Estatismo, capitalismo y desigualdad



Por Gabriel Boragina ©

Argentina hacia la década de 1920 se encontraba entre los países con las mejores posiciones económicas, disputando con las potencias mundiales de la época. ¿La razón? Su economía era preponderantemente capitalista, lo que empezó a cambiar hacia la década del 30 del siglo XX en que se inicia el camino primero hacia una economía mixta y luego cada vez más hacia un estatismo más acentuado (peronismo) para volver a un estatismo un poco menos acusado, pero conservando todos los males y descalabros inherentes a las economías mixtas. Situación que se mantiene en el presente con todas sus consecuencias negativas.
Los casos de Alemania, Francia, países nórdicos y Japón que se citan a menudo como "exitosos", lo son en la medida que sus economías no están basadas en la distribución sino en la capitalización. Producción y distribución son dos fenómenos concomitantes, paralelos y simultáneos, como dos caras de una misma moneda y no procesos separados, ni en compartimentas estancos. Pero, para que la producción (y consecuente distribución) sea posible, el requisito previo, indispensable, y excluyente es la capitalización. Sin capital es imposible producir (e invariablemente distribuir) nada. Ergo, decir que esas economías "deben su éxito" a la distribución es una tremendísima barrabasada propia de incompetentes. En cuanto a la capitalización, tal y como su mismo nombre lo indica, sólo es posible si la economía es capitalista y no en ningún otro supuesto. Las economías no-capitalistas o anticapitalistas por definición no capitalizan nada, ergo no pueden producir nada, y correlativamente no habrá nada para distribuir. En suma, no pueden recibir siquiera el nombre de "economías". Por ello, querer hablar de "economías mixtas" o "intervencionistas" o "socialistas" o "comunistas" es un contrasentido completo. Estos últimos engendros son antieconomías, no "economías".
Hay que tener muy en cuenta que ningún sistema económico puede disminuir la desigualdad. Si -en cambio- se puede reducir la pobreza. No la desigualdad. Como dice Alberto Benegas Lynch (h) la igualdad es sólo una abstracción de las matemáticas y no existió ni existe en ninguna parte, pese a que se la busca desde que el hombre es hombre. Se trata de una quimera. La fortuna es fruto del talento o -si se quiere- de la suerte, y ninguno de ambos pueden ser igualados en todos los seres humanos. Y quien tuviera tal potestad dejaría de ser igual a los demás, para pasar a ser un dictador mundial por definición desigual a todos desde su condición de dictador y dueño de todos los bienes y destinos humanos. A este resultado conduciría insistir sobre el dogma de la igualdad como lo hacen los igualitaristas. La pobreza -en cambio- es algo diferente; es un mal que debe ser combatido por todos los medios, y la única arma para batallarlo es el capitalismo y no ninguna otra.
La gente cree que los impuestos abultados disminuyen la pobreza. Pero los tributos exorbitantes son anti-capitalistas, porque aumentan la pobreza. Onerosas tasas impositivas restan, no suman, tan cierto como que 5 - 2 = 3, y que 3 < 5, y no al revés. Quien diga que los "países ricos" lo son porque cobran elevados impuestos deberían volver al colegio primario, porque ni siquiera dominan las reglas de sumar y restar. Si el PBI total de una sociedad es de 100 millones y el gobierno recauda 50 millones en impuestos, tendremos esta cuenta = 100 (PBI) - 50 (impuestos) = 50 (PBI) + 50 (impuestos) = 100 (PBI). ¿Cuál es la "riqueza", el "crecimiento" o el "progreso" que habría "creado" el impuesto? Ninguno. Es igual a cero. Lo único que ocurrió es que la riqueza (ya existente antes del impuesto) simplemente cambió de manos: antes, el 100 % de ella estaba en manos de los productores de esa riqueza. Luego del impuesto, el 50 % de esa riqueza pasó a manos de los burócratas y gobernantes, y sólo el 50 % restante quedó en las de los productivos. ¿Conclusión?: Se enriquecieron los parásitos burócratas a costa de los trabajadores que se empobrecieron. Por supuesto que, la propaganda del gobierno siempre irá a decir que los impuestos "crean riqueza", y es esto lo que la gente cree y repite de memoria casi sin pensar, ya que es lo que todos hemos escuchado sin cesar desde pequeños. Claro ¿qué van a decir los gobiernos contra los impuestos, si estos son el "salario" de burócratas y gobernantes? Si que "crean riqueza", pero sólo para ellos y sus "amigos", pero para nadie más. El pueblo (todos aquellos que no cobran impuestos, sino que sólo se limitan a pagarlos o ir a la cárcel) se empobrece con cada nuevo tributo, o con cada aumento de alícuota de algún gravamen ya existente.
El problema de fondo en esto es la propiedad. Debe ser privada. Esta es la solución. Al pagar impuestos la sociedad productiva (en adelante, SP) se empobrece a favor de la sociedad improductiva que está compuesta por los burócratas, los gobernantes, que con buen tino se los ha llamado la clase parasitaria, (en adelante, abreviada como CP) porque la SP pierde la propiedad privada de lo expoliado por la CP vía impuestos. Al botín, la CP le designa como "recaudación" o "recursos públicos", fórmulas estas más "elegantes", y en apariencia más "decentes" que lo que realmente es: el botín robado a la SP. Es decir, propiedad privada que pasa a ser estatal.
Pero tal como hemos visto, los mal denominados "recursos públicos" no existen. Los recursos siempre son privados. El gobierno los roba y los califica "públicos". Esa es la única diferencia. Pero el nombre que la CP le asigne no cambia la naturaleza ni la esencia final de los bienes expoliados. El gobierno no posee nada sin que antes lo hubiera robado al pueblo (entendiendo aquí por la palabra "pueblo" a no otra cosa que a gente que esta fuera del gobierno, lo que también indicamos SP).
Y la propiedad privada es crucial que se defienda, porque es la única vía existente para capitalizar los recursos. Cuando los recursos privados pasan a ser propiedad estatal su destino es el despilfarro, la dilapidación, el derroche, con lo cual toda la sociedad se convierte en más pobre. Incluyendo a los depredadores burócratas y gobernantes.

