La psicología asistencialista



Por Gabriel Boragina ©

La "ayuda social" no sólo tiene importantísimos efectos económicos, sino, y que sin una menor importancia, también los tiene a nivel psicológico. Esto implica que la política asistencialista ocasiona modificaciones en la actitud psíquica de las personas que son objeto del auxilio social. Paralelamente, también se va transformando la orientación de los incentivos que operan en uno u otro sentido, conforme sean los cambios que se producen en tales actitudes psicológicas, que son las que sitúan el resultado final de las acciones humanas.
"El único elemento que impide que el actual Estado Benefactor sea un absoluto desastre es precisamente la burocracia y el estigma que conlleva el recibir asistencia social. El beneficiario de la asistencia social aún se siente psíquicamente agraviado, a pesar de que esto ha disminuido en los últimos años, y tiene que enfrentar a una burocracia típicamente ineficiente, impersonal y complicada. Pero el ingreso anual garantizado, precisamente al hacer que el reparto sea eficiente, sencillo y automático, eliminará los principales obstáculos, los mayores incentivos negativos para la "función proveedora" de la beneficencia, y hará que la gente adhiera en forma masiva al reparto garantizado. Además, ahora todos considerarán al nuevo subsidio como un "derecho" automático más que como un privilegio o regalo, y todo estigma será eliminado."[1]
Conforme el estado "benefactor" o de "bienestar" avanza sobre el sector privado de la economía, este adelanto va reacomodando tanto el pensar de sus recipiendarios como el actuar de los mismos. Y no sólo ello, sino que produce serias alteraciones en los valores morales tradicionales, resquebrajando los pilares básicos de la sociedad civilizada, como son la dignidad humana, el valor del propio esfuerzo, y corrompe el sistema de recompensas y castigos, con lo que se desmorona -finalmente- una de las columnas primordiales de la convivencia humana, que es el sentido de la responsabilidad individual. Este podría ser un breve resumen de los efectos devastadores del estado "benefactor" y sus políticas "asistenciales" o a veces también llamadas "políticas públicas".
"Los diversos proyectos para lograr un ingreso anual garantizado no constituyen una solución genuina para los males universalmente conocidos del sistema del Estado Benefactor; todo cuanto harán será profundizar más aun esos males. La única solución viable es la libertaria: la derogación del subsidio estatal que hará posible la libertad y la acción voluntaria de todas las personas, ricas y pobres por igual."[2]
Fundamentalmente, porque los programas "sociales" perjudican -a la postre- las economías personales de aquellos a quienes se procura "beneficiar", y terminan invariablemente favoreciendo a quienes otorgan tales programas "sociales" que son los políticos, que en virtud de sus ideologías populistas o pro-populistas ganan prestigio (frente a los observadores poco informados) como "caritativos benefactores sociales", lo cual, por supuesto, está muy lejos de ser cierto, en gran parte porque no son esos sus verdaderos motivos, y -en otra medida principal- porque los recursos que utilizan para desplegar y ofrecer sus subsidios "sociales" no provienen de su propio peculio, sino del dinero de los contribuyentes, quienes así se ven privados de ofrecer no sólo una genuina ayuda social, sino de efectuar inversiones productivas, que darían trabajo a millones de personas que -de otra manera- sólo podrían depender de la asistencia social.
"El apoyo del mundo de las altas finanzas al Estado benefactor-Bélico Corporativo es tan escandaloso y de tan largo alcance, a todo nivel desde el local hasta el federal, que incluso muchos conservadores han tenido que reconocerlo, al menos en cierta medida. ¿Cómo explicar, entonces, ese ferviente apoyo a la "minoría más perseguida de los Estados Unidos"? La única salida para los conservadores es asumir a) que estos empresarios son estúpidos y no entienden cuáles son sus propios intereses económicos, y/o b) que les han lavado los cerebros los intelectuales populistas socialdemócratas de izquierda, que envenenaron sus almas con culpa y un altruismo mal entendido. Sin embargo, ninguna de estas explicaciones resiste un análisis, como queda ampliamente demostrado con un rápido vistazo a AT&T o Lockheed. Los grandes empresarios tienden a ser admiradores del estatismo, tienden a ser "populistas socialdemócratas corporativos", no porque sus almas han sido envenenadas por los intelectuales, sino porque esto los ha beneficiado. Desde la aceleración del estatismo a comienzos del siglo xx, los grandes empresarios han venido utilizando los considerables poderes que otorgan los contratos estatales, los subsidios y la cartelización para obtener privilegios a expensas del resto de la sociedad. No es descabellado suponer que Nelson Rockefeller es guiado mucho más por su interés personal que por un confuso y vago altruismo."[3]
El estado "benefactor" y sus políticas asistenciales es entonces consecuencia -en gran dimensión- no sólo de las razones políticas que defienden los candidatos a ocupar posiciones de poder en las ramas ejecutiva, legislativa y judicial, sino que de un modo consciente –en otra magnitud- responden al sostén de los grandes empresarios que apuntalan decididamente medidas intervencionistas, no por motivaciones ideológicas, sino por meras conveniencias personales, para sus empresas -en primer lugar- y para –en última instancia- ellos mismos en forma particular. Algo que, con acierto, autores de nivel como Alberto Benegas Lynch (h) han llamado modernos barones feudales o pseudo empresarios que medran del poder político con miras a beneficiarse ellos mismos, con independencia y completa exclusión de todos los demás. Como se señala en la cita, este rasgo aparece con mayor frecuencia en el "mundo de las altas finanzas". Dado que el estatismo es la forma mediante la cual los políticos obtienen las más altas ganancias a costa del resto de la población -o sea a través de un mecanismo claramente depredatorio- aquel tipo de empresarios se ven tentados a convertirse en socios del sistema estatista, y es por este propósito que lo promueven y tratan de "venderlo" como sumamente "beneficioso" para el conjunto social. De allí que, no sea de extrañar que estos pseudoempresarios alaben las políticas redistribucionistas, las promueven, y canten loas al asistencialismo que lleva a cargo el gobierno de turno.

