Camino al intervencionismo

Por Gabriel Boragina ©

A menudo solemos recibir burlas e ironías de diferente calibre por parte de los anticapitalistas a raíz de nuestra defensa del capitalismo como el mejor sistema económico conocido hasta la fecha. Una de esas ironías frecuentes que nos dirigen, es la de patrocinar al capitalismo como "panacea". La acusación es falsa, por cuanto no proponemos "panaceas". Recomendamos realidades. En nuestra opinión, quienes formulan panaceas que no se ajustan al mundo real son aquellos que sugieren "sistemas mixtos" o "intermedios". Esto es lo verdaderamente utópico. El capitalismo es realista. No tiene nada de utópico. Porque los modelos "mixtos" o intervencionistas son los que se vienen aplicando desde principios de la tercera década del siglo XX, y esta fue la causa en que desembocaran en el fascismo y el nazismo. Precisamente los gobiernos y sus intelectuales, en sus esfuerzos por no caer bajo las garras del comunismo (que en aquel entonces amenazaba con expandirse), comenzaron a efectuar concesiones al socialismo, pensando que de dicha manera "evitarían" hundirse dentro de la órbita comunista soviética. Los políticos europeos especularon que agregando "un poco" de socialismo al capitalismo se "sortearía" el comunismo. Sucedió así que, sobre todo en Europa, se iniciaron los procesos intervencionistas o de "economía mixta" que intentaron "combinar" socialismo y capitalismo. Fueron estas torpes tentativas las que convergieron en los fenómenos del fascismo y el nazismo, de los cuales costó una trágica guerra mundial salir. Lo que demuestra el fracaso de la "panacea" socialdemócrata y su mecanismo "intermedio", "híbrido", "intervencionista" o "mixto".
Finalizada la segunda guerra, los países europeos comenzaron la tarea de reconstrucción, adoptando muy tibia y parcialmente algunos principios básicos de la economía capitalista: liberación de precios y salarios, reducción de impuestos y gasto público, fortalecimiento de la propiedad privada y otras pocas mas. Estas escasas medidas capitalistas, que se tomaron en forma meramente incipiente y por corto tiempo, produjeron un resultado espectacular, lo que se dio en llamar "el milagro alemán" consistente en el asombroso y meteórico restablecimiento de esa nación vencida y devastada por la guerra, pero que -como una onda expansiva- también favoreció a los demás países que habían estado involucrados en la contienda bélica. No cuesta mucho imaginar que si el capitalismo hubiera sido mayor en esa época, y practicado con mucha más intensidad, Europa sería hoy una potencia mundial a la par de los EEUU, o quizás por encima de estos.
Lamentablemente, el proceso no se sostuvo en el tiempo, no porque "fracasara" económicamente, sino por cuestiones políticas, en virtud de la llamada "guerra fría" entre el bloque soviético y las demás potencias occidentales, con lo que nuevamente se fueron abandonando otra vez -y una a una- las pautas económicas pro-capitalistas que llevaron a la maravillosa recuperación europea, y se volvió al intervencionismo socialdemócrata. No obstante, el crecimiento económico de la posguerra bajo el paraguas de un capitalismo incipiente y escaso, mantiene hoy a Europa -en términos generales- con un aceptable nivel de vida en relación a Sudamérica, África y Asia, (con las posibles excepciones de Japón y Hong Kong).
