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La misión del liberalismo (y por qué Argentina sigue sin cumplirla)

Por Gabriel Boragina ©

La historia de las ideas políticas demuestra que pocas corrientes han sido tan mal interpretadas —y a veces tan injustamente deformadas— como el liberalismo. Nacido para limitar el poder, proteger a las personas frente al abuso estatal y asegurar las condiciones necesarias para la prosperidad, el liberalismo presenta una misión clara y contundente: garantizar la libertad individual como fundamento del orden social. Ese es el hilo que une a John Locke, Adam Smith, Alexis de Tocqueville, Ludwig von Mises, Friedrich Hayek, Milton Friedman y tantos otros campeones del pensamiento liberal. Pero también es, paradójicamente, la misión que Argentina ha elegido ignorar sistemáticamente durante décadas.

Locke estableció que la razón de ser del Estado es proteger la vida, la libertad y la propiedad. Sin ese triángulo moral, no hay república que sobreviva ni ciudadanía que prospere. Smith, por su parte, demostró que el progreso económico depende de un marco institucional que permita a cada individuo perseguir sus propios fines en paz, bajo reglas generales y estables. Tocqueville advirtió que las sociedades libres requieren ciudadanos responsables, instituciones vigiladas y un Estado limitado para evitar la “tiranía suave” de los gobiernos que, con el pretexto de cuidar, terminan dominando. Ya en el siglo XX, Mises y Hayek alertaron sobre la deriva fatal del intervencionismo: cuando el Estado se atribuye funciones que exceden la protección de derechos, termina sofocando la iniciativa, distorsionando precios, destruyendo incentivos y, finalmente, minando la libertad misma. Friedman remató la cuestión: cada expansión del poder estatal implica una contracción proporcional de la libertad individual, aunque se la disfrace de “política pública”.

Todas estas ideas convergen en una tesis simple pero profunda: el liberalismo no es un programa económico, sino un programa moral. Su misión es poner al individuo en el centro, no como consumidor ni como engranaje productivo, sino como sujeto soberano de su propia vida.

Argentina: una traición sistemática a la misión liberal

En teoría, Argentina abrazó alguna vez ciertos ideales liberales —aunque siempre de manera incompleta y conflictiva—; en la práctica, los fue abandonando con sorprendente velocidad. Nuestro país eligió caminar por la senda opuesta: estatismo, corporativismo, discrecionalidad, regulaciones asfixiantes, impuestos confiscatorios y una cultura política que ve a la libertad con desconfianza y al Estado como tutor permanente.

La misión liberal exige reglas estables; Argentina ofrece volatilidad normativa.

La misión liberal exige respeto irrestricto por la propiedad; Argentina ofrece inseguridad jurídica y confiscación silenciosa vía inflación e impuestos.

La misión liberal exige gobiernos austeros y limitados; Argentina mantiene un Estado elefantiásico, voraz e ineficiente.

La misión liberal exige igualdad ante la ley; Argentina multiplica privilegios sectoriales, regímenes especiales y excepciones que benefician a unos pocos.

La misión liberal exige libertad de emprender; Argentina castiga al que produce, grava al que arriesga y desalienta al que invierte.

Así, la traición no es sólo institucional o económica: es cultural. El país fue naturalizando la idea de que siempre hace falta un “Estado presente”, aunque ese Estado no logre cumplir eficientemente ni sus funciones más elementales: seguridad, justicia, educación y moneda sana. El resultado es un círculo vicioso que los clásicos liberales describieron con precisión profética: cuanto más falla el Estado, más reclama la sociedad que el Estado intervenga; y cuanto más interviene, más destruye las condiciones para funcionar correctamente.

Los campeones del liberalismo, hoy

Si Locke viviera en Argentina, preguntaría dónde quedó la protección de la propiedad privada frente a la inflación crónica que licúa salarios y ahorros.