Breve repaso de la crisis argentina



 Por Gabriel Boragina ©

Argentina da inicio en el año 2003 al que sería el peor gobierno de su historia desde los dos primeros gobiernos de Juan Domingo Perón hasta el día de la fecha. En rigor, hay que hablar de tres gobiernos sucesivos, si tenemos en cuenta la formalidad constitucional, apropiados los tres por el denominado Frente para la Victoria ("FpV"). Hagamos un breve repaso de los hechos.
El "FpV" es el fruto de un disputa interna en el partido peronista entre Eduardo Duhalde y Carlos Menem, en la que el primero trataba de evitar que el segundo accediera a un tercer periodo presidencial. Duhalde detentaba entonces la presidencia de la nación ungido por el congreso como tal, tras la "caída" del brevísimo gobierno de Fernando de la Rúa. Se establece pues un "acuerdo" entre Duhalde y Néstor Kirchner (hasta dicho momento un ignoto gobernador de una provincia argentina -Santa Cruz- en el extremo sur del país) a fin de que este último se presentara como candidato del flamante "FpV". Pero también se configuran alianzas con otros partidos políticos "no-peronistas" para que confluyeran a conformar dicho "frente", aun cuando –indudablemente- el ala dominante de este "FpV" era el sector mayoritario del partido peronista (formalmente designado como "partido justicialista"). El objetivo final -como dijimos- era, en última instancia, restar poder y apoyo popular al candidato Menem, pero -por sobre todas las cosas- hacerse del gobierno a cualquier costo.
En lo que sigue, preferiremos referirnos al "FpV" y no a "los Kirchner" porque podría entenderse que lo sucedido a lo largo de los tres desgraciados gobiernos del "FpV", implicaría eximir de responsabilidad a las otras segmentaciones políticas partidarias que apoyaron el proceso dictatorial que se iniciaba con estos hechos. Y muy lejos está de nuestro ánimo deslindar de responsabilidad alguna a los grupos políticos que contribuyeron -ya sea por acción o por omisión- a la instauración y afianzamiento de la peor tragedia política que ha vivido la Argentina desde los últimos cuatro decenios a esta parte.
En ese año señalado al comienzo, el "FpV" accede al gobierno con un 22 % de los votos, y en medio de un mecanismo electoral bastante polémico y de dudosa constitucionalidad, convocado por Duhalde, (la Constitución de la Nación Argentina exigía entre un 40 % y un 45 % mínimo de los votos para ello).
Sin carisma personal en su candidato, sin liderazgo propio, sin respaldo popular, con un cuestionable resultado electoral y con un apoyo político pobrismo (por no decir nulo) el "FpV", llega al gobierno y comienza (tenuemente al principio y con mayor firmeza en los años subsiguientes) a instalar un proyecto autoritario de poder basado fundamentalmente en el modelo Castro-comunista que Hugo Chávez, hacia la misma época, estaba consolidando en Venezuela.
Circunstancias ajenas y externas al país, le dieron a este cierta "estabilidad" económica en aquel momento que se fue desdibujando a partir de medidas económicas internas que oscilaban entre la torpeza, la improvisación y el afán de lucro desmedido que -más temprano que tarde- afectan en rigor a todo gobierno, sea del color y de la bandera de que se trate.