Dado que la mayoría de las economías mundiales contemporáneas son del tipo "mixto" o "híbrido", si a algo corresponde atribuir el estancamiento y las crisis económicas actuales es -sin lugar a dudas- a que hay más países en donde la parte socialista de sus economías es mayor que la parte capitalista de las mismas. Es decir, que el tan elogiado sistema "mixto", "intermedio" o "híbrido" no lo es en absoluto en fracciones iguales, sino en proporciones diferentes, en el que la parte mayor se la llevan los patrones económicos socialistas por encima de los capitalistas. Son pues -en el balance final- mas socialistas que capitalistas, y esta es la razón de sus crisis, pobreza, desempleo, etc. aunque curiosamente -fruto de la ignorancia económica general- tanto los políticos como sus "intelectuales" (que les hacen de "soporte logístico") culpan a voz en cuello al capitalismo de todos los males del universo. Y esto resulta asimismo observable -aunque en una medida menor- en los EE.UU.
El anticapitalista nos dice que "hay que darle de comer al pobre". Pero pasa por alto que si le damos de comer al pobre un lunes, nos pedirá un nuevo plato el martes....dos el miércoles...tres el jueves, cuatro el viernes...etc. y además más variados. Si el primer plato que le ofrecimos fue de arroz, a los pocos días, semanas o meses nos pedirá caviar con champagne. No nos pedirá que le "capacitemos" como dicen los estatistas. Nos pedirá que lo continuemos alimentando. Quien haya conocido la pobreza bien lo sabe. Pero lo más patético de esto, es que no he sabido de un solo caso de siquiera un anticapitalista que le diera de comer a un pobre o le proporcionara albergue en su casa o su abrigo en invierno. El estatista, cuando exclama "indignado" que "hay que alimentar al pobre", jamás se está refiriendo a algo que haya de hacer él (ni por sí mismo ni por otros), ni de su bolsillo, sino que alude a algo que -da por sentado- el gobierno "debe obligar" a hacer a todos, menos, por supuesto, al estatista que hace tal exhortación. Apunta siempre a los bolsillos ajenos, jamás a los suyos.
El estatista contesta que "hay que darle de comer al pobre, pero exigirle resultados". Aunque suene a chiste un anticapitalista me lo dijo seriamente. Parece mentira que -además de todo lo anterior- "no se den cuenta" que si simplemente "damos de comer" sin nada a cambio, no podremos "exigirle resultados" a nadie. Por el contrario, seremos exigidos por el "gratuitamente" alimentado, a fin de que le sigamos alimentando. Pero nada de esto sería objetable si alguno de ellos quisiera voluntariamente darle de comer al hambriento. Lo que sucede es que lo anterior no es lo que los anticapitalistas proponen. Ellos ambicionan que el gobierno les quite por la fuerza y la violencia a unos (no a ellos mismos) para darles parte (o todo) del botín a otros (entre los que a veces los mismos anticapitalistas se incluyen).