Si Smith analizara la maraña impositiva, concluiría que el sistema está diseñado no para incentivar el trabajo, sino para castigar la productividad.

Si Tocqueville examinara nuestras instituciones, advertiría con alarma la proliferación de feudos provinciales, el uso político de los recursos públicos y el estancamiento cívico que surge de la dependencia estatal.

Si Mises y Hayek observaran el entramado de controles, subsidios, regulaciones y distorsiones, lamentarían cómo el intervencionismo destruyó la coordinación espontánea del mercado y la responsabilidad personal.

Si Friedman estudiara nuestro Banco Central, lo citaría como ejemplo perfecto de cómo la discrecionalidad monetaria es una máquina de empobrecer.

La misión liberal como tarea pendiente

Para que la misión del liberalismo se cumpla en Argentina, no basta con reformas técnicas ni con discursos promercado. Hace falta un cambio profundo de valores: recuperar la noción de que la libertad individual no es negociable, que la ley debe ser un límite al poder y no un instrumento al servicio de intereses corporativos, que el progreso es hijo de la responsabilidad y no del asistencialismo, y que la prosperidad depende más de las instituciones que de los gobiernos.

La misión del liberalismo no es gobernar “para el mercado”, sino gobernar para la libertad. Es asegurar un marco donde cada persona pueda elegir, crear, comerciar, asociarse, invertir y proyectar su vida sin miedo a que el poder político cambie las reglas o confisque el fruto de su esfuerzo. Es devolver al ciudadano la dignidad de ser dueño de su destino.

Argentina todavía está lejos de ese ideal. Pero conocer la misión del liberalismo —y entender por qué los grandes pensadores la defendieron con tanta convicción— puede ser el primer paso para reconstruir un país que, alguna vez, creyó en la libertad y, si decide hacerlo, todavía puede recuperarla.

Inteligencia artificial y democracias

 Por Gabriel Boragina ©

 

¿Y si reemplazamos al gobierno por ChatGPT?. La pregunta es, por supuesto, una broma, pero todo parece indicar que ChatGPT ‘‘tiene’‘ ideas mucho más claras que el gobierno argentino de cómo se deben solucionar los problemas económicos y políticos del país.

Resulta que es tanto el descalabro y la desorientación que muestra el partido gobernante que daría la impresión que hasta un robot (mal llamado inteligencia artificial) podría hacerlo mejor, y no sólo simplemente mejor, sino mucho mejor.

La llamada inteligencia artificial pretende ser una imitación de la verdadera inteligencia, la única que existe, que es la inteligencia humana, la única inteligencia real. Donde, la distinción entre real y artificial tratándose de la inteligencia no tiene sentido alguno. No hay una inteligencia real y otra artificial. Sólo hay una inteligencia, que es la humana, y todo lo demás es producto de esa única inteligencia (la humana, valga la redundancia).

Pero en el caso del gobierno autollamado falsamente ‘‘libertario’‘ argentino, hasta en cada uno de sus miembros puede aplicarse el término artificial a las ‘‘soluciones’‘ que propone. Artificial, en este supuesto, por lo poco ingeniosas y (en lo que nos interesa) lo escasamente ligadas realmente al sistema liberal o libertario que ellos dicen estar aplicando.

Por eso, en esta coyuntura, hasta un robot programado y equipado con las ideas liberales correctas podría hacerlo mucho mejor que esta sarta de incompetentes o acomodaticios que gobiernan el estado argentino.

Pero lo cierto es que ningún robot reemplaza la inteligencia humana, y lo que realmente se observa es escasez, tanto de inteligencia como de ideas libertarias.

Hay si, como tantas veces dijimos, un discurso en ese sentido, y hay una razón psicológica para mantener esa arenga, y es que la población argentina es muy propensa a creer en sus propios mitos y autoconvencerse de lo que desea creer. Y muy permeable a cualquier cosa que suene a ‘’diferente’’, aunque en los hechos reales no haya diferencia alguna de lo que la mentalidad argentina reconoce muy tardíamente cuando el desastre está a las puertas.