Simultáneamente el "FpV" comenzó a "instalar temas" en su agenda política que no estaban ni entre los intereses, ni entre los reclamos del conjunto de la ciudadanía. Por ejemplo, uno de esos temas fue el uso y abuso que hizo el "FpV" en torno a la cuestión de los "derechos humanos", que terminó convirtiéndose en una "caza de brujas" contra militares que habían combatido al terrorismo marxista desatado en la década del 70. No estaba esta cuestión -como decimos- ni entre las prioridades, ni siquiera entre las preocupaciones del conjunto de la ciudadanía, que ya vivía aprendiendo a cerrar las heridas producidas por aquel aciago periodo de la historia. A través de un prédica constante, el "FpV" se esforzó por abrir esas heridas y volver a un pasado que estaba comenzando a dejarse atrás para el común de los argentinos, empezando a provocar una división entre la gente.
Principió a notarse desde ese mismo momento la infiltración entre las filas del "FpV" de elementos que habían integrado las bandas de terroristas y guerrilleros que desencadenaron la violencia de los años 70. Personajes reciclados (otrora peligrosos y de armas tomar) que ocuparon puestos claves no sólo dentro del poder ejecutivo sino también en los otros dos poderes (legislativo y judicial).
Dada la idiosincrasia del argentino promedio, muchas veces propenso a creerse lo que se le repite con suficiente insistencia, no pocos "compraron" el "relato" del "FpV", pero -con todo- hay que reconocer que fueron solamente una minoría ruidosa.
El famoso relato del "FpV" tuvo otras aristas, de las que sobresalen aquellas que, a través de los métodos patrocinados por el marxista Antonio Gramsci, intentaron por todos los medios captar la mente y la voluntad de las personas en su favor. Se produjo en tal sentido todo un proceso (en el sentido más militar de la palabra) por lavar los cerebros de niños, adolescentes, jóvenes y adultos a través de la captación y cooptación de los medios masivos de difusión. Los últimos dos gobiernos del "FpV" fueron particularmente insistentes en estos aspectos, pretendiendo emular nuevamente lo que su admirado comandante Hugo Chávez y su mentor -el comandante Fidel Castro- estaban haciendo, tanto en Venezuela como en Cuba. El canal estatal se transformó en un idóneo instrumento de propaganda para tales efectos. Y los tradicionales centros culturales argentinos fueron copados, poco a poco, por elementos afines al gobierno, en tanto que este hacía prédica de su vocación populista. La propaganda política reemplazó rápidamente la difusión de los actos de gobierno, aunque se pretendió disfrazarlo bajo la máscara de una falsa "transparencia" que -en rigor- ocultaba los que fueron los hechos de corrupción más monstruosos que pueda recordar la historia argentina.
Lo que al principio pareció "torpeza" económica fue quedando al descubierto como lo que realmente era: una fase de estatización gradual pero sostenida de todos los sectores de la economía, a la par que uno a uno iban saliendo a la luz los casos más escandalosos de enriquecimiento ilícito, tanto de quienes detentaron la titularidad del poder ejecutivo durante los tres gobiernos del "FpV" como la de quienes fueron los más estrechos y mas mediatos colaboradores de este régimen de opresión.
Se armaron verdaderos grupos de choque, conformados por "piqueteros", cuya misión fundamental consistió en intimidar a la población pacífica, contando con la colaboración de otros grupos afines, como el que se autodenominó "La Cámpora" en directa alusión a otro ex-presidente argentino del mismo partido peronista con dicho apellido.