El "derecho animal"

Por Gabriel Boragina ©

Ordinariamente este sería un tema sobre el cual debería ser innecesario escribir absolutamente nada, si no fuera por la aberración jurídica sucedida en Argentina donde un tribunal nacional llegó al extremo de otorgar un "derecho" de habeas corpus a un simio. Veamos en que me fundamento para calificar el fallo de aberración jurídica.
Según el derecho argentino los animales son COSAS, y como tales no pueden tener “derechos”. Es decir, son OBJETO de derechos, pero jamás puede ser SUJETOS de derecho. A tal fin, transcribo meramente dos artículos del Código Civil argentino que resultan claros al respecto:
"ARTICULO 2.527.- Son susceptibles de apropiación por la ocupación, los animales de caza, los peces de los mares y ríos y de los lagos navegables; las cosas que se hallen en el fondo de los mares o ríos, como las conchas, corales, etc., y otras sustancias que el mar o los ríos arrojan, siempre que no presenten señales de un dominio anterior; el dinero y cualesquiera otros objetos voluntariamente abandonados por sus dueños para que se los apropie el primer ocupante, los animales bravíos o salvajes y los domesticados que recuperen su antigua libertad.”
 "ARTICULO 2.528.- No son susceptibles de apropiación las cosas inmuebles, los animales domésticos o domesticados, aunque huyan y se acojan en predios ajenos...”
 Lo mismo aplica a otros ejemplos, como el de los árboles, lagos, bosques, etc.
 Analicemos ahora los distintos conceptos jurídicos implicados en la discusión legal que se ha dado sobre este tema:
“Objeto: Materia o asunto que sirve al ejercicio de las facultades mentales. | Cosa.| | Fin o intento a que se dirige o encamina una acción u operación (Dic. Acad.).
En esta última acepción es, pues, la finalidad que con el acto u operación se persigue.
Capitant define el objeto como la prestación sobre la que recae un derecho, obligación, contrato o demanda judicial. El de un contrato será la o las obligaciones que de él se derivan. El de una obligación, lo que incumba realizar a la persona obligada.
No hay que confundir el objeto de los actos jurídicos con la causa ni con su motivo (v.)[1]
 “Objeto del Derecho: Las personas, las cosas y las acciones judiciales, en toda su complejidad, constituyen tal objeto o el de las relaciones jurídicas.
A ese enfoque, sobre el contenido, el Diccionario de Derecho Usual, considerando el objeto como finalidad, y recordando las extremas divergencias doctrinales, agrega que el Derecho pretende establecer o restablecer las relaciones justas, pacíficas y bienhechoras entre los hombres por la regulación normativa y su efectiva exigencia, cuando proceda y se actúe.”[2]
 “Bien semoviente: El que puede moverse por sí mismo, y como eso únicamente pueden hacerlo los animales, a ellos está referido el concepto. De ahí que el Diccionario de la Academia se limite a decir que son semovientes los bienes que consisten en ganados de cualquier especie. Jurídicamente constituye un tipo de bien mueble (v.)[3]
“Sujeto: Substantivo. Persona en general. | Titular de un derecho u obligación. | Persona cuyo nombre se ignora o se calla."[4]
Del juego de estos conceptos resulta entonces claro que los animales no pueden ser sujetos de derecho, porque como a todo derecho corresponde una obligación, también tendrían que ser sujetos de obligaciones, y va en contra de la naturaleza más elemental pretender cosa semejante.
Otros defensores de los derechos del animal han intentado encontrar un "atajo" por el lado de un cambio de expresión. Y en lugar de hablar de "sujetos", intentar variar el calificativo por el de "personas no humanas". Citan como ejemplo a las personas jurídicas. No creo que cambien demasiado mis conclusiones negativas expuestas anteriormente si -en lugar de hablar de “sujetos de derecho”- pasamos a hablar de “personas de derecho”. Es un simple giro terminológico y nada más que eso.
El concepto de “persona” es una ficción jurídica, y lógicamente también lo es el de “persona jurídica”. Las sociedades civiles y comerciales -bien lo sabemos- también son “personas no humanas”. En lo personal, prefiero la expresión de Dalmacio Vélez Sarsfield que las llamaba “personas de existencia ideal” que es la que más se ajusta a la realidad (siempre a mi entender).
Más que de “construcciones jurídicas” que -al fin de cuentas- son todas construcciones imaginarias, a mí -como abogado- me gusta hablar de “realidades”. Lo relevante de todo esto es que, las “personas jurídicas” o “ideales” no pueden actuar por sí mismas, sino por medio de sus representantes legales, que siempre son HUMANOS como todos sabemos. Lo mismo pasaría si se nos ocurriera declarar “personas” a los animales. Porque lo significativo, desde lo jurídico, no es la “etiqueta” o el “rótulo”….sino que la pregunta clave es ¿cómo actuaria y se desenvolvería esa “persona” (en el caso “no humana”) en el mundo jurídico? Caso práctico: ¿Cómo reclamaría por sus “derechos” un caballo declarado legamente “persona”, al que su dueño no le da alfalfa? Otro caso práctico: ¿Se espera que un canario al que su dueña no le da alpiste, llame por teléfono a su abogado para demandar a su dueña?
La cuestión de fondo sigue siendo la misma siempre, en cuanto al ¿cómo ejercitarían los animales "su" hipotético “derecho” en el caso que la ley se los reconociese? Es más ¿cómo se enterarían los animales que han sido beneficiados por tales leyes? ¿A través del Boletín Oficial? ¿Los diarios? ¿Internet? ¿Podemos imaginarnos a las gallinas de corral yendo a comprar el Boletín Oficial para enterarse de las últimas novedades legislativas en torno a los “derechos del animal”?. Estas preguntas, cuyas respuestas conocemos (al menos las personas cuerdas deberían), denotan lo irracional de todo este tema.
Esta reductio ad absurdum sirve para demostrar cuales son las preguntas que deberían responder los partidarios de otorgar “derechos” a los animales, ya sea que se los considere “sujetos” o “personas”, lo cual -desde mi punto de vista- no modifica en absoluto su más completa imposibilidad.