Es una lástima que la frustración siempre llegue tarde, porque los males hay que abortarlos apenas muestran sus primeros vestigios. Y es asi que, en una sociedad donde importan más las apariencias que las realidades, en nombre de preservar la democracia se toleran gobiernos incompetentes o corruptos, cuando al primer síntoma de anormalidad debería ser extirpado de inmediato.

Es sintomático que una sociedad que posa de democrática desconozca que la democracia es solamente una palabra que adquiere sentido cuando se la califica. Así, no es lo mismo una democracia popular que una democracia constitucional. Mientras en la primera no hay límites más que la voluntad popular que, en general, da como resultado que el líder asume su total representación, en la constitucional los limites existen dentro de la misma Constitución. Y son y deben ser respetados.

En Argentina la democracia real es la del primer tipo, es decir popular, muy parecida a lo que Friedrich A. von Hayek llamaba democracia ilimitada, y otros autores denominan democracia de facciones. En esta clase de democracias los límites son impuestos por el jefe gobernante de la facción a la que le toque el poder popular. De donde resulta que los enfrentamientos son mutuos y frecuentes entre la o las facciones oficialistas y las opositoras, las que cuando el voto las pone del lado del oficialismo continúan las pugnas desde la posición de poder que les otorga el mandato ilimitado que entienden detentar.

Es decir, es posible que en un mismo país, como Argentina, convivan dos tipos distintos de democracias, una formal (constitucional) y otra real (popular). Lo que debe quedar claro es que la aplicación de ambos tipos de democracia es incompatible. La real puede asumir algunas normas de la constitucional, por ejemplo, el poder puede respetar el régimen electoral (como sucede en Argentina) al mismo tiempo que desconocer las otras.

A su vez, la democracia constitucional puede no ser republicana como también ocurre con la Constitución de la Nación Argentina que tiene una división de poderes formal pero que -en la realidad- el mismo texto constitucional desdibuja con la incorporación en su articulado de los llamados decretos de necesidad y urgencia (DNU) figura claramente antirrepublicana que no implica más que desvanecer la división de poderes otorgándole al poder ejecutivo la facultad de legislar o co-legislar con el poder legislativo, todo lo cual conlleva a una contradicción al régimen de división tripartita de poderes.

Y cosa muy diferente es, a mi juicio, una democracia liberal que, decididamente, no existe y quizás nunca existió en Argentina. Creo que lo máximo que se puede decir de la Constitución de la Nación Argentina sancionada a mediados del siglo XIX es la de una constitución de inspiración liberal y no estrictamente (como a menudo se la cita) una constitución liberal a secas. Claro que en esta opinión va en juego lo que se entienda por el término ‘‘‘‘liberal’‘ que puede significar cosas diferentes según cada cual.

Aun sin ser liberal o no siéndolo del todo, es preferible una democracia constitucional (sea o no liberal) que otra popular, ilimitada o de facciones.

En el caso argentino, como ya expresara en otras oportunidades, la esperanza (o al menos la mía) de un gobierno genuinamente liberal era que dejara de lado la tradicional democracia popular argentina, e hiciera la gran revolución de asumir y ejercer una verdadera democracia constitucional, para pasar de allí a una democracia liberal.

Promediando su periodo al frente del poder ejecutivo el actual gobierno no sólo no ha dado ni un sólo paso en esa dirección sino que, aferrado al tradicional paradigma de la democracia popular argentina, lejos de desmantelar, la refuerza y alienta con continuados enfrentamientos a enemigos reales o imaginarios tal y como resulta típico de esta clase de democracias ilimitadas o de facciones, donde el poder se acumula y concentra en la persona que se asigna la titularidad del ejecutivo central.

