"Combatiendo al capital"


Por Gabriel Boragina ©

No hay una sola manera de llegar al socialismo, sino que -al menos- hay dos. Luego de describir el primero de los dos patrones para establecer el socialismo (el patrón ruso -o más precisamente- soviético) L. v. Mises explica cuál es el segundo de ellos:
"El segundo patrón (podemos llamarlo el sistema alemán o Zwangswirtschaft) difiere del primero en que, aparente y nominalmente, mantiene la propiedad privada de los medios de producción, el emprendimiento y el intercambio de mercado."[1]
El procedimiento tiene una apariencia similar a uno de mercado, pero eso es sólo la superficie, en esencia no lo es. Incluso puede ser que muchos de los que participan en el mismo crean sinceramente que se encuentran dentro de una economía de mercado o de algo parecido a la misma, pero se engañan. La ilusión proviene de que se mantiene la propiedad privada de los medios de producción, pero la diferencia consiste en que esa propiedad es "privada" meramente en un sentido puramente formal, no real.
"Los llamados empresarios hacen las compras y ventas, pagan a los trabajadores, contraen deudas y pagan intereses y amortizaciones. Pero ya no son empresarios. En la Alemania nazi se les llamaba directores de tienda o Betriebsführer. El gobierno dice a estos falsos empresarios lo que quiere producir y cómo., a que precios comprar y a quién, a qué precios vender y a quién."[2]
Se tratan -en sustancia- de una especie de gerentes a las órdenes directas o indirectas del gobierno. No son los dueños reales de los medios de producción a pesar de que los mismos figuren en los registros estatales a sus nombres porque aún así ello, no pueden tomar las decisiones que estimen más convenientes sobre el destino y funcionamiento de los mismos. Son meros agentes burocráticos "privados" una curiosa figura contradictoria en si misma, por la apariencia de autónoma que les otorga la "titularidad" de los bienes que -en rigor- sólo se limitan a gerenciar, si bien a nombre propio, pero por cuenta y en beneficio del gobierno. En una palabra, no son estrictamente empresarios en el pleno sentido que este término tiene en una auténtica economía de mercado, sino, más bien, una especie de testaferros del poder político.
"El gobierno decreta con qué salarios deberían trabajar los obreros y a quién y bajo qué condiciones deberían los capitalistas confiar sus fondos. El intercambio del mercado no es más que una farsa."[3]
No hay en ese cuadro ajustadamente lo que se conoce como un mercado laboral. Es realmente sorprendente que esta característica de "propiedad" de la Alemania nazi y la Italia fascista sea a la que se converja en la mayoría de los países de occidente que -paradójicamente- se sigue denominando como la parte del "mundo libre", lo que exhibe hasta qué punto ciertas designaciones populares van perdiendo sentido frente a hechos que, analizados minuciosamente, revelan que de "libre" se tiene cada vez menos.
"Como todos los precios, salarios y tipos de interés están fijados por la autoridad, son precios, salarios y tipos de interés sólo en apariencia; de hecho son meramente términos cuantitativos en las órdenes autoritarias que determinan la renta, consumo y nivel de vida de cada ciudadano. La autoridad, no los consumidores, dirige la producción."[4]
Como veníamos diciendo, asombra que las características de esta economía nazi fascista sea la tendenciosamente adoptada por los países occidentales en su mayoría. Prueba cabal que lo de sistema "capitalista" nuestro mundo económico tenga poco y nada, y que sólo como espejismo pueda utilizarse dicha expresión.  Consiste de una ficción de "mercado" que se emplea solamente para engallar a los ilusos, para que les mas fácil admitir las medidas adoptadas por el gobierno y no las vea como lo que verdaderamente son una economía dirigida que al mismo tiempo procura de mantener la máscara de algo contrario a ella. El consumidor en este esquema no desempeña en absoluto ningún rol.
"El consejo general de dirección de la producción es supremo; todos los ciudadanos no son sino servidores civiles. Esto es socialismo con la apariencia externa de capitalismo. Se mantienen algunas etiquetas de la economía capitalista de mercado, pero aquí significan algo completamente distinto de lo que significan en la economía de mercado."[5]
Es importante destacar que lo hasta aquí descripto en modo alguno conforma una economía intervencionista. Se podría -utilizando un lenguaje propio- estar hablando de socialismo explicito (ruso) e implícito (alemán) o también de jure (ruso) y de facto (alemán). En ninguno de los dos casos es intervencionismo ni, desde luego, mucho menos capitalismo.  Lo importante es que, en el último supuesto, se lo quiere hacer pasar por tal. Mucho del desprestigio -de ayer y de hoy- del capitalismo real tiene que ver con esta clase de falso "capitalismo", que es el socialismo de facto implementado en la Alemania nazi y en la Italia fascista, y que pretende ser el régimen al que tiende -en última instancia- el mundo, de diferentes modos y grados.  
"Es necesario apuntar este hecho para evitar una confusión de socialismo e intervencionismo. El sistema de una economía de mercado intervenida, o intervencionismo, difiere del socialismo por el mismo hecho de que sigue siendo economía de mercado."[6]
Podrimos decir, entonces, que el intervencionismo representa una economía de mercado adulterada o restringida, pese a lo cual sigue siendo de mercado. En un símil ejemplificativo, sería como un reloj de arena al que se le saca un poco de arena, y en lugar de tener un 100 por ciento de arena se le deja un 80 por ciento o menos de arena. Indudablemente esta reducción no significa que el reloj de arena deja de ser un reloj de arena, sino que pasará ser un reloj de arena adulterado en su trabajo, que no será el de uno marchando con el 100 por ciento de su material.

[1] Ludwig von Mises, Caos planificado, fuente: http://mises.org/daily/2454 (Publicado el 3 de febrero de 2007). pág. 8
[2] L. v. Mises ibidem, pág. 8.
[3] L. v. Mises ibidem, pág. 8
[4] L. v. Mises ibidem, pág. 8
[5] L. v. Mises ibidem, pág. 8
[6] L. v. Mises ibidem, pág. 8

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