[1] Ossorio Manuel. Diccionario de Ciencias Jurídicas Políticas y Sociales. -Editorial Heliasta-1008 páginas-Edición Número 30-ISBN 9789508850553. pág. 634
[2] Ossorio Manuel. Diccionario de Ciencias…. ob. Cit. pág. 634
[3] Ossorio Manuel. Diccionario....Ob. Cit. Ídem. Pág. 115
[4] Ossorio Manuel. Diccionario....Ob. Cit. ídem. Pág. 921

¿Estado "de bienestar" o capitalismo?



Por Gabriel Boragina ©

El capitalismo no tiene nada que ver con los gobiernos. Por ende, menos tiene que ver con gobiernos "de ricos o de burócratas". Los gobiernos siempre están conformados por burócratas. Y los burócratas se hacen ricos gracias al poder del gobierno. Perennemente ha sido así, salvo honrosas excepciones. Por ello, es del todo incorrecto hablar de "gobiernos capitalistas" lo cual es una aberración ya que, por su propia naturaleza, los gobiernos son anticapitalistas en la medida que ninguno de ellos puede jamás producir absolutamente nada, y el capitalismo es un sistema de producción por encima de cualquier otra consideración.
La mayoría de las personas son ideológicamente anti-capitalistas en tanto que sostienen que "lo ideal" son modelos "intervencionistas", "mixtos", "híbridos", etc., que combinen "lo mejor" del capitalismo y del socialismo. Más allá que no puede hallarse ninguna certeza empírica sobre qué cosa podría catalogarse como "lo mejor" del socialismo, yo no conozco ningún caso de "éxito" de economías "híbridas", ni pasados ni presentes, aun cuando la mayoría de los planes económicos mundiales son de este tipo. Es decir si, son exitosos para sus burócratas, los directores al frente del gobierno y su corte de pseudo-empresarios prebendarios, pero no lo son para nadie que no forme parte de dicho círculo. A partir de la "hibridez", el nivel de vida de esos pueblos cayó en comparación al que tenían a comienzos del siglo XX. En lo que el capitalismo se respeta, pueden mostrar algunas variables positivas. Pero el balance neto es regresivo. Altas tasas fiscales son negativas respecto del nivel de vida de esos pueblos.
Se mencionan -como "modelos"- los casos de los países nórdicos, o de Europa occidental y los denominados "tigres asiáticos" como "ejemplos" de casos "exitosos" de intervencionismo económico o "mixto". Si por "éxito" lo que se quiere decir -en este contexto- es "riqueza", los datos de la historia económica nos revelan que aquellos eran mucho más ricos antes de la primera guerra mundial de lo que lo son hoy. La diferencia radica en que desde el fin de la primera guerra ha avanzado mucho el socialismo. En términos relativos, son menos ricos, aun cuando estén por encima de los países hispanoparlantes. En Latinoamérica existe más socialismo que en Europa y que en U.S.A. Por eso, es comparativamente más pobre, a pesar de sus criollos esquemas "híbridos" que los hunden más en la indigencia. En Argentina, la tasa de fiscalidad gira en torno al 45 % y cada vez hay más necesitados.
En esta línea, el "éxito" de los países europeos occidentales, los nórdicos, y asiáticos, radica en que son mas capitalistas que "híbridos", y no a la inversa. No hay un solo caso de "hibridez" exitoso. Después de la segunda guerra mundial Europa recibió un fuerte impulso económico en virtud del denominado Plan Marshall de postguerra, lo que permitió -en gran medida- la recuperación alemana y de las demás naciones devastadas por la contienda. Los fondos del "plan Marshall" fueron provistos por los contribuyentes de un país con una economía mayormente capitalista (los EEUU). Y si bien fueron otorgados a Europa por el gobierno americano, no quita su origen capitalista (capitales privados).