Estos regímenes populistas se emparentan con el fascismo y su variante nacionalsocialista, tal como los conoció Europa entre las dos guerras mundiales y como lo institucionalizó el peronismo desde la década del 40 en adelante en Argentina, y asi hasta el día de la fecha.

Para obtener una democracia liberal, en realidad, sólo se necesitan dos cosas: inteligencia real (humana, la única posible) y un genuino espíritu liberal. Ambos requisitos están ausentes por completo en nuestros políticos y quizás también en el resto de la población, al menos la votante.

La kakistocracia argentina

Por Gabriel Boragina ©

Sin duda alguna, en los tiempos que corren, los diccionarios no son artículos de consumo masivo, ni mucho menos, populares. Pero echarles una leída cada tanto, es bastante útil, sobre todo, porque nos ilustran acerca de cosas que vivimos todos los días y nos ayudan a comprender ciertos fenómenos que, de lo contrario, tenemos tendencia a confundir con otros. El uso correcto de los vocablos auxilia, no solo a entendernos, sino a interpretar que es lo que pasa a nuestro alrededor.

Y así, con relación a nuestro titulo, el diccionario nos informa:

*Kakistocracia

Significa lo contrario de aristocracia (gobierno de los mejores), es decir, gobierno de los peores.

Fuente: http://tododeiure.atspace.com/diccionarios/juridico.k.htm

Si bien cotidianamente, los argentinos hablan permanentemente y hasta posiblemente crean de verdad que su sistema político es una "democracia", la simple (o profunda) observación de los hechos políticos que vienen viviendo desde el comienzo del siglo XXI permiten inferir lo contrario. En esta etapa histórica que nos toca vivir y con marcado acento en los últimos años, lo que en Argentina se llama pomposamente "democracia" ha sido y es aun en rigor, una kakistocracia.

Ahora bien, conviene hacer algunas precisiones terminológicas; hay muchas formas de entender la democracia, pero si se acepta básicamente que democracia es "el gobierno de muchos" podría darse el caso de que esos muchos sean los peores, con lo cual, de ser así, debería hablarse de una demokakistocracia. Esta expresión denotaría el gobierno de los muchos peores, y es bastante más descriptiva de la realidad observada.

Pero en el caso argentino en particular, no creo que se pueda hablar de democracia por las siguientes razones; los muchos han gobernado poco (cuando realmente lo hicieron), en realidad la historia nos muestra que para los pocos no es en absoluto difícil llegar al gobierno en la Argentina, ya sea con los votos o sin ellos; y esto tiene que ver con otro rasgo argentino que no se lleva nada bien con el principio democrático; y que es el autoritarismo, la soberbia y la prepotencia que destila este pueblo; aspecto este que se nota marcadamente, desde las relaciones más íntimas y cotidianas hasta las más complejas; sea en lo comercial, en lo laboral o más genéricamente en lo social. Hay "flotando" un clima de hostilidad y desconfianza que hasta se respira al caminar por la calle. El argentino medio siempre esta presto para el combate y para la agresión; pareciera que su máxima es -hasta en las cuestiones más domésticas- "no hay mejor que defensa que un fuerte, oportuno y certero ataque". Y de esta manera, maneja casi todas sus relaciones, desde las familiares, pasando por las laborales, comerciales, universitarias y naturalmente, como no podía ser menos, las políticas y económicas.

La constitución

Desde el punto de vista jurídico constitucional, la constitución argentina expresamente determina que para ser ungido presidente de la nación basta obtener entre un 40 % y un 45 % de los votos (dependiendo en un caso o el otro, de los votos obtenidos por el segundo mas votado).