[1] Murray N. Rothbard. For a New Liberty: The Libertarian Manifesto. (ISBN 13: 9780020746904-Pág. 198
[2] Murray N. Rothbard. Íbidem. pág. 200
[3] Murray N. Rothbard. Íbidem. Pág. 359

Propiedad privada y pobreza

Por Gabriel Boragina ©

¿Cuál es la manera más eficaz, efectiva, rápida y sostenible de reducir la pobreza? Puede decirse que existe un acuerdo generalizado en cuanto a los males graves que ocasiona la pobreza. Ese acuerdo, era más amplio y más firme antes que se empezara a dejar de hablar de pobreza y se comenzara a hacerlo de desigualdad en su lugar, lo que desvió -de alguna manera- el centro del debate desde lo realmente importante y urgente (la pobreza) hacia otro punto que no reviste ni la misma importancia ni urgencia. La explicación a esto último es que, como hemos expuesto en tantas otras ocasiones, si bien la pobreza es un tema solucionable, y que ha encontrado remedio en la mayoría de los países del mundo a través del tiempo, la desigualdad no solamente no es solucionable, sino que ni siquiera configura en sí misma -y bien analizada- ningún problema, ya que resulta una condición ineludible de la naturaleza de las cosas (incluimos en este concepto a todas las cosas existentes). Por lo que el verdadero foco de atención ha de centrarse en la pobreza y no en la desigualdad. Entonces ¿cuál sería la solución a la pobreza? Veamos algunas respuestas interesantes:
"La creación de riqueza.... La primera afirmación del texto en este terreno es simple: la pobreza material lastima las condiciones que permiten el florecer humano. La manera más efectiva de reducir la pobreza es la protección de la propiedad privada como un derecho que es amparado por la ley. Gracias a esa protección de la propiedad personal, las personas podrán tener la oportunidad de realizar acciones voluntarias de intercambio en las que expresan sus dimensiones creativas como personas. Hay en esto un reconocimiento explícito al problema de la pobreza al que se le dimensiona gravemente, pues la miseria es una razón por la que las personas no pueden realizarse. Visto de otra manera, las personas necesitan cierto nivel de riqueza material para poder satisfacer los fines de una esencia a la que se le ha dado una naturaleza Divina. La pobreza, sin duda, es una dificultad seria, para la que se propone una solución. Según el documento, la manera más efectiva para remediar esa situación es algo lógico cuando se tiene a la persona humana como el eje central del pensamiento: los medios que están a disposición de esa persona, sus propiedades. Entra aquí, de nuevo, la autoridad en una función que es parte del estado de derecho, proteger y respetar a la propiedad personal. Esa propiedad personal inequívoca es la que permite a la persona acceder a posibilidades de intercambio con otros y realizar su potencial personal."[1]
La cita pone énfasis en la propiedad como fuente de intercambios, lo que brinda la posibilidad al propietario de ir reduciendo paulatinamente su pobreza en la medida que, gracias a la propiedad, pueda realizar cada vez más y mejores intercambios que le posibilitarán adquirir bienes y servicios cada vez más valiosos, ofreciendo otros que -para el sujeto actuante- lo serán menos que los que va incorporando a su patrimonio. El autor destaca que, para que esto sea posible, es fundamental que la institución de la propiedad privada encuentre un sólido respaldo legal. Allí donde los marcos institucionales descuidan el derecho de propiedad o, peor aún, lo atacan directa o indirectamente, los intercambios voluntarios entre los miembros de la sociedad serán cada vez menores, en cantidad y calidad, lo que –en última instancia- resiente el sistema social en su conjunto. Y, como efecto colateral, no contribuye a la realización humana como tal. En suma, denigra a la persona humana lejos de dignificarla. El desconocimiento de la propiedad privada ha traído aparejado muchos males económicos. Argentina ha sido un escenario frecuente de este tipo de ataques a la propiedad por parte de sus gobiernos, tal como lo deja ver la siguiente cita refiriendo a la situación del país hace un tiempo atrás:
"La confiscación de la propiedad privada y el colapso del sistema bancario (y la resultante restricción pronunciada del crédito) diezmaron la economía. De hecho, la producción industrial cayó el 10,6 por ciento durante 2002 y la confianza del consumidor alcanzó una baja histórica (su punto más bajo). ... Con la finalidad de promover su compromiso estratégico con América latina, dejado de lado con frecuencia, la administración de Bush exhortó al FMI a rescatar a la Argentina en enero de 2003. El FMI accedió y refinanció US$ 6 mil millones de deuda argentina."[2]
El párrafo es significativo. En lugar de reforzar y afianzar la institución de la propiedad privada, al colapso argentino los EEUU acudieron al rescate por intermedio de una institución estatal como es el FMI. En otras palabras, los políticos tienen cortas miras en cuanto al rol de la propiedad privada. y suelen entender que los problemas económicos y financieros a nivel mundial se "resuelven" disponiendo de los recursos ajenos, que se recaudan -al fin de cuentas- vía impuestos, con lo que se lesiona la propiedad privada de los mal llamados "contribuyentes". En suma, a los problemas derivados por las agresiones de los gobiernos a la propiedad privada se le añaden presuntas "correcciones" de esos mismos gobiernos que implican todavía asaltos mayores a la propiedad privada. En el caso de la cita anterior, el gobierno estadounidense obligó en aquella oportunidad a los contribuyentes norteamericanos al "salvataje" de la Argentina, sin contar para ello con el consentimiento de ninguno de esos ciudadanos americanos. Esta política, no solamente ha sido frecuente en Latinoamérica, sino que los gobiernos estadounidenses la han practicado durante el siglo XX y el presente en casi todas partes del mundo, con muy pocas excepciones.
Todo lo que se necesita para evitar las crisis económicas y disminuir la pobreza a nivel mundial es poco más que de propiedad privada. El resto se dará por añadidura.
 

