Capitalismo, intervencionismo y socialismo



Por Gabriel Boragina ©

El capitalismo (del que ya nos hemos ocupado extensamente en muchas otras partes) dominó en esencia un periodo muy breve en la historia de la humanidad, que estuvo comprendido aproxidamenente desde fines del siglo XVIII a comienzos del siglo XX, aunque geográficamente -y siempre dentro de este lapso temporal- tampoco se dio en todos los países del mundo. Algunos autores suelen denominar al fenómeno que tuvo lugar en dicha época con el rótulo (bastante cuestionable) de "capitalismo sin trabas". Territorialmente se localizó especialmente en Gran Bretaña y en los EEUU. Su punto de partida también recibe el nombre de Revolución Industrial, con particular epicentro en el Reino Unido. Puede decirse, sin lugar a dudas, que fue la época de mayor desarrollo y esplendor de la civilización, a partir de la cual el progreso se multiplicó exponencialmente, al tiempo que se reducían abruptamente las tasas de mortandad, y crecía de manera espectacular el nivel de vida de todas las poblaciones que recibían sus beneficios. Lamentablemente, como se observa, tal periodo de tan magníficos y espectaculares avances y conquistas sociales, no se prolongó demasiado allá en el tiempo, y más temprano que tarde comenzaron a aparecer sus adversarios fruto de la incomprensión del suceso que tenían a la vista en algunos casos y -en otros- nacidos de la envidia que producía el ascenso de las masas a niveles de vida que no se habían conocido nunca antes en la historia mundial. El principal enemigo de tan colosal movimiento económico fue -sin lugar a dudas- Karl Marx. A partir de fines del siglo XIX y principios del XX tuvo su aparición un nuevo fenómeno político-económico que vino a reemplazar al capitalismo hasta entonces vigente, el intervencionismo:
"El capitalismo sin trabas ha dado paso a un nuevo período histórico, a nuestro propio período de intervencionismo político, de injerencia económica por parte del Estado. El intervencionismo ha adquirido diversas formas: tenemos la variedad rusa, la forma fascista del totalitarismo, y el intervencionismo democrático de Inglaterra, Estados Unidos y de las llamadas «democracias menores" con Suecia a la cabeza, donde la tecnología de la intervención democrática ha alcanzado hasta ahora su nivel más elevado. La evolución que condujo a este intervencionismo se inició en la época de Marx, con la legislación británica para las fábricas. Sus primeros pasos decisivos tuvieron lugar con la introducción de la semana de 48 horas y, más tarde, con la introducción del seguro contra la desocupación y otras formas de seguro social."[1]
El "capitalismo sin trabas" -fruto involuntario de la evolución de las ideas de un grupo de pensadores en su mayoría británicos, y que con Adam Smith entre sus principales representantes, dieron posteriormente lugar a la llamada Escuela de Manchester- representaba un amenaza cierta a los intereses de las clases políticas dominantes y sus escuelas demagógicas que le daban sustento. La libertad de contratación y el respeto a la propiedad privada a ultranza (que fueron los pilares mantenidos por esos pensadores y en los que se fundamentó el capitalismo) representaban en los hechos una menor cuantía de ingresos transferidos desde los particulares a las burocracias gubernamentales, fueran estas del color político que fueran. Los