Si por "democracia" se entiende el gobierno de la mayoría, cualquier alumno de escuela primaria con nociones básicas de aritmética, ya sabe que una mayoría es igual a la mitad mas uno de una cantidad dada, lo que nunca es igual a un 40/45 %. De modo tal, que ni jurídica ni constitucionalmente, la constitución argentina puede considerarse una constitución democrática en este sentido. Y tampoco en el sentido que dimos antes (democracia como sinónimo de "muchos") porque un 40 % o un 45 % no son "muchos", sino pocos. Muchos son los 60 % o 55 % restantes frente a los 40/45. Es decir, visto por donde se lo mire, analizado por donde se lo analice, nada más incorrecto que llamar "democracia" al sistema político jurídico constitucional argentino.

Argentina no es una democracia, ni en su espíritu, ni en su sentir, ni en sus leyes siquiera.

Y el gobierno de los pocos se llama, desde los tiempos de Aristóteles hasta hoy, oligarquía. Releyendo pues, los artículos constitucionales que legislan la elección del presidente, fácil es concluir que la constitución argentina es una constitución oligárquica, nunca democrática, por mas que la propia constitución diga que lo es o que los políticos y sedicentes "expertos" en temas técnicos jurídicos lo afirmen con aparente "seriedad". Los argentinos han *constitucionalizado* su sistema oligárquico de gobierno en el año 1994, ya que esta constitución reforma la del año 1853 en muchos puntos, entre ellos, el mencionado.

Sin embargo, que el sistema político constitucional argentino sea una oligarquía legal, no influye en el ejercicio kakistocrático real, porque, como señala Popper entre otros, hay pocas experiencias de sistemas democráticos que hayan elegido a los mejores; Popper nos dice que más bien ha sucedido históricamente todo lo contrario[1]

Sistemas y subsistemas.

La democracia entendida como forma o mecanismo de elección, puede tener como resultado paradójico, la selección de personas que pueden gobernar aristocráticamente o kakistocráticamente, es decir, la democracia puede elegir a los mejores o a los peores, y como la historia nos constata, mayoritariamente ha elegido a los peores.

Quizás sería mas preciso decir que los sistemas de gobierno tienen etapas y sufren transformaciones, a veces en brevísimo tiempo, y así parece confirmarlo la experiencia.; en una primera secuencia, se elige al gobierno por medio de un mecanismo democrático (entendido aquí como elecciones o votaciones); ungido el presidente, éste gobierna como un kakistócrata, si persiste en hacerlo (como viene pasando en Argentina desde comienzos del 2000) su sistema solo tuvo de "democrático" el acto eleccionario; todo lo que vino después fue y es pura kakistocracia.

Conviene insistir en que todo lo hasta dicho, se enmarca en un sistema mucho mayor que excede lo político y que forma parte de lo cultural; la política de un país es fiel reflejo de la manera de ser de su pueblo, o mejor expresado, de la mayoría de su pueblo. Por eso, tengo que volver para explicar adecuadamente este fenómeno político, a lo cotidiano; al actuar del argentino de todos los días; si los puestos públicos y privados son ocupados por los peores ¿cómo esperar el gobierno de los mejores? Esto se relaciona con el desdén del argentino hacia la cultura, hacia las actividades intelectuales, a su facilismo, al su pretender siempre aprovecharse de las debilidades ajenas para sacar provecho, obtener ventajas a cualquier costa; a una serie de actitudes tan, pero tan argentinas, que se termina reflejando en sus hombres políticos y la mal llamada "clase" dirigente.

En lo cotidiano, es evidente la desgana, el maltrato con que en la mayoría de los comercios y empresas, bancos, lugares de atención al público en general, grandes, medianos y pequeños, se atiende al cliente, maltratándolo, y a veces sugiriéndole que es un perfecto estúpido que no sabe nada de nada. He visto este maltrato habitual en forma personal, tanto en los lugares públicos como privados; realizar trámites, pagar impuestos, solicitar un servicio, o hacer una inocente consulta en un local privado o público, es exponerse sistemáticamente al mal trato, al desdén, a la apatía, cuando no al desprecio, llegando con poco, hasta el insulto. No es extraño que si los argentinos han hecho de estas actitudes su medio normal de comunicarse entre ellos, sus gobiernos sean cada vez peores, es que son el reflejo de una sociedad que empeora moral y culturalmente día a día: la sociedad argentina.