[1] Eduardo García Gaspar. Ideas en Economía, Política, Cultura-Parte I: Economía. Contrapeso.info 2007. pág. 68
[2] STEVE H. HANKE, "CAPÍTULO 4-El hombre de paja argentino: respuesta a los críticos de la caja de conversión". en Crisis financieras internacionales: ¿Qué rol le corresponde al gobierno? /compilado por Daniel Artana y James A. Dorn. - 1ª. ed.– Buenos Aires : Fundación de Investigaciones Económicas Latinoamericanas, 2004..Pág. 54

La envidia social



Por Gabriel Boragina ©

El discurso respecto de la "creciente desigualdad social", es un problema que preocupa a pensadores, y también a la gente común desde muchísimo tiempo atrás. Por lo que será interesante hacer un somero análisis de los elementos que lo constituyen.
Entre los numerosos factores que influyen en el fenómeno por el cual se reclama una mayor igualdad social será de interés en esta oportunidad tratar algunos de los más importantes a nuestro juicio. Si rastreamos en la historia, podremos encontrar que conjuntos sociales fueron objeto de envidia por sus logros, a pesar de la gran contribución al progreso que dichos grupos representaron en el devenir histórico:
 "Paul Johnson en su Historia de los judíos señala que “Ciertamente, en Europa los judíos representaron un papel importante en la era del oscurantismo […] En muchos aspectos, los judíos fueron el único nexo real entre las ciudades de la antigüedad romana y las nacientes comunas urbanas de principios de la Edad Media; […] La antigua religión israelita siempre había dado un fuerte impulso al trabajo esforzado […] Exigía que los aptos y los capaces se mostrasen industriosos y fecundos, entre otras cosas, porque así podían afrontar sus obligaciones filantrópicas. El enfoque intelectual se orientaba en la misma dirección”. Todos los logros de los judíos en las más diversas esferas han producido y siguen produciendo envidia y rencor entre sujetos acomplejados y taimados."[1]
Pero hay que destacar que el sentimiento de envidia no solamente existe respecto de los judíos, sino que esta fuertemente extendido a nivel mundial, en virtud de haberse potenciado a partir de la arenga marxista, el que en sus fundamentos básicos, ha sido aceptado por una amplia mayoría de personas. De allí que, la condena a la desigual distribución de la riqueza sea constante en prácticamente todos los ámbitos, desde el familiar, social, pasando por el escolar, universitario, hasta terminar en los medios de comunicación masivos, para no decir nada de la enorme cantidad de obras literarias y científicas que se ocupan del tema. Entre los economistas del mainstream es casi un dogma que la meta a lograr a como sea, ha de ser la igualación social, lo que -en distintos términos- no significa otra cosa que la más completa igualdad económica. Lo que se conseguiría igualando ingresos:
"... el delta o el diferencial de ingresos es simplemente lo que el público consumidor decide a través del plebiscito diario del mercado con sus compras y abstenciones de comprar. Es del todo contraproducente que los políticos prefieran la situación donde el diferencial sea menor con ingresos también menores para todos respecto a la situación en la que el delta es más grande pero los ingresos de todos resultan mayores. La envidia y la demagogia empujan a la primera de las situaciones descriptas en perjuicio de todos, especialmente de los más necesitados. Lo importante es que el promedio ponderado se eleve."[2]