soberanos políticos perdían con el capitalismo el prestigio que les daba el intervencionismo e, incluso antes, el absolutismo. y que tenía a los estados-nación como únicos dadores de prosperidad y seguridad a la población. De alguna manera, el intervencionismo daba aliento a las burocracias mundiales para que recuperaran el papel protagónico que habían tenido históricamente, y resultaba -de tal suerte- de alguna manera lógico para tales burocracias que declararan al capitalismo como "el enemigo a combatir y a vencer". No obstante, existen quienes se empecinan en decir que el sistema económico actual es "capitalista" cuando esto de ningún modo es así:
"Resulta patente, al primer vistazo, lo absurdo de identificar el sistema económico prevaleciente en las democracias modernas con el sistema del «capitalismo» marxista, sobre todo si se lo compara con el programa de diez puntos de la revolución comunista. Si se pasan por alto los puntos de menor significación de este programa (por ejemplo, el «4: Confiscación de los bienes de todos los emigrados y rebeldes»), puede decirse que en las democracias ya han sido puestos en práctica la mayor parte de estos puntos, o bien completamente o, en todo caso, en una medida considerable; y junto con ellos, una cantidad de pasos importantes hacia una mayor seguridad social que Marx ni siquiera había soñado."[2]
En otras palabras, resulta más que claro que la gran suma de los diez puntos del Manifiesto Comunista de Marx y Engels han sido adoptados por la gran mayoría de los países del mundo, sin bien en distintos grados y proporciones. Pero ello, nos acerca más a un mundo moldeado mas a la forma del sistema comunista (ideado por aquellos dos personajes antes mencionados) que a nada parecido a un "capitalismo" véaselo de la manera que se lo quiera ver. El mundo ha ido encaminándose, desde los comienzos del siglo pasado, hacia la realización del programa marxista y no al revés. Si la humanidad aun progresa y se desarrolla es porque en pequeñas dosis se mantiene un capitalismo residual, que donde surge conserva la potencia de aquel otrora "capitalismo sin trabas" hoy -sin duda- desaparecido de cualquier lugar del planeta. En cuanto al marxismo mundial:  
"Sólo mencionaremos los siguientes puntos de su programa: 2. Un fuerte impuesto gradual y progresivo a los réditos. (Llevado a cabo.) 3. Abolición de todo derecho de herencia. (Cumplido en gran medida, mediante los fuertes gravámenes impuestos a la herencia. Si ha de desearse más de lo ya alcanzado es, en todo caso, dudoso.) 6. Control central por parte del Estado de los medios de comunicación y transporte. (Por razones militares, esto se llevó a cabo en Europa central antes de la guerra de 1914, sin resultados muy beneficiosos. También ha sido alcanzado por la mayoría de las democracias menores.) 7. Aumento del número y magnitud de las fábricas e instrumentos de producción pertenecientes al Estado... (Cumplido en las democracias menores; si esto es siempre beneficioso o no, puede ponerse, en todo caso, en tela de juicio.) 10. Educación libre para todos los niños en escuelas públicas (esto es, del Estado). Abolición del trabajo de los niños en las fábricas de la forma actual... (La primera exigencia se ha cumplido en las democracias menores y, en cierta medida, prácticamente en todo el mundo; la segunda se ha realizado con creces.)"[3]