Economía, "neoliberalismo" y capitalismo



Por Gabriel Boragina ©

Es habitual escuchar en muchas partes que, una cosa es "lo económico" y otra diferente es "lo social", y que "lo social" es consecuencia de "lo humano". Quienes así "razonan" parecen creer que "lo económico" habría sido impuesto por una cuadrilla de platos voladores portando maléficos seres extraterrestres que vinieron a infectar el planeta Tierra con "el virus" de "lo económico". Y también demuestran ignorar que la economía es una ciencia social, por lo que mal podría existir el divorcio alegado entre "lo económico" y "lo social".
"Lo económico" es resultado de lo humano y cultural. Y no al revés. Ni tampoco cosas diferentes. La economía no viene de las hortalizas. Deriva del factor humano. Por eso, los que afirman que se necesita una "economía humana" ni siquiera saben que es de lo que están hablando. Y lamentablemente cada vez es más frecuente observar los casos de personas (incluso profesionales destacados) que se lanzan imprudentemente a hablar de economía sin tener la menor idea del ABC de esta ciencia, incurriendo en dislates de los más variados, como el que venimos comentando. Pero este no es el único disparate que arrojan los ignorantes en economía, hay otros más "divertidos" (hay que encontrarle el lado humorístico al tema después de todo) aunque no menos ridículos. Veamos seguidamente los más absurdos.
A los partidarios del mercado libre nos acusan con asiduidad de defender al "neoliberalismo". Vaya uno a saber "qué cosa" podría ser para nuestros detractores el famoso "neoliberalismo", que -en rigor- no pasa de ser un término peyorativo que usan todos los que no saben nada del verdadero liberalismo, excepto que esta última palabra no les gusta.
Cuando se piden "ejemplos" de "neoliberalismo" se suelen citar países con altos impuestos; monopolios de diverso calibre pero, habitualmente, en manos privadas por decreto o por ley nacional; desempleo; estímulos a las exportaciones; endeudamiento público (en rigor, estatal) y privado y, muy en general, a las políticas económicas seguidas -con desemejantes variantes y grados- en EEUU y Gran Bretaña, y en otras naciones latinoamericanas, durante las décadas de los años 80 y 90 del siglo XX, según los casos. Pues bien, si es a esto lo que se considera "neoliberalismo" ha de saberse que -en lo personal- no soy defensor del "neoliberalismo".
En realidad, las políticas económicas mencionadas anteriormente y que se atribuyen al "neoliberalismo" no son otra cosa que lo que Ludwig von Mises (y con él la Escuela Austriaca de Economía normalmente) designó con el nombre de intervencionismo, también llamado otras veces sistema "mixto", "hibrido", "dual", "intermedio", etc. que -en definitiva- poco o nada tienen que ver ni con el verdadero liberalismo ni con el capitalismo que, como hemos señalado en otras oportunidades, constituye este último "el anverso" económico de "la moneda" del liberalismo. No han faltado tampoco quienes han rotulado aquellas políticas con el nombre de mercantilismo, que -en resumidas cuentas- no viene a ser, a nuestro modo de ver, más que una especie del intervencionismo.