Desde otro ángulo, un fenómeno digno de mención es la vinculación entre la corrupción política, la moral social y la envidia. En tal sentido, el componente más importante que determina el voto a candidatos corruptos es uno que muy pocas veces se alude. Y es el principio moral de la sociedad. La corrupción aparece cuando la moral se relaja, como sucede en muchos países del mundo, lamentablemente. Cuando el electorado percibe que puede obtener ventajas de un político corrupto en función de -precisamente- su condición de corrupto, entonces su voto estará asegurado. En una sociedad virtuosa ocurrirá todo lo contrario. A su turno, existen sistemas socio-políticos que se encargan de corromper los valores morales, entre los cuales destaca por antonomasia el socialismo, con su prédica basada en la envidia y la hipocresía en no pocos casos. Esto socava los valores morales, implanta un relativismo moral y ético y deja las puertas abiertas a la más rampante de las corrupciones. Estoy convencido que este es el constituyente dominante. Es por esta razón que, existe un vínculo muy fuerte entre corrupción política y anticapitalismo.
Y eso ocurre porque la base del anticapitalismo es moral (o habría que decir mejor, antimoral). Los anticapitalistas lo son porque están alimentados por la envidia y el resentimiento hacia los exitosos, hacia los talentosos, contra el que sobresale en algo, lo que sea, no importa. En definitiva, este es el sofisma que destilan sus escritos y sus libros. Note el lector que es una constante en ellos. El primero de todos quizás, el que inició esta cruzada sistemática de envidia y resentimiento fue el padre intelectual de todos ellos, el mismísimo K. Marx. Luego lo siguió el no menos nefasto Keynes, quien bajo el *inocente* pretexto de querer *salvar* al capitalismo, intentó destruirlo.
"Por sugerencia de un ex alumno del doctorado de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires que me envió el tape, acabo de escuchar una conferencia de Miguel Ángel Cornejo trasmitida desde Lima en el Estadio Nacional del Perú (ahora veo que hay varias de su autoría en Youtube). En estas líneas quiero mencionar uno de los ejes centrales de aquella presentación que estriba en su vehemente preocupación de que en nuestro continente latinoamericano en general se ha insistido hasta el cansancio que es una virtud el ser pobre y que constituye un galardón el sufrimiento. El orador dice que de este modo no vamos a ningún lado ya que esa actitud conduce al estancamiento cuando no al retroceso. Expresa Cornejo que se necesita una visión radicalmente distinta para progresar, cual es la admiración a los exitosos que han logrado sus sueños en base a procedimientos legítimos, cualquiera sea el ámbito de su acción. Decimos nosotros que, además del sano consejo de la emulación, se estimulan las tasas de capitalización (no la sandez del “efecto derrame”). Sostuvo con razón el orador que el lamento, la victimización, la envidia y el reclamo para que el fruto del trabajo de otros se destine coactivamente a paliar problemas son características destinadas a perpetuar el fracaso."[3]

