El periodismo


Por Gabriel Boragina ©
Comencemos con la definición de nuestro tema:
"periodismo
De la raíz de periódico e -ismo.
1. m. Captación y tratamiento, escrito, oral, visual o gráfico, de la información en cualquiera de sus formas y variedades.
2. m. Estudios o carrera de periodista."[1]
Al contrario del uso amplio que se le suele dar vulgarmente a este término, el periodismo es un proceso de captación y tratamiento de la información. Dentro de tal información puede encontrarse la de diversos sucesos o -inclusive- la de la opinión pública misma.
Conforme al concepto dado, el periodista capta la información y la trata.
Cuando vamos a la definición de tratamiento, entre otras acepciones que no se aplican a nuestro tema, la cuarta del vocablo dice:
"4. m. Modo de trabajar ciertas materias para su transformación."[2]
Si relacionamos este significado al anterior deducimos que la actividad periodística consiste en captar y trabajar la información (materia o material) para su trasformación. Si vamos a la de transformar, el diccionario nos expresa:
"Tb. trasformar.
Del lat. transformāre.
1. tr. Hacer cambiar de forma a alguien o algo. U. t. c. prnl.
2. tr. Transmutar algo en otra cosa. U. t. c. prnl."[3]
El periodista, entonces, cambia la forma de la información captada, o puede transmutarla en otra cosa. Resumiendo: puede cambiar el formato de la información (la manera de presentar esa información) o su esencia (el modo en que ocurrieron los hechos, o los hechos mismos). En otros términos, puede alterar los hechos o desfigurarlos por completo. Incluso puede inventar o divulgar algún hecho que -en realidad- no ha acaecido nunca. En la jerga periodística se conoce esto como "fake news".
Dado que todos somos distintos (incluye, por supuesto, a periodistas también) la forma en que captamos e interpretamos los acontecimientos es diferente. Por ende, la manera en que damos a conocer esos hechos a otros asimismo lo será. Aun cuando el periodista procure transmitir la información recabada de manera "fiel" u "objetiva", lo que haga -en definitiva- estará condicionado por su propia subjetividad (de la que no puede escapar), la que opera siempre en todo momento y lugar, tanto en la fase de captación como de exegesis y, posteriormente, divulgación de lo informado.
Cuando examinamos un dato (cualquiera que este sea) necesariamente (e inconscientemente) lo estamos transformando en otra cosa distinta a lo que otro puede elucidar sobre esa misma noticia. Esto no es -en sí mismo- ni "bueno" ni "malo"; es simplemente un hecho, derivado de la naturaleza desigual de las cosas y de las personas. Y los periodistas -como personas- están, obviamente, sujetos a este fenómeno.
Lo dicho no excluye la posibilidad -y muchas veces la realidad- de que el periodista deliberadamente desee (y lo haga) desfigurar la información recibida por el y dada a conocer, la tergiverse voluntariamente y -adrede- la falsifique. Lamentablemente, este caso es con demasía frecuente.
Pero, aunque sus propósitos no sean dañinos necesariamente y aun en casos de buena fe, lo que trasmitirá de lo captado será su propia percepción personal de los hechos y la de nadie más que el (o ellos).
El periodista capta y elabora una información que es -a su vez- re-informada por el mismo periodista. La información pasa por varios filtros de significación dados por desiguales personas (el informante y el informado).
El periodista cumple ambos roles: primero es informado de ciertas cosas (dichos, hechos, etc..) y -a su vez- los re-informa a terceros. En este desarrollo, lo que hace es recibir la conjetura del informante sobre el hecho o dicho "X". Acto seguido, el periodista lo informa a su audiencia, televidencia, lectores, etc. Es decir, da su propio análisis de la explicación del informante originario. Es en este paso donde se produce la transformación de lo informado originariamente.