[1] K. R. Popper. La sociedad abierta y sus enemigos. Paidos. Surcos 20. pág. 355-356
[2] K. R. Popper (ídem) pág. 355-356
[3] K. R. Popper (ídem) pág. 355-356

Moneda, convertibilidad, inflación y banca central



Por Gabriel Boragina ©

               La moneda, que hoy en día acostumbramos a tener por "invención" estatal, tuvo un origen muy diferente (por cierto remoto) que hallamos –como en tantos otros aspectos- en la iniciativa privada. En términos que pertenecen a Friedrich A. von Hayek, podemos decir que el dinero es fruto de un proceso evolutivo espontáneo, en el que los estados-nación poco o nada tuvieron que ver (e incluso resulta muy anterior a la aparición de los estados-nación como tales). Durante un breve lapso –en una perspectiva histórica- los reyes acuñaban sus propias monedas y competían con los acuñadores privados, hasta que decidieron –de manera compulsiva- monopolizar la emisión de metálico y excluir de la producción monetaria a cualquier otro particular, eliminando -de tal suerte- cualquier clase de competencia en materia de producción y acuñación dineraria. Con el tiempo, esta historia fue olvidada, y reemplazada por otra, en la cual el origen del dinero se dice haber sido estatal. Lo innegable es que mientras la producción y emisión de dinero estuvo en manos de particulares, históricamente la inflación no existió. Esta tuvo su nacimiento con la producción de moneda estatal. Ni más ni menos que la que hay ahora.
Lo que mantenía antaño la estabilidad monetaria, y al mismo tiempo impedía los violentos flujos de precios entre los diferentes tipos de cambio que comenzaron a darse cuando los gobiernos empezaron a tomar los controles monetarios, fue el también espontáneo establecimiento de un patrón dinerario conocido como el "patrón oro", ya que las diversas monedas privadas -en su mayoría- estaban referidas a este patrón. Sin embargo, esta situación no se prolongó por demasiado tiempo:
 "Establecida la moneda por decreto, papel inconvertible de curso forzoso, y puesto el oro fuera de la ley, queda expedito el camino para la infla­ción manejada por el gobierno en escala total. Sólo subsiste un control muy poco estricto: el peligro filial de la hiperinflación o sea el derrumbe del valor circulante. La hiperinflación se presenta cuando el público se da cuenta de que el gobierno está resueltamente inclinado a la inflación, y la gente se decide a evadir el impuesto inflacionario sobre sus recursos, gastando el dinero de la manera más rápida posible, mientras conserva aún algún valor. Sin embargo, hasta el momento en que la hiperinflación se presenta, el gobierno puede ma­nejar sin trabas al circulante y a la inflación. Con todo, aparecen nuevas dificultades: como siempre, la intervención gubernamental con el fin de solu­cionar un problema, hace aparecer el espectro de otros problemas, nuevos e inesperados. En un mun­do en el que imperan las monedas inconvertibles del tipo estudiado, cada país tiene su moneda propia."[1]
La única manera, entonces, de evitar la inflación (o aniquilarla si ya la hay en un determinado país) consiste en dar los pasos inversos a los que señala la cita arriba transcripta. Esto es: suprimir la inconvertibilidad, el curso forzoso y volver a un patrón monetario como lo fue el oro. Respecto de este último, lo mejor -en nuestra opinión- es que no se imponga por ley, sino que se deje abierto al criterio del mercado cuál patrón monetario habrá, de modo de repetir aquella primera experiencia evolutiva social, por medio de la cual espontáneamente las gentes decidieron tomar como punto de referencia el precio del oro en el mercado para -a su vez- valuar sus propias monedas. Pero aquello que se dio en un ocasional momento histórico podría no repetirse en otro posterior. Y bien cabria ocurrir que los mercados dinerarios establecieran un nuevo patrón monetario distinto al oro, que pudiera encontrarse en cualquier otro bien, pecuniario o no. Pero veamos ahora cual es el principal instrumento que tienen los estados-nación para manejar nuestro dinero:
"Un Banco Central adquiere su posición de co­mando a través de su monopolio de la emisión de billetes, otorgado por el gobierno. Esta es la clave de su poder, con frecuencia desconocida. Invaria­blemente se prohíbe a los bancos privados que emi­tan billetes, y el privilegio queda reservado para el Banco Central. Los bancos particulares sólo pue­den otorgar créditos en forma de depósitos. En ca­so de que los clientes, en algún momento, quieran que sus depósitos se conviertan en billetes, los ban­cos, a tal efecto, tienen que ir al Banco Central a obtenerlos. De ahí que el Banco Central pregone orgullosamente ser un banco para "banqueros". Lo es, en razón de que los banqueros se ven en la inelu­dible obligación de operar con él. El resultado es que los depósitos bancarios no solamente son paga­deros en oro, sino también en billetes del Banco Central y estos nuevos billetes no son simples bille­tes de banco, sino obligaciones del Banco Central, una institución que ha sido investida de la majes­tuosa aureola del gobierno mismo. Al fin y al cabo, el gobierno designa los funcionarios del Banco Central, coordina su política con la de otros Esta­dos, recibe los billetes en pago de impuestos y los declara de curso legal, o con fuerza cancelatoria."[2]
Puede advertirse, en toda su magnitud, la tremenda importancia del banco central como ente gubernamental que controla y dirige con amplísimas facultades toda la política monetaria. En virtud del monopolio que el mismo gobierno le otorga carece -en rigor- de relevancia que formalmente su carta orgánica lo declare supuestamente "independiente" de aquel. El monopolio asignado en suma, le da el poder necesario como para trastocar a su antojo y discreción el valor de la moneda, y distorsionar los precios relativos a través de cualquiera de los variados instrumentos que la banca central tiene a su alcance, de los cuales del que más echa mano es el del monopolio de la emisión de dinero, cuya consecuencia ineludible es la inflación.