[1] Alberto Benegas Lynch (h). LA LLAMADA “CLASE SOCIAL” Y LA IDEA DE “RAZA”. Fuente: http://bit.ly/benegaslynch
[2] Alberto Benegas Lynch (h) "CONCENTRACIÓN DE RIQUEZA". Fuente : http://bit.ly/benegaslynch1
[3] Alberto Benegas Lynch (h) "La fantasía del efecto derrame". Fuente : http://bit.ly/benegaslynch3

Sobre las ganancias "excesivas"



Por Gabriel Boragina ©

Desde tiempos inmemoriales las ganancias mercantiles no han sido vistas con buenos ojos. Y esto es porque han campeado doctrinas como la del "justo precio" por un lado, y la del "lucro excesivo" por el otro como antagónicas, aunque se las haya presentado con diferentes nombres a lo largo de la historia. El denominador común a todas estas teorías que dominaron la escena del pensamiento económico durante siglos, es que parten de consideraciones de orden subjetivo que denotan exclusivamente la escala de valores morales de la persona que emite la proposición de cuándo un precio "es justo" o cuándo "es excesivo". Sin embargo, tanto la condena al lucro como la renuncia voluntaria al mismo no tienen ningún sentido:
"Cabe admirar a quienes rehúyen el lucro que, produciendo armas o bebidas alcohólicas, podrían cosechar. Conducta tan laudable, sin embargo, no pasa de ser mero gesto carente de trascendencia, pues, aun cuando todos los empresarios y capitalistas adoptaran idéntica actitud, no por ello desaparecería la guerra ni la dipsomanía. Como acontecía en el mundo precapitalista, los gobernantes fabricarían armas en arsenales propios, mientras los bebedores destilarían privadamente sus brebajes"[1]
En otras palabras, no es el afán de lucro ni las ganancias "exageradas" las que provocan los graves males del mundo, como de ordinario se escucha o se lee por doquier. Sino que, como bien decía J. B. Say, toda oferta crea su propia demanda, y allí donde haya una necesidad se arbitrarán los medios que sean necesarios para poder satisfacerla. Frente a una concreta necesidad que carece de un proveedor, quien la experimente se proveerá a sí mismo. Esto quiere decir que, como sea, el consumidor buscará su ganancia, lo que desmiente el concepto erróneo de que "solamente" los productores o comerciantes buscan ganancias, ya que desconocen -lo que esto afirman- que todos somos productores, comerciantes o consumidores en sentido lato, variando solamente la cantidad de veces que desempeñamos dichos roles en las interacciones que tenemos con los demás. De tal suerte, un trabajador es consumidor de los artículos que adquiere para mantenerse a sí mismo y su familia, pero es además un productor cuando con su trabajo contribuye a la generación de un producto o servicio. Su ganancia será la diferencia en mas que exista entre los costos que su esfuerzo laboral le demande y el excedente que recibe por encima de dichos costos. La parte de su salario que supere sus costos laborales será su ganancia.
"Procede el beneficio, como se viene diciendo, de haber sido previamente variado, con acierto, el empleo dado a ciertos factores de producción, tanto materiales como humanos, acomodando su utilización a las mudadas circunstancias del mercado. Son precisamente las gentes a quienes tal reajuste de la producción favorece las que, compitiendo entre sí por hacer suyas las correspondientes mercancías, engendran el beneficio empresarial, al pagar precios superiores a los costos en que el productor ha incurrido. Dicho beneficio no es un «premio» abonado por los consumidores al empresario que más cumplidamente está atendiendo las apetencias de las masas; brota, al contrario, del actuar de esos afanosos compradores que, pagando mejores precios, desbancan a otros potenciales adquirentes que también hubieran querido hacer suyos unos bienes siempre en limitada cantidad producidos"[2]