Lamentablemente, la inyección de capitales recibidos en Europa en virtud de dicho plan no fue adecuadamente aprovechada por los países recipiendarios, en la medida que se reemplazó el fascismo y nazismo por el "estado benefactor" o "de bienestar", no se abandonó el comunismo, ni se implantó una economía capitalista en ninguno de los países que habían estado involucrados en la conflagración. Con todo, se logró un restablecimiento importante que superó el de otras partes del mundo (exceptuando a los EEUU). Pero sería un gravísimo error creer o atribuir al intervencionismo o a la hibridez económica la reconstrucción. Por el contrario, esta se obtuvo merced a la adopción de cierto libre comercio (interno y externo) fuertes desregulaciones de precios y salarios, bajas tasas fiscales, reducción del gasto público, etc. Es decir todas medidas capitalistas.
El gobierno destruye riqueza. Jamás la crea, ni menos aun la "nivela". En el mejor de los casos, le quita a "Juan" para darle a "Pedro". Con lo cual, "Juan" pasa a ser pobre y "Pedro" rico. Es decir, es "un juego de suma cero". La redistribución (esencia del "paradigma mixto" en el que el capitalista produce lo que el gobierno reparte) no crea riqueza. A lo máximo la estanca, pero no la aumenta. Pretender lo contrario es un oxímoron. Argentina es otro ejemplo de país con una alta tasa de redistribucionismo, y a la vez una tasa creciente de pobreza. El resto de Latinoamérica no está en condiciones demasiado diferentes.
Relativo a las populares políticas redistributivas, lamentablemente, la historia no confirma la "tesis" en cuanto a que "quitarle al rico mejora al pobre". Tanto la teoría como la práctica nos dicen lo contrario. Hay suficiente evidencia empírica al respecto.
El capitalismo nada tiene que ver ni con la "autocracia" ni la "corporatocracia", porque son antiéticos estos esquemas con el capitalismo. Como explicó L. v. Mises: el capitalismo es el orden de cooperación social por excelencia, no superado por ninguno otro. El capitalismo no es un sistema político, sino económico.
Por desgracia, quedan pocos países capitalistas hoy en día. Y cada vez menos. Y no subsisten porque tengan "políticas públicas" socialistas, sino a pesar de ellas. Argentina es otro ejemplo de país con "políticas públicas" por toneladas. Y ¡cada vez es más pobre! EEUU declina en la medida que aumenta la cantidad de "políticas públicas". Y así sucede en el resto del planeta. Es una relación proporcionalmente inversa.
Nada hay "gratis" en la vida. Ni educación, ni seguro médico, ni seguro de desempleo, ni vivienda, ni préstamos. Todo tiene un costo. Nada es gratis. Seria hermoso que hubiera algo "gratis". Pero no existe. Todo eso se financia vía impuestos que pagan todos, ricos y menesterosos. Ninguno se salva de pagar impuestos. Hasta el mendigo de la calle los paga vía menor nivel de vida. Nadie se escapa de sufragar directa o indirectamente. Lo que no paga "Juan" es porque lo costeó "Pedro". Y lo que "Pedro" no solventó es porque "Juan" lo pagó. Ni Juan ni Pedro lo recibieron "gratis". Esto es una ley de la naturaleza, más que de la economía.