[1] Murray N. Rothbard. Moneda, libre y controlada. Ensayo sobre el origen y función de la moneda. (Segunda edición ampliada). Edición Fundación Bolsa de Comercio de Buenos Aires auspiciada por el Centro de Estudios sobre la Libertad. 1979. Pág. 141.
[2] Rothbard. M. N. Moneda, libre y controlada….Ob. cit. Pág. 122

Cristianismo, democracia y capitalismo



Por Gabriel Boragina ©

A veces se discute vivamente sobre si la democracia es un sistema compatible con el capitalismo, y si no lo fuera, si existe alguna manera o via mediante la cual permitir -al menos- una armoniosa convivencia entre ambos. Al respecto, resulta de interés repasar lo que K. R. Popper escribía en la década del cuarenta del siglo pasado:
"En cuanto al término «liquidar», cabe citar el siguiente exabrupto moderno del radicalismo: « ¿No es obvio que si hemos de llegar al socialismo ---de forma real y permanente- debe "liquidarse" (es decir, tornar políticamente inactiva mediante la inhabilitación y, en caso necesario, mediante la prisión) toda oposición de importancia?». Esta notable pregunta retórica se halla impresa en la página 18 del folleto, todavía más notable, de Gilbert Cope, Christians in the Class Struggle, con un prefacio del obispo de Brudford (1942; en cuanto al historicismo de este folleto, ver la nota 4 al capítulo l). El obispo acusa en su prefacio al «actual sistema económico» de «inmoral y anticristiano» y expresa que «cuando una cosa es tan abiertamente obra del mal, nada puede excusar a un ministro de la Iglesia de emplear todas sus fuerzas en su destrucción". En consecuencia, declara que «este folleto constituye un análisis lúcido y penetrante»."[1]
Sorprende la actualidad del párrafo si es que lo comparamos con nuestro mundo actual, donde -algunas veces más otras veces menos- se sigue discutiendo sobre la misma cuestión, aunque no falten quienes (en realidad abundan) continúan pregonando "el fin de las ideologías". La cita es interesante porque, a estas alturas, y pese a los desacuerdos, ya casi nadie niega que lo opuesto al capitalismo sea el socialismo. Quizás no se usen con tanta frecuencia estos rótulos (por ejemplo, hoy en día mucha gente prefiere hablar de "populismo" en lugar de socialismo aunque, analizados ambos a fondo, las diferencias sean mínimas y, en muchos supuestos, inexistentes. En todo caso, ya hemos expuesto que el populismo no es más que una clase o derivación del socialismo y, en la peor de las hipótesis, de un neologismo, o una forma más "simpática" de llamar al socialismo). Si bien nos consta que hay muchos cristianos que se oponen al socialismo, no nos resulta tan claro que sean la generalidad, aunque también podríamos asegurar que la mayoría de los cristianos tampoco apoyan al capitalismo. Veamos ahora algo mucho más clarificador respecto de la posición de los socialistas en relación a la democracia:
"No estará de más citar algunas otras frases de ese trabajo. «Dos partidos pueden garantizar una democracia parcial; pero una verdadera democracia sólo puede establecerse mediante un partido único» (pág. 17). «En el período de transición... los trabajadores deben ser conducidos y organizados por un solo partido que no tolere la existencia de ningún otro partido fundamentalmente opuesto al mismo» (pág. 19). «La libertad en el Estado socialista significa que a nadie le está permitido atacar el principio de la propiedad común; por el contrario, todos deben esforzarse por lograr su materialización y funcionamiento más efectivos. La importante cuestión de cómo ha de anularse a la oposición depende de los métodos utilizados por dicha oposición" (pág. 18)."[2]
Se sigue transcribiendo el texto del autor cristiano mencionado al comienzo. No podemos dejar de reflexionar sobre el notable paralelismo que -en el caso argentino- tiene con lo expuesto el accionar del FpV (Frente para la Victoria) de los Kirchner, que gobernaran el país durante un lapso en extremo dilatado. Trataron de gobernar como un verdadero partido único, manteniendo la fachada de una democracia formal que no practicaban y en la que -en el fondo- no creían. O mejor dicho, su visión de la democracia no era otra que la que se describe en el párrafo referido arriba. Sus discursos –asimismo- abundaban en elogios a los trabajadores y a la necesidad de que fuera exclusivamente el matrimonio el que los condujera al bienestar y a la felicidad, y no ninguna otra agrupación política. Hicieron un culto respecto de cómo anular a la oposición, cometido que lograron durante una muy buena parte de su extensa gestión. Y en cuanto a la propiedad común trataron de establecerla en base a subvenciones y subsidios, a la par que violentos ataques a la propiedad individual mediante instrumentos fiscales, controles de precios y exacerbado gasto público. Se hubieran declarado socialistas o no, lo cierto es que como "Al árbol por sus frutos lo conoceréis", los frutos de su régimen fueron extremadamente similares a los que describe K. R. Popper. En su accionar, parecían creer -con Marx- que el capitalismo constituía una negación en sí mismo:
"«El método capitalista de apropiación... -expresa Marx- constituye la primera negación de la propiedad privada individual basada en el trabajo individual. Pero con la inexorabilidad de una ley de la naturaleza, la producción capitalista engendra su propia negación. Es la negación de la negación. Esta segunda negación... establece... la propiedad común de la tierra y de los medios de producción.»> (Para una derivación dialéctica más detallada del socialismo, véase la nota 5 al capítulo 18.)"[3]
Lo cierto es que, las fortunas personales que acumularon estos populistas-socialistas o popu-socialistas como prefiero llamarlos, es la mejor negación de lo "mucho" que "aman" al socialismo y una excelente afirmación de lo incontable que adoran al capitalismo al que tanto condenan y que no quieren para los demás, pero si para ellos mismos. Las riquezas amontonadas por los popu-socialistas hablan a las claras que -para ellos- el capitalismo no es ninguna "negación". Por el contrario, se niegan a practicar para si el socialismo con el que se llenan la boca, en tanto no quieren saber nada de "propiedad común" para con sus propias haciendas particulares. Posiblemente Marx fuera sincero en lo que expresaba en la cita transcripta. Lo que no nos cabe ninguna duda es que sus modernos seguidores de ningún modo pueden serlo si es que tiene sus ojos y mentes bien abiertos.