A veces se dice que el consumidor "premia" con ganancias al empresario que lo beneficia con buenos productos o servicios. Pero con dicha alocución no se está sino aludiendo a una metáfora que esconde detrás una motivación ajena a otorgar deliberadamente un "premio" específico al mejor vendedor o fabricante. En realidad, como bien explica la cita, no hay ninguna motivación de "premiar" a los empresarios, sino que lo que existe en contexto es un fenómeno formado por la competencia desatada entre los propios consumidores para poder hacerse de los artículos o servicios que apetecen y -por ende- demandan. Es que al actuar así, los consumidores también persiguen su propio beneficio. Ellos tratarán de obtener la mejor calidad posible al precio más bajo también viable, pero lo que los obligará a subir la oferta será el mecanismo de competencia, allí -por supuesto- donde este rija (que hoy en día es en muy pocas partes del mundo y en algunos sectores o renglones del mercado más que en otros).
"La administración burocrática, contrapuesta a la administración que persigue el lucro, es aquella que se aplica en los departamentos públicos encargados de provocar efectos cuyo valor no puede ser monetariamente cifrado. El servicio de policía es de trascendencia suma para salvaguardar la cooperación social; beneficia a todos los miembros de la sociedad. Tal provecho, sin embargo, carece de precio en el mercado; no puede ser objeto de compra ni de venta; resulta, por tanto, imposible contrastar el resultado obtenido con los gastos efectuados. Hay, desde luego, ganancia; pero se trata de un beneficio que no cabe reflejar en términos monetarios. Ni el cálculo económico ni la contabilidad por partida doble pueden, en este supuesto, aplicarse. No es posible atestiguar el éxito o el fracaso de un departamento de policía mediante los procedimientos aritméticos que en el comercio con fin lucrativo se emplean. No hay contable alguno que pueda ponderar si la policía o determinada sección de la misma ha producido ganancia o pérdida"[3]
La ganancia, entonces, puede ser de dos tipos: monetaria o no monetaria, lo que es plenamente conforme con la teoría subjetiva del valor, de la que tanto nos hemos ocupado. En el caso que nos presenta L. v. Mises aquí se trata de un típico caso de ganancia no monetaria. Pero procede considerar que, desde el punto de vista de específico individuo –por ejemplo, quien fuera víctima de un delito y que no obtuvo a tiempo o de ninguna manera asistencia policial- podría reputarse para él pura pérdida el servicio. La ganancia -en esta hipótesis- sería un mero presupuesto de carácter relativo, dependiendo del grado de satisfacción o insatisfacción del consumidor del servicio.

[1] Ludwig von Mises, La acción humana, tratado de economía. Unión Editorial, S.A., cuarta edición. Ídem. Pág. 457
[2] Ludwig von Mises, La acción humana, ...ob. cit. Pág. 457
[3] Ludwig von Mises, La acción humana,...ob. cit. Pág. 469

El Derecho (7° parte)

Por Gabriel Boragina © “F. La coerción jurídica en la práctica. Saliendo ahora del aspecto puramente filosófico y emplazando el tema...