El periodismo independiente
A veces se habla del periodismo "independiente". Pero este término aplicado al periodismo es muy ambiguo, cuando no directamente inapropiado.
Si se asigna un sentido estrecho al vocablo "independiente" contraponiéndolo solamente a otro "oficial" podernos estar de acuerdo con la existencia de un pleonasmo. Pero si al término "independiente" le adjudicamos un significado lato llegaremos a la conclusión que el periodismo "independiente" no existe en ningún concepto, ni financiero ni en materia de contenidos. El periodista requiere de medios para ejercer su oficio o profesión, tal y como los necesita cualquier otro emprendedor o empresario del ramo que sea. Desde el punto de vista material dependerá de esos recursos económicos, de otro modo no podrá comenzar su tarea de informar. Normalmente, sus bases financieras o económicas le son provistas por sponsors o avisadores. Tenemos aquí un primer nivel de dependencia que lo condiciona.
Un segundo nivel está representado por los contenidos de su programa, edición o publicación periodística. Estos van a estar determinados por los intereses del público al que aspira a dirigir su material y el propio de sus auspiciantes.
Como todo negocio, cada periodista apunta a un mercado o target especifico (modas, política, deportes, economía, espectáculos, turismo, etc.) lo más probable es que sus sponsors y anunciantes provengan de esos determinados sectores, de lo contrario el emprendimiento no podría prosperar por falta de interés de las partes involucradas (periodistas, lectores, audiencia, etc.).
En tanto los fondos con que se pretendan financiar esta operación provengan de fuentes privadas, evidentemente no hay nada que cuestionar, como no lo hay en cualquier otra faena que se comience, ya sea de comestibles, muebles, rodados, vestido, inmuebles, etc.
El problema surge -a nuestro modo de ver- cuando se intentan utilizar caudales públicos (estatales en rigor) para financiar estos proyectos, situación que se da con harta frecuencia.
Aquí se desdibuja un tanto la critica a los medios oficialistas, porque hay que tener en cuenta que los partidos políticos reciben subvenciones del "estado", que alcanzan tanto al partido oficialista como a todos los de la denominada "oposición”, con lo cual se diluye aún más la palabra "independiente" para designar a tales medios. Con estos dineros, los partidos oficialista y opositores crean órganos y "departamentos de prensa" que -en última instancia- son de pura propaganda de sus idearios, labores y planes. A su turno, estos capitales se restan a la profesión periodística verdaderamente privada, lo que, desde el punto de vista económico, reduce el periodismo "independiente" a su mínima expresión.


[1] Real Academia Española © Todos los derechos reservados
[2] Real Academia Española © Todos los derechos reservados
[3] Real Academia Española. © Todos los derechos reservados