[1] K. R. Popper. La sociedad abierta y sus enemigos. Paidos. Surcos 20. pág.  623
[2] Popper. La sociedad abierta ….ob. cit. Pág. 623
[3] Popper. La sociedad abierta ….ob. cit. Pág. 742

Intervencionismo, educación y globalización



Por Gabriel Boragina ©

El intervencionismo (del que nos hemos ocupado extensamente en otras partes) tiene múltiples manifestaciones en la vida social. Su misma designación, denota a las claras su oposición con la idea de acuerdos libres y voluntarios entre dos o más personas. Si entre dos o más personas que tratan de convenir sobre cualquier asunto, aparece un tercero que sobre ese mismo tema posee o se arroga por si facultades para imponer su opinión sobre los contratantes, va de suyo que tal sujeto esta interviniendo en la cuestión de un modo tal que, puede definir un curso de acción al que deben sujetarse los intervenidos, que siempre será diferente al que estos habrían elegido si tal interventor no hubiera hecho prevalecer sus decisiones por la de sobre uno de los pactantes o sobre la ambos a la vez. La intervención de un tercero sólo es legitima cuando es deliberadamente acordada por las mismas partes contratantes de manera voluntaria o cuando, por existir discrepancias en la interpretación del acuerdo, se hace necesaria la injerencia de una tercera persona (el ejemplo típico es el del árbitro o juez). En cualquier otro caso la intervención será ilegitima.
"Es un principio general: si el Estado se entromete en una actividad privada cualquiera, es para imponer opiniones y reglas a sus protegidos, y a cambio conferirles ventajas frente a sus competidores. Así es en las cuatro actividades vistas hasta aquí –economía, prensa, educación y atención médica–; y la política no es una excepción. El intervencionismo estatal es un atentado contra la libertad: no debe ser."[1]
Es típico el caso en que el gobierno otorga permisos, concesiones, privilegios a determinados sectores a costa de otros, cosa que ocurre prácticamente en todas partes, y que encuentra sustento en un vasto andamiaje legal, construido precisamente a ese mismo efecto. Necesariamente, donde hay intervencionismo siempre habrá una parte (o más de una) que pierde a costa de otra u otras que ganan. En otras palabras, es la antítesis de lo que sucede en los mercados libres.
No obstante, es forzoso reconocer que el intervencionismo -en sus más variados aspectos- es reclamado por una mayoría de personas. Algunas voces importantes lo atribuyen (y no sin buenas razones) a un problema de des-educación:
"La tercera cuestión está referida a la educación o más bien des-educación puesto que muchos de los que protestan lo hacen para reclamar más de lo mismo, a saber, mayor intervención estatal en los asuntos privados en lugar de permitir arreglos libres y voluntarios y liberar energía creadora. En este plano resulta que se reclaman mayores prebendas por parte del gobierno, es decir, pedido de una más intensa succión al fruto del trabajo ajeno. En este contexto es que suelen aparecer quejas y críticas furibundas contra un capitalismo inexistente, al tiempo que se exige que se acelere el intervencionismo de los aparatos estatales en las vidas y haciendas privadas."[2]