Una forma de ser

El argentino no tiene internalizada la noción ni la vocación de servicio, sino la prepotencia, la pedantería, la soberbia; como se dice en Argentina, el prototipo es el "canchero", el "piola", el "vivo", el "malandra", estas expresiones argentinas denotan al pillo, al truhán, que en Argentina es un "valor" moral a seguir.

De allí, que la mal llamada "clase" trabajadora irónicamente no trabaje o evite hacerlo la mayor parte de las veces; el argentino medio se conforma con vivir al día, con lo justo y necesario; la mal llamada "clase" empresaria también padece el mismo síndrome, tratando de eludir el riesgo, buscar prebendas estatales y protecciones políticas, favoritismos de todo alcance y tipo, exenciones fiscales, competir deslealmente, ¿puede esta clase de personas votar modelos "mejores" que ellos? No. Necesariamente tiene que votar a aquellos que se reflejen en sí mismos. Un gobierno kakistocrático no es mas que el fiel reflejo de una sociedad kakistocrática. Nunca gobernarán los mejores si quienes votan no lo son, al menos en un grado mínimo.

De esta manera, en lo político, todo el mundo en Argentina ve hoy día como normal, que en lo que va del siglo XXI se haya derrocado a un presidente electo mayoritariamente, mediante un golpe de estado civil (que jamás mereció ninguna condena de los grupos autoproclamados defensores de los derechos humanos) se haya autoproclamado presidente otro civil; (destacado miembro del partido político opositor, que gestara -o bien apoyara- el golpe de estado civil que derrocara al anterior presidente) y que luego de éste, dos años mas tarde recién; se organizaran un simulacro de "elecciones" presidenciales donde los "candidatos" principales eran cuatro políticos que pertenecían todos al mismo partido político y en las cuales el "ganador" de esas elecciones fuera uno de estos y que, para peor, accediera al gobierno con tan solo el 16 % de los votos finales y reales contabilizados; cuando, como ya vimos, la constitución argentina pide, al menos, un 40 % de los votos para el cargo. Y destaco y remarco lo de civiles; ningún militar participó en estos hechos ni en acción ni en palabras. Adelanto que los derrocados nunca contaron con mis simpatías, pero mis análisis y sentimientos no se guían por simpatías o antipatías sino por el principio de legalidad, que para mí es un valor supremo a seguir, al contrario que para la mayoría de los argentinos.

Por supuesto, que estas cosas aquí dichas, en la Argentina no les interesan a nadie, de hecho, muy pocas veces las he visto apenas insinuadas, no sé si por temor o por indiferencia, pero los que pensamos de esta manera somos, indudablemente, muy, pero muy pocos. En parte porque tampoco es muy conveniente expresar este tipo de convicciones. O más modernamente, es "políticamente incorrecto".



[1] Karl R. Popper, La sociedad abierta y sus enemigos. Editorial Orbis.

Nuevas elecciones en la Argentina

 


Por Gabriel Boragina ©

 

La campaña política en víspera de nuevas elecciones se enmarca dentro de un esquema de mediocridad que es el que caracteriza a la sociedad argentina de nuestros días.

El estilo populista de los candidatos es innegable, y una vez más se elegirá entre diferentes grados de populismo (de izquierda, de centro o derecha). No hay propuestas alternativas.

Hasta cierto punto, no puede responsabilizarse a los candidatos por prometer estos discursos.

Es que (como tantas veces explicamos) es el plafón cultural de la sociedad en un determinado momento el que define qué tipo de oferta política darán los candidatos. Y cuando ese sustrato formativo es de tipo populista la arenga política no puede sino girar en torno a ese paradigma.

Pero una cosa es la perorata política y otra muy diferente es la praxis del triunfador una vez en el poder. ¿podrá hacer todo lo prometido?