Tal ya se ha explicado, como corriente filosófica, moral, política o económica el "neo-liberalismo" no existe. Y el empleo de dicho término a nada conduce, si lo que se pretende con el mismo es atacar al liberalismo, habida cuenta que este último nada tiene en común con aquel. En el mejor de los casos, el "neoliberalismo" podría entenderse como un periodo de transición de una economía socialista a otra economía de tipo liberal/capitalista. Pero en la medida que la transición se detenga y no se opere, el "neoliberalismo" no obtendrá resultados diferentes a los que consigue el intervencionismo. El llamado "neoliberalismo" sólo tendría razón de ser si su meta es llegar al liberalismo y no en ningún otro caso.
En la línea de las barrabasadas más hilarantes que se pueden leer o escuchar seguido, figura la que dice que el capitalismo es "una visión radical".
 El capitalismo no es una "visión radical". Ni siquiera se trata de una "visión". Sino que no es más que un sistema de producción que, como L. v. Mises lo caracterizara más de una vez, su principal rasgo es que "produce en masa para las masas". Decir que es "radical, extremo, etc." sería tanto como quejarse de que el capitalismo produce "demasiado", o sea que alimenta, viste, da empleo, vivienda, cura y también recrea a excesiva gente. Es cierto que el capitalismo hace todo esto y lo hace bien, pero quien se lamente de que todo esto es "radical" implica que esta implícitamente patrocinando el sistema opuesto, es decir otro que hambreé, desnude, desemplee, deshabite, enferme y también aburra a la mayor cantidad de gente posible, es decir, lo que hacen el socialismo y el intervencionismo. Si ser "radical" implica tanto como elegir entre la riqueza y la pobreza para un pueblo, yo, sin duda, optaré siempre por la riqueza capitalista y rechazaré la miseria socialista
Ahora bien, si analizamos el capitalismo, pero desde el punto de vista del régimen atinente a la propiedad, hay que decir que es un justo medio entre un sistema en el cual la propiedad es estatal de jure (socialismo/comunismo) y otro donde lo es de facto (fascismo/nazismo). En este caso, el capitalismo es un sistema intermedio entre ambos, en el cual la propiedad siempre es privada, tanto de jure como de facto. A este respecto -y como prueba de lo dicho- es importante poner de relieve el colapso tanto el socialismo/comunismo como del fascismo/nazismo.
Cuando los anticapitalistas me reprochan repetitivamente que defiendo "a ultranza" el capitalismo, siempre les respondo que lo que defiendo "a ultranza" es la verdad. Que no soy un dogmático. Soy muy flexible. Que estoy abierto a ser convencido de lo contrario...pero con razones, datos, cifras y sobre todo...argumentos sólidos y firmes que me demuestren de manera contundente que el capitalismo es algo diferente o distinto a lo que creo. Y que si me demuestran que estoy equivocado les daré la razón. Pero los anticapitalistas no me han dado ni me dan ni razonamientos ni pruebas que me convenzan. Cuando me los den, si eso algún día ocurre...con mucho gusto se los aceptaré. Como hasta el momento no lo han hecho, sigo pues pensando que estoy en lo cierto.