La cita es reveladora en cuanto a que describe con ejemplar agudeza la errada opinión que existe entre la gente acerca de cuál es el sistema social en el cual la humanidad se encuentra inserta. No son pocos los que creen –sin mayor fundamento- que el sistema social imperante a nivel mundial es el capitalismo, cuando la realidad es bastante diferente a lo que este popular error permite demostrar. Mises decía del capitalismo que este es un sistema de producción en masa para las masas, que se caracteriza porque los medios de producción están en manos privadas, algo que, hasta inclusive Marx compartía. Pero cualquier análisis somero de la realidad económica de cualquier país, nos permite advertir que la gran suma de los medios de producción sólo nominalmente se encuentra en cabeza de particulares. La gran generalidad de ellos son detentados por los gobiernos, ya sea directa o indirectamente. Un indicador clave es la tasa de tributación. Una alta tasa fiscal denota a las claras que el patrimonio particular se encuentra afectado y -de hecho- asociado a lo que mal se llama “patrimonio estatal” (incorrecta denominación, ya que no hay tal cosa como “patrimonio nacional”, ya que toda renta nacional siempre proviene de recursos previamente extraídos vía impuestos -u otros artilugios legales- por parte del estado-nación).
Es muy importante acotar en este punto que, buena parte de la responsabilidad por tan fenomenal proceso de des-educación proviene del hecho de que la educación formal está casi íntegramente en manos del propio estado-nación, lo que implica que, desde los claustros (abarcando todos los niveles de enseñanza) los contenidos que se imparten son sustancialmente inspirados en el estatismo, la exacta contrapartida del capitalismo, lo que hace que la masa estudiantil egresada de los diferentes grados de enseñanza adquiera una visión por completo distorsionada y ajena a la realidad estatista en la que vivimos.
Desde otro ángulo, hay quienes ven en la globalización un remedio contra el intervencionismo:
"Otro resultado de la expansión de la división internacional del trabajo — llamada globalización — es que los estados participantes y sus políticas son controlados cada vez más por la competencia internacional. Debido a esta competencia, pierden parte del poder sobre sus ciudadanos, y el intervencionismo estatal debe ceder."[3]
Sin embargo, este enfoque -a nuestro juicio- peca de cierto exceso de optimismo, ya que parece omitir un dato de relevancia, y que consiste en la titularidad de las haciendas que van a ser empleadas en tal división del trabajo, dado que si tales pertenencias se encuentran --en todo o en parte- en manos del estado-nación la competencia que se desatará no dejará de ser una competencia entre gobiernos, es decir una competencia entre estados intervencionistas, lo que –obviamente- lejos estará de hacer “ceder” ese mismo intervencionismo. Naturalmente, el autor de la cita da por sentado que la globalización sólo podría ser un fenómeno privado, criterio este último que no compartimos, ya que el término es lo suficientemente vago como para alcanzar la acción e intervención de los estados comerciando entre si con dineros privados. Idea bastante diferente a lo que se suele referir cuando se habla de globalización.

[1] Alberto Mansueti. Las leyes malas (y el camino de salida). Guatemala, octubre de 2009. pág. 310
[2] Alberto Benegas Lynch (h) “Zoom a las protestas masivas” en libertadyprogresonline.org
[3] Hubertus Müller-Groeling-La Dimensión Social de la Política Liberal -Publicado por Fundación Friedrich Naumann (FFN)-Oficina Regional América Latina-pág. 18

Gobierno, economía y educación

Por Gabriel Boragina © Es casi un lugar común considerar que la educación debe prioritariamente estar a cargo del gobierno. Existe u...