En Argentina se da la contradicción entre su mentalidad actual populista y su Constitución que no responde a ese esquema y que, por dicha razón, la resultante siempre es un choque que conduce al país de crisis en crisis.

Es que, irremediablemente, el conflicto entre una constitución de corte republicana y una formación ciudadana de tipo populista siempre tiene que conducir a conflictos irreconciliables.

Por ello, dadas las actuales circunstancias, la mejor opción es la de una elección donde el partido que más promete alejarse del populismo y acercarse a la Constitución de la Nación Argentina es la elección preferible.

Hoy por hoy esa elección esta representada por la coalición Juntos por el Cambio, que, si bien no es la solución ideal para un liberal clásico, al no existir en las demás ese acercamiento necesario a la institucionalidad, hace que, por descarte, quede la agrupación mencionada como la única alternativa posible dadas las condiciones actuales.

Las expresiones de las fuerzas populistas de izquierda y de derecha restantes no dan muestra de ese acercamiento y menos aún de un respeto por las instituciones como si ya ha demostrado tenerlo Juntos por el Cambio en su gobierno a cargo del ingeniero Mauricio Macri. Por lo que es de esperarse que su sucesora, Patricia Bullrich continúe por esa senda.

Es cierto que hubo errores en la gestión de dicha coalición, pero es inútil aspirar a la perfección humana, y las ofertas restantes actuales no ofrecen garantía ni de madurez, ni de coherencia, ni de racionalidad menos aún.

Aquella, pues, es la única opción que garantiza una cierta continuidad constitucional y estabilidad de ese orden que es necesario preservar para lograr que la filosofía populista hoy imperante argentina vaya revirtiendo y, en lo posible, volviendo a las ideas institucionales que -a fines del siglo XIX y principios del XX- condujeran al país a convertirse en una gran nación, y que, por desgracia, mediante el avance del populismo a partir los años 30 y 40 fueran consumiendo los recursos y las esperanzas del pueblo argentino hasta llegar a su degradación actual.

Por su propia naturaleza, el populismo formula promesas irrealizables. Resulta de su esencia. Es indiferente si sus lideres son conscientes de su impracticabilidad o no. No ponemos en tela de juicio las intenciones de los candidatos, aunque si tenemos muchas razones para poner en duda su honestidad intelectual y, paralelamente, su preparación. Pero aun dejando de lado este aspecto tenemos en claro que la única propuesta realizable es la plasmada por la Constitución de la Nación Argentina y es hacia allí donde debemos apuntar en la hora actual.

No debemos reparar en la demagogia de los discursos, y tampoco exigir la perfección a los políticos cuando no están en condiciones de darla, porque el político es un mercado más como cualquier otro, y la oferta ha de responder a la demanda.

La sociedad argentina es una sociedad mítica, que cree y espera milagros. Es más, los exige. Como los fariseos que pedían continuamente milagros a Jesús. Como ellos, la argentina es una sociedad que gusta engañarse a sí misma con las soluciones mágicas que, de manera irresponsable, los políticos ofrecen diariamente en sus declaraciones y proclamas. Sin medir lo que prometen. Ese es el marco didáctico en el que una vez más se moverán las próximas elecciones.

Por eso, en este momento crucial, debemos apelar a la racionalidad, aunque sea un recurso escaso en medio del actual descalabro exhibido y presenciado.

Sea quien fuere el vencedor de la contienda no podrá realizar los milagros prometidos y, que, con ansia desmedida, espera el votante.

Entonces, dentro de un marco de mínima racionalidad debemos elegir a quien mejor garantice, intrínsecamente de esas limitaciones, el cumplimento en el mayor grado posible, de los mandatos constitucionales, y ello con todo lo maltrecha que ha quedado la Constitución de la Nación Argentina luego de su infortunada reforma de 1994.

Este es el verdadero cambio que debemos esperar y realizar.

 

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