El liberalismo, la libertad de expresión y de culto



Por Gabriel Boragina ©

Es muy frecuente que la gente caiga en el error de suponer que el liberalismo propugna un sistema social sin límites, donde cualquiera haga y diga lo que se le dé la gana siempre, en todo momento, en todo lugar y a cualquier costo. Nada más lejos de la verdad. Los que así opinan y creen, no saben absolutamente nada de la esencia de la sociedad libre (a veces también llamada sociedad abierta, liberal o expresiones equivalentes que nosotros usamos de manera indistinta por considerarlas a todas ellas sinónimas).
La libertad pregonada por el liberalismo es la libertad responsable, y no hay otra manera en que el liberalismo entienda la palabra libertad más que esta. En el sistema liberal, libertad y responsabilidad son solamente dos caras de la misma moneda. Siempre van juntas, nunca separadas.
El liberalismo implica que mi libertad termina donde empieza la libertad de mi prójimo, y el límite de una y de otra libertad -en una sociedad libre- siempre viene dado por el contrato o por la ley. Ya sea de manera contractual o de manera legal (en rigor lo convenido esta subsumido en lo legal) la sociedad liberal determina los límites y la esfera dentro de la cual las personas han de ejercer sus respectivas libertades.
Implícito al liberalismo es el marco institucional donde, desde la Constitución hasta el contrato es a lo que todo el mundo ha de sujetarse. En su sistema, todos somos iguales ante la ley.
Esto incluye tanto la libertad de acción como la de expresión. Sólo podemos proceder y expresarnos libremente en tanto y en cuanto, tal acción o manifestación no implique (ya sea a sabiendas o presumiblemente) un perjuicio a otro (u otros). Pero -en última instancia, y en caso de conflicto al respecto- quien establece en una sociedad liberal si existe o no un daño, es el poder judicial que, por la propia definición del liberalismo, ha de estar separado y ser independiente del poder ejecutivo y del legislativo. Y ello siempre a instancia de quien se considerare personalmente agraviado y no en ningún otro caso.
Lo contrario a esto sería lo opuesto al liberalismo, configuraría la sociedad autoritaria o la dictadura, en la que unos se arrogan el derecho a decidir e imponer a los demás “qué es” y lo “qué no es” la “libertad” y hasta donde se puede ejercer. Que -en este caso- ya no sería “libertad”, sino algo menos que eso, una especie de semi-libertad o una caricatura de ella, dado que quien debería definirla seria el dictador de turno (cargo al que muchos -si bien inconfesablemente- aspirarían).
En el liberalismo, nadie, ni gobernantes ni gobernados están autorizados a imponer por la fuerza sus creencias, convicciones, credos o acciones -o ausencia de ellas- en tal sentido contra ninguna otra persona, sea una o muchas. La sociedad abierta es la sociedad del respeto integral al otro, lo que implica el respeto absoluto a su conciencia, a sus ideas, de sus dichos y de sus acciones, siempre y cuando -reiteramos porque a veces no se entiende- ninguna de esas ideas, dichos, acciones, manifestaciones, etc. ocasionen un menoscabo a un tercero.
Esto alcanza obviamente también a la libertad religiosa y de conciencia. El respeto liberal incluye no burlarse agresiva, reiterativa, desafiante y provocativamente de las creencias (religiosas o anti-religiosas) que otros abriguen, aunque sean por completo contrarias a las nuestras. Pero, nuevamente, será el contrato, la ley o la sentencia de un juez (siguiendo todas las instancias que la misma ley establezca) quien fijará si existe o no la “ofensa” que se alega, y se actuará en consecuencia. Es así y de este modo cómo se mueven las sociedades liberales.
En las sociedades autoritarias, por el contrario, impera el pensamiento único, la justicia por mano propia, el atropello, la fuerza y la violencia, la imposición y la cárcel, ya vengan desde la cúpula del poder o desde el llano. Esto es lo que desean los antiliberales.
En suma, en el liberalismo no existe un “derecho a blasfemar o a ofender” como algunos -ya sea por ignorancia o por error, lo mismo da- anhelan ellos mismos creer y -(lo que es peor) intentan hacer creer a los demás. Mal podría la filosofía de la suma consideración al prójimo (la liberal) alegar semejante barrabasada. Porque el liberalismo es la antítesis del libertinaje y no su símil. La sociedad abierta es la sociedad del orden y de la deferencia estricta al otro. En todo caso, quien se considere damnificado por otro, deberá acudir ante los tribunales para hacer valer su derecho y obtener el pertinente reconocimiento judicial al que se siente acreedor. Y si aquel logra sentencia favorable, la misma deberá ser cumplida y respetada por quien hubiere perdido el pleito. Así actúa una genuina sociedad liberal.
Dado que lo que es muy gracioso para uno puede ser terriblemente ofensivo para otro (y viceversa), el límite entre el chiste y el agravio se traza a través del acuerdo voluntario entre las partes implicadas. Y cuando tal arreglo contractual se viola, por cualquiera de ellas o por ambas, es ante la justicia donde se dirime la cuestión en el derecho liberal.
Para ello a tal efecto, en los códigos penales liberales existen las figuras típicas de los delitos de calumnias e injurias, y una rica jurisprudencia prescribe -en cada caso concreto- el alcance que estos tipos penales tienen y qué hechos son los que los conforman e incluyen.
El liberalismo es un orden, y como tal, contrario al caos y a la desorganización. Se desenvuelve dentro de las instituciones que el mismo orden liberal establece. Estas son: una Constitución republicana, con estricta y férrea limitación del poder político; división de poderes (ejecutivo, legislativo y judicial) cada uno con su propio imperio en su específica esfera, armonía y paz social por excelencia, en donde las libertades se ejercen dentro del marco del contrato y de la ley, lo que también se ha llamado la sociedad contractual en oposición a la sociedad hegemónica que quieren los antiliberales (por definición autoritarios y pro-dictadores).

