregunté a aquel amigo por qué iba votar de esa manera y -sobre todo- si esa forma de votar representaba real y fielmente su perfil de pensar político, su respuesta me produjo mayor perplejidad que la que me había ocasionado su afirmación anterior.

Y lo que me contestó (y me dio por ‘’explicación’’) fue que -según él- la manera lógica de votar consistía en darle alternativamente ‘’oportunidad’’ electoral a ambos espectros del plano ideológico, y que él no era ni de ‘‘derecha’’ ni ‘’izquierda’’ sino que discurría que lo más ''racional'' para lograr el ’’equilibrio’’ político, era que se alternaran una y otra fuerza en el poder a modo de ''compensarse entre sí'', de manera de evitar que la sociedad cayera ''en los extremos''.

Esta respuesta (que a mí en lo personal me parece un completo disparate aunque en ese momento no se lo dije porque hubiera sido entrar una polémica interminable a las puertas de una votación política objeto de la discusión sino que, fortuitamente en vísperas de tal, el  tema brotó espontáneamente como sucede en tantos círculos sociales) denotó, a mi modo de ver, la explicación más plausible de la razón por la cual en una buena cantidad de países (y en la mayoría de los sudamericanos) una veces la gente vota a la ‘‘derecha’’ y otras a la ‘‘izquierda’’.

No vamos a explayarnos nuevamente respecto del tema ‘‘izquierda-derecha’’. Quien sigue nuestros escritos ya sabe que para nosotros dicha distinción es irrelevante, es difícil precisarla y carece de todo rigor científico político y económico. Por lo que mejor -en nuestra opinión- es desecharla y dejarla de lado.

‘‘Derecha-Izquierda’’ es una súper simplificación inadmisible que no explica nada, y que pasa por alto los matices de todo fenómeno social que -como dijo F. A. v. Hayek- siempre se tratan de fenómenos complejos.

Pero más allá de academicismos científicos, lo cierto es que el entramado político mental de una cantidad no menor de electores se divide en esa acusada simplicidad, y unas veces votan a unos y otras a los opuestos con argumentos muy similares o exactamente iguales que los de este amigo, que podríamos resumir en el argumento de la compensación.

Claro que, esa forma rústica y primitiva de pensar políticamente y de votar en consecuencia es errada. Esas fuerzas opuestas no se ‘’compensan’’, sencillamente parten de supuestos filosóficos-políticos-económicos completamente diferentes, y sus acciones por lo tanto no son ‘’complementarias’’ sino conflictivas entre sí. De allí que, sucede lo que ya estamos casi acostumbrados a ver. Cuando asume un gobierno de ‘‘izquierda’‘ se dedica a destruir lo construido por el que le antecedió de ‘‘derecha’‘, y así sucesivamente a medida que se van alternando y sustituyéndose uno a otro en el poder.

Obvio que, de esta manera lejos se está de conseguir aquella fantasiosa estabilidad política con la que se justificaba mi amigo cuando trataba de explicarme porque votaba ‘‘izquierda’’ en unas elecciones y ‘‘derechas’’ en la siguientes, para volver -una y otra vez- a repetir ese círculo vicioso que este amigo veía como ''racional'' cuando en realidad era totalmente lo contrario.

Todo esto que aquí expongo, y que lo imagino un exponente de inmadurez política, puede ser -con bastante probabilidad- lo que explique estos cambios de signo ideológico entre las preferencias de los sufragantes de los países que mencioné líneas arriba. Lo que -a su turno- me estaría indicando que, aquellas personas que tienen ideas precisas e identificadas con líneas de pensamiento político definidas (como podrían ser el liberalismo y el socialismo entendidos ambos en su sentido clásico) son -en realidad- las que pertenecen a los 2/3 restantes de la sociedad, y que cuantitativamente (en términos electorales por supuesto) son los menos representativos, a la vez que, no son nunca los que definen un sufragio político.

Si ésta tesis -que aquí estamos esbozando- llegara por ventura a ser correcta, es bastante probable que en muchos de aquellos países donde hoy la ‘‘izquierda’’ ha ganado las elecciones, en una próxima contienda electoral la vuelvan a perder en manos de la ‘‘derecha’’ (siempre utilizando estos términos con la reserva del caso, porque volveremos a insistir que para nosotros hablar de ‘‘izquierda’’ y ‘‘derecha’’ no significa absolutamente nada, carece de sentido).

Meramente aludimos a lo que la gente común y corriente tiene en mente cuando se le pide una opinión política, y esta distinción se agudiza aún más todavía cuando se acercan fechas próximas a un acto electoral.

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