Colectivismo y "bien común"



Por Gabriel Boragina ©

La regla que impera en una sociedad de bienes colectivos es precisamente esa misma: que los bienes son colectivos. Es decir, son "de todos". A esto, Garret Hardin lo llamó "La tragedia de los comunes" que se sintetiza en la fórmula por la cual "lo que es de todos no es de nadie". Entonces, "todos" están habilitados a tomar "su parte" de esos bienes colectivos. El problema consiste en que, al no haber propiedad privada, cualquier parte (o el todo) de esos bienes le "correspondería" a cualquiera. Y es aquí cuando empiezan las verdaderas dificultades. Fue la vigencia de la propiedad colectiva la que determinó que la sociedad tribal desapareciera (más que cualquier otra causa). Esto lo explica muy bien F. A. von Hayek. Y, necesariamente, los intentos por reflotar la propiedad colectiva tribal (pero ahora a gran escala) ocasionaron la caída de la URSS y sus países satélites. No es que la gente sea "intrínsecamente ladrona", sino que son las instituciones (en el caso, la propiedad colectiva) la que la vuelve ladrona. Aunque el ejemplo del ladrón se aplica -en rigor- a sociedades no colectivistas y no a las que lo son.
Efectivamente, en el colectivismo impera el derecho del primer ocupante, que en el caso de la URSS, sus países satélites, Cuba, Corea, etc., ese primer ocupante no es otro que el mismo estado o gobierno. En la sociedad tribal, ese lugar era el del Jefe o Cacique. Hoy lo es el estado-nación. Las "reglas" las impone el Jefe, Cacique, Presidente, Führer, Duce, César, etc.
Ahora bien, no hay que perder de vista que tanto el individualismo como el colectivismo son -en última instancia- un producto cultural, y que su "imposición" desde una cúpula de poder sería imposible si no existiera en esa sociedad un substrato cultural que la hiciera posible. En realidad, el procedimiento es el inverso, una vez dadas las condiciones culturales necesarias como para que uno u otro sistema se imponga, lo demás se da por añadidura.
Lo que produce pues que nuestra sociedad actual sea -en su mayor parte- colectivista es indispensablemente este factor, por encima de cualquier otro.
La aceptación irreflexiva de nociones etéreas y vacías de contenido, tales como "el bien o interés público" o "interés o bienestar general" y expresiones análogas, como opuestas al bien particular o individual, es la que ocasiona que la sociedad actual se haya volcado al colectivismo, en la convicción de que existiría un "conflicto irreconciliable" entre los intereses individuales y "los colectivos", sin percibir que resulta imposible la objetividad de cosa tal como "intereses colectivos" excepto que como la mera suma de los individuales, con lo que el supuesto "conflicto" no es más que una pura invención de quienes explotan tales creencias en su provecho personal, por ejemplo los políticos, cuyos discursos rebosan de apelaciones a favor del "bien público", el "interés general", "del pueblo", de "la gente", etc.
No hay, en este esquema, oposición alguna entre intereses individuales reales y un "interés colectivo" irreal por imposible existencia de este último.
Invocar la fórmula vaga del "bien común" no sirve de nada, en tanto y en cuanto no se precise qué se quiere significar con la misma, ya que es imprescindible que quien recurra a ella clarifique -para empezar- "común a qué grupo de referencia" sería el "bien" que se califica como "común". En efecto, "la sociedad" no es un todo homogéneo, monolítico y univoco. Ni siquiera se trata de un ente corpóreo, con el cual se pudiera conversar, escuchar o ver. Consiste, en última instancia, de una construcción mental, que cada uno de nosotros se representa de diferente manera, esencialmente por estas mismas razones.
Lo anterior implica que "la sociedad" o "comunidad" no es un único y exclusivo grupo, sino que -en rigor- se trata de un conjunto de subgrupos, que -a su vez- se dividen en conjuntos menores y así sucesivamente, hasta llegar al individuo, núcleo básico de lo que se llama "sociedad".
Ahora bien, de todo esto se deriva que el interés individual de una persona puede ocasionalmente oponerse al interés individual de otra persona, o de más de una persona, pero no infinitamente, sino hasta un pequeño número limitado de estas, pero nunca puede entrar en conflicto con un imprecisable "interés social" o "común" que no se define a priori, y que -en principio- abarcaría un número incalculable de personas, que, para el sujeto en cuestión, no sólo actualmente no conoce, sino que sería imposible conocer, geográfica y temporalmente.
Por análogas consideraciones, nadie puede "enfrentarse" a los "intereses" de "la patria", de "la nación", del "estado", del "pueblo", de "los negros", de "los judíos", de "los cristianos", de "los rusos", de "los americanos", etc. Nadie puede oponerse a "intereses colectivos", porque estos no existen, son imaginarios, habida cuenta que no pueden ser identificados, ni personalizados en seres de existencia física concreta.
En sentido inverso, los "representantes" de supuestos "intereses colectivos", autoproclamados defensores del "bien común", ejemplo típico de ellos los gobernantes, si pueden atacar a los intereses individuales, y de ordinario es lo que hacen. No sólo se enfrentan sino que, en la mayoría de los casos, dedican mucho empeño en desplazarlos, y -en última instancia- en destruirlos, en la medida en que desafíen al interés personal del poderoso.
La diferencia entre un gobernante y el resto de las personas fuera del gobierno, es el poder del primero y la indefensión de las últimas. A primera vista, podría decirse que en este supuesto, el interés particular del gobernante conseguiría contraponerse al "interés común" de los gobernados. Pero sería caer en la misma trampa que opera en el sentido contrario (que es en el que maniobran los ideólogos políticos que manipulan la "respetable" noción de "interés común"). No se trata más que de un caso en el que el interés particular del gobernante esta en contraposición a un determinado número de intereses individuales de quienes están en el llano, fuera del gobierno, es decir, excluidos de la posición de poder que el detentar el gobierno de un territorio otorga a quien lo esgrime.

Derecho a la seguridad jurídica

Por Gabriel Boragina © “ Las principales condiciones que se concitan en el concepto de seguridad jurídica podrían englobarse en dos ...