Los "derechos sociales"



Por Gabriel Boragina ©

Es frecuente que se diga que los "derechos sociales" han de prevalecer sobre los derechos individuales. De allí que resulte de vital importancia establecer -con la mayor claridad y precisión posible- qué es lo que se entiende por unos y otros "derechos" y –fundamentalmente- si existen en esencia "derechos" que pueden ser diferentes en el modo apuntado. Comencemos entonces desde una visión dada por el iusnaturalismo que resulta enriquecedora a este respecto:
"Contemporáneamente también han distorsionado el significado del iusnaturalismo los patrocinadores de los llamados “derechos sociales”, los cuales se traducen en seudoderechos. Esto último es así debido a que para otorgar a alguien los aludidos “derechos sociales”, necesariamente, se lesiona el derecho de otra persona, lo cual vulnera, el aspecto medular del iusnaturalismo, cual es el reconocimiento de derechos a todas las personas. A todo derecho corresponde una obligación; la propiedad de alguien implica la obligación universal de respetársela; en cambio sí, por ejemplo, se pretendiera otorgar a alguien el “derecho a la vivienda” esto implicaría que un tercero tendría la obligación de proporcionársela sin que éste haya contraído deuda con el supuesto “sujeto de derecho”.[1]
Bajo este concepto se advierte claramente que los designados “derechos sociales” implican, en contexto, un despojo o la petición de tal, habida cuenta que imponen una carga a uno o más sujetos en favor de otro o más sujetos, sin que ninguno de los involucrados hubiera entablado relaciones contractuales entre sí como para crear vínculos de débito o crédito entre las partes. Se nos dice aquí que el iusnaturalismo importa "el reconocimiento de derechos a todas las personas", por lo que debemos entender que lo hace en la medida que acepta en cada persona un especifico individuo, lo que -en suma- equivale a expresar que, desde la óptica iusnaturalista, lo que se impone es la afirmación de los derechos individuales, esto es, el de cada persona en particular que, en conjunto, configura ese aludido "reconocimiento de derechos a todas las personas". Veamos a continuación otra forma o manera de enfocar el tema:
"Tan importantes son los derechos individuales que merecen una fundación filosófica sólida. Si un liberal clásico mantiene que la libertad o los derechos individuales son valores últimos, un colectivista puede siempre parlotear que las libertades o derechos sociales son más nobles que aquellos sólo egoístas de los individuos. Pero no hay felicidad social distinta de la felicidad de los individuos. Es más sólido relacionar las libertades y derechos al criterio de felicidad que intuirlos directamente."[2]
Evidentemente, se hace hincapié sobre la falacia tan difundida por el pensamiento colectivista por la cual "lo social" vendría a ser algo por completo diferente a "lo individual", como si se trataran de entidades distintas y separadas, y no sólo eso sino que sabemos que la demanda colectivista es que tal etérea forma denominada "social" tendría "objetividad propia", con independencia y por encima de la realidad "individual". En verdad, la falsedad se devela con mucha facilidad: "lo social" no es otra manera más que de simplificar lo que representan las acciones, intereses o pensamientos de un número de individuos, cantidad que puede ser más grande o más pequeña, pero cuyo tamaño no importa ningún cambio de naturaleza, ni de sustancia que permita inferir ni concluir que habría independencia y, menos aún, supremacía entre "lo social" y "lo individual".