Palabras, acción, educación y respeto


Por Gabriel Boragina ©

"No me preocupan los gritos de los deshonestos, de la gente sin escrúpulos y de los delincuentes, más me preocupa, el silencio de los buenos".
Esta frase se la vi atribuida a muchas personas diferentes. Cuando tuve la primera noticia de ella, quien me la envió se la endilgó a Mandela (ex presidente de Sudáfrica), otros se la otorgaron a Einstein, o Luther King, y la lista sigue. En fin. No importa mucho quien fue realmente el primero que la dijo, ni cuándo, ni cómo la dijo. Sea quien fuera su autor, la frase revela una semi-verdad. Semi-verdad porque, a mí no me preocupan, ni los gritos, ni los silencios de unos o de otros, lo que si me preocupan son las acciones, reacciones e inacciones, que son las que realmente valen. Porque, como dice el refrán célebre respecto de los "dichos" podría aplicarse aquel que expresa "perro que ladra no muerde". O el otro en latín, "res non verba", o este otro "las palabras se las lleva el viento".
Vivo en un medio donde se les da una excesiva importancia a las palabras. Me refiero a las palabras que connotan acciones. Por ejemplo, aquellos que manifiestan "Voy a …" es decir, indican la voluntad de emprender un curso de acción determinado o determinable. Lo relevante es el contenido de ese curso de acción. Si es bueno o si es malo. Y, fundamentalmente, si quien emite el enunciado está en condiciones de realizarlo o no y, lo más importante de todo, si es su voluntad llevarlo a cabo o no hacerlo. Y ello, con independencia del fin que se persiga.
Nada de lo que se diga reviste ningún tipo de importancia si no va seguido de una acción en consecuencia y concordancia con lo previamente dicho. El discurso que no se traduce en acción es completamente inocuo.
No obstante, las palabras ejercen tal tipo de fascinación sobre las masas, que tienen el poder de movilizarlas aun cuando quien las pronuncie no las acompañe con ningún tipo de acción. Este truco es bien conocido por aquellos que dominan el arte de la persuasión oral, resultado este último que generalmente se consigue aun cuando quien lo intente no posea esa habilidad ni maneje acabadamente las reglas básicas de la oratoria. Tal es el influjo que la palabra ejerce sobre el ser humano.
Es curioso el fenómeno por el cual un discurso genera credibilidad (mayor o menor) en quienes lo escuchan, aun antes de verificar si lo dicho se concretiza en la práctica.
Los hechos sirven para confirmar la verdad o falsedad de las palabras.
Hay veces que con lo único que contamos para conocer algo no son los sucesos, sino las palabras. Pasa con la historia, cuando no hemos sido protagonistas de los acontecimientos que se narran como ocurridos en épocas remotas.
En otras ocasiones, aunque las coyunturas sean contemporáneas, la única forma que tenemos de conocerlas es mediante las palabras que las narran, ya sean en periódicos, libros, revistas o por radio, TV, Internet, cine, etc.
En suma, lo que nos queda al final, cuando los casos suceden lejos de nosotros, o se nos dicen acaecidos en épocas remotas, son las palabras que nos dan cuenta de ellos.
El problema surge cuando con las palabras se busca desmentir lo ocurrido, o cuando no se es consecuente el decir con el hacer, comportándose de manera contraria a la que se proclama. De esto tenemos -en nuestros días- ejemplos a granel, casi constantes en nuestra vida diaria. Promesas incumplidas, mentiras, generación de falsas expectativas, etc. Parece que estas conductas se esparcen como reguero de pólvora a una velocidad inusitada. La falta de compromiso se ha vuelto algo persistente. Esto, que normalmente se le critica a los políticos es, sin embargo, una experiencia constatable, día a día, con la gente (al menos en mi rutina lo es), tanto sea afirmar una falsedad o negar una verdad en momentos diferentes y -a menudo- sobre una misma cuestión.
¿A qué atribuirlo? Estimo que la pregunta es tan compleja como las respuestas que puedan dársele. Pero más allá de hablar de una "crisis de valores", hay que entender que estos se inculcan en la educación, y que es en este ámbito donde hay que buscar la verdadera génesis de la tan vapuleada frase "crisis de valores". Esta es consecuencia de aquella y no su causa. Y por carácter transitivo, de toda crisis de cualquier naturaleza que sea (política económica, etc..).
Nada, ningún fenómeno, se da en el "vacío" (en el caso, un vacío sociocultural), y una "crisis de valores" no viene a ser otra cosa que un proceso educativo por el cual una serie de valores son reemplazados por otra cadena de contra-valores.
Vivimos en crisis por esta causa fundamental, a mi modo de ver. Pero, esta crisis educativa, a su vez ¿a qué se debe? Estimo que, a repetidos procesos de deseducación que terminan resultando en una mala educación, lo que -al final del camino- da una pléyade de ciudadanos mal educados. Y no solamente me refiero a la mal-educación en las formas, sino en las esencias de las relaciones humanas. No me parece tan importante que se omitan gestos de cortesía, como los saludos o agradecimientos, como de ordinario parece estar sucediendo en casi todas partes (aunque no le quito toda importancia) sino mucho más que se incumplan contratos, compromisos, palabras dadas (que ya no "empeñadas") expectativas generadas por el promitente, etc. Tenemos un problema de mala educación, por no enseñarse el valor del respeto al prójimo. Al semejante. En otros casos, habrá que hablar de desenseñarse, y en su lugar "enseñarse" su contravalor: el irrespeto o falta de respeto.
Pero en este caso -como en los anteriores- las palabras (por si mismas) tienen poca fuerza si no son seguidas del ejemplo que las avala y las acompaña. Es aquí cuando el problema comienza a ser preocupante en el marco de un proceso de degradación cultural.
El respeto consiste -resumidamente- en no interferir con el proyecto de vida ajeno, en tanto este no nos ocasione un daño personal (real o potencial) a nuestro propio proyecto de vida, en una relación reciproca, y en idéntico sentido con todos los demás.

El periodismo

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