La cuestión se agrava cuando esta categoría -inexistente objetivamente- nombrada “derechos sociales” procuró -y finalmente obtuvo- rango constitucional:
"En el Perú y América latina, liberales fueron las Constituciones del siglo XIX. Tenían dos partes: La primera y más importante declaraba los derechos de las personas a la vida, propiedad y libertad. Incluían las garantías de la ley previa al delito y el debido proceso, el no impuesto sin representación, y los derechos de expresión, y libertades de culto, imprenta, etc. Prohibían a los Gobiernos recortar o reglamentar estos derechos humanos individuales, considerados básicos y naturales, propios y consustanciales de todos los individuos libres. La siguiente declaraba las potestades de los órganos de Gobierno. Establecía la forma como eran elegidos y constituidos, sus poderes y atribuciones. Y sus límites. Después de varias décadas aparecieron los “derechos sociales”, muchos de ellos contrarios a los individuales, al igual que los presentes supuestos derechos humanos llamados de “tercera y cuarta generación”. Se inscribieron “derechos” a la educación, vivienda, salud, etc., confundiendo derechos con aspiraciones. Y se aumentaron los poderes y atribuciones de los Gobiernos y sus órganos, pensando que de este modo ellos lograrían cumplir estas aspiraciones."[3]
Esto sucede precisamente cuando –como señalábamos- se intenta superponer los “derechos sociales” a los individuales alegando que se tratan de dos tipos de "derechos diferentes" y que unos (los "sociales") deben prevalecer sobre los individuales. Es decir, cuando se parte de la presencia de un "conflicto" (en rigor imaginario) entre dos clases de "derechos". Algo similar sucede con el pleonasmo "derechos humanos" redundancia que denota la contradicción de suponer derechos "no humanos", como podrían ser un "derecho mineral, vegetal o animal", cuando el derecho sólo adquiere sentido como creación exclusiva y excluyentemente humana.
Como decíamos, en los hechos, la falsa categoría "derechos sociales" ha servido y sigue sirviendo para desplazar y desconocer derechos intrínsecos y propios de las personas y como instrumento que utilizan los gobiernos y sus amigos -entre los que se cuentan grupos beneficiados por sus políticas-, para acrecentar su dominio sobre otros grupos y otras personas disidentes. Los “derechos sociales” son una expresión que -en definitiva- enumera una lista de deseos de algunos sujetos (o de muchos) que para su concreción necesita del sacrificio de otros prójimos, con lo cual -en realidad- los “derechos sociales” se revelan como derechos grupales o sectoriales, lo que da cuenta de su verdadera naturaleza y finalidad. Los mecanismos para materializar tales “derechos sociales” son múltiples, pero el denominador común de todos ellos siempre es el mismo: la expoliación de unos en su perjuicio para lograr la satisfacción de otros en su beneficio, lo que resulta en lo que se ha dado en llamar un juego de suma cero, en que lo que ganan unos lo es –irremediablemente- porque otros lo han perdido.


[1] Alberto Benegas Lynch (h) "NUEVO EXAMEN DEL IUSNATURALISMO". Revista Libertas IV: 7 (Octubre 1987) Instituto Universitario ESEADE. Pág. 10
[2] Leland Yeager. "BASES RIVALES DEL LIBERALISMO CLÁSICO". Revista Libertas XIII: 44 (Mayo 2006) Instituto Universitario ESEADE. Pág. 475.
[3] Alberto Mansueti - Jose Luis Tapia Rocha. LA SALIDA. o la solución a los problemas económicos y políticos del Perú, Venezuela y América Latina- Edición ILE. Perú. Pág. 157

El derecho de propiedad y su violación

Por Gabriel Boragina © Desde todos los ángulos imaginables se reclaman con urgencia "políticas públicas" como supuesta y ú...