Una sociedad más "solidaria"

Por Gabriel Boragina ©

El clamor popular por mayor "solidaridad" no sólo es recurrente, sino que también resulta ya acostumbrado. Pero son pocos quienes a la hora de interrogarlos sobre este reclamo son capaces de explicar con claridad a qué se quieren referir, y menos aun puede encontrarse dentro de estos quienes conozcan las raíces del término.
Como no podía esperarse menos de él, es nuevamente L. v. Mises quien explica mejor el tema:
"En décadas recientes pocos son los que han logrado permanecer inmunes al éxito de la crítica socialista al orden social capitalista. Incluso aquellos que no desearon capitular ante el socialismo han intentado de diverso modo actuar de acuerdo a su crítica de la propiedad privada de los medios de producción. De tal modo han originado sistemas mal diseñados, eclécticos en su teoría y débiles en su política, que buscaron una reconciliación de sus contradicciones. Pero pronto cayeron en el olvido. Sólo uno de aquellos sistemas encontró repercusión: el sistema autodenominado solidarismo. Este ha arraigado sobre todo en Francia; no sin razón fue calificado como la filosofía social oficial de la Tercera República. Fuera de Francia se conoce menos el término “solidarismo”, pero las teorías que originan al solidarismo constituyen el credo sociopolítico de muchos que tienen inclinaciones religiosas o conservadoras y que no suscriben el socialismo cristiano o de estado. El solidarismo no se destaca ni por la profundidad de su teoría ni por la cantidad de sus adherentes. Lo que le confiere cierta importancia es su influencia sobre muchos de los más grandes hombres y mujeres de nuestro siglo."[1]
Hoy en día, el término solidarismo no es tampoco muy usual, pero sí en cambio son frecuentes las continuas apelaciones a la solidaridad. Incluso en forma redundante recurriendo al pleonasmo "solidaridad social". Superfluidad tremenda, porque si la solidaridad no fuera "social" ¿entre quienes otros que no fueran los humanos podría practicarse la solidaridad?
L. v. Mises expone en qué consiste verdaderamente el solidarismo así:
"El solidarismo busca colocar otras normas. Por Encima de éstas. Son esas otras normas las que así se convierten en la ley fundamental de la sociedad. El solidarismo reemplaza el derecho de propiedad por una “ley superior”; en otras palabras, materializa su abolición.
Desde luego que los solidaristas no desean ir tan lejos. Dicen que sólo desean limitar la propiedad, pero mantenerla en principio. Pero cuando se ha ido tan lejos como para establecer límites a la propiedad diversos de aquellos que emanan de su propia naturaleza, uno ya ha abolido la propiedad. Si el propietario sólo puede hacer con sus bienes lo que se le prescribe, lo que pasa a dirigir la actividad económica nacional no es la propiedad sino el poder que prescribe sus usos."[2]
En referencia a entornos contrarios a la sociedad abierta, enseña el Dr. Benegas Lynch (h):
"En estos contextos, la solidaridad, la caridad y la filantropía resultan degradadas. Se degradan cuando irrumpe aquella contradicción en términos denominada “estado benefactor”. La beneficencia, la caridad y la filantropía se realizan con recursos propios y de modo voluntario. El uso de la fuerza es incompatible con un acto de caridad. El mal llamado “estado benefactor” no sólo reduce los ingresos de quienes podrían haber ayudado a su prójimo sino que transmite la malsana idea de que es el aparato de fuerza el encargado de “ayudar” a los más necesitados, con lo que, como ha apuntado Wilhelm von Humbolt, muchos tienden a desligarse de lo que hubieran sido bienhechoras inclinaciones naturales para con el prójimo. Por otra parte, quienes reciben ingresos fruto de la coacción resultan disminuidos moralmente o, si no tienen dignidad, se convierten en activistas alegando “derechos” al bolsillo ajeno. Como han demostrado autores como Wolfe y Cournvelle, existe un estrecho correlato entre libertad y caridad y opera una especie de “Ley de Gresham” devastadora cuando el aparato de fuerza se arroga tareas “caritativas” desplazando a la genuina filantropía."[3]
Justamente la filosofía solidarista es la que reivindican los populismos que padecen los países latinoamericanos bajo los regímenes de los Kirchner en Argentina, Morales en Bolivia, Correa en Ecuador y el comunismo chavista venezolano. Pero no solamente sucede en las demagogias populistas, también otro tanto puede observarse en el resto del mundo. Dado que el solidarismo se ha extendido sobre la faz de la tierra de manera asombrosa. Y el problema ya se conocía en el siglo XIX, cuando Bastiat exclamaba:
"Al cabo de sus sistemas y esfuerzos parece que el socialismo, por más complaciente que sea consigo mismo, no puede dejar de ser el monstruo de la expoliación legal. ¿Pero qué hace? Lo disfraza hábilmente a los ojos de todos, hasta a los suyos propios, bajo seductores nombres de fraternidad, solidaridad, organización, asociación. Y en razón de que nosotros no pedimos tanto a la ley, porque no exigimos de ella sino justicia, el socialismo supone que rechazamos la fraternidad, la solidaridad, la organización y la asociación, lanzándonos el epíteto de individualistas.
 Sépase pues que lo que rechazamos no es la organización natural sino la organización forzada.
 No es la asociación libre, sino las formas de organización que pretende imponernos.
 No es la fraternidad espontánea, sino la fraternidad impuesta.
 No es la solidaridad humana, sino la solidaridad artificial, que no es otra cosa que un injusto desplazamiento de responsabilidades.
 No repudiamos la solidaridad humana natural bajo la Providencia."[4]
Lamentablemente, en su siglo, Bastiat no fue escuchado, y se siguió avanzando en el camino equivocado que él alertaba.


[1] Ludwig von Mises. "SOCIALISMOS Y PSEUDOSOCIALISMOS" Extractado de Von Mises, Socialism: An Economic and Sociological Analysis, capítulos 14 y 15. La traducción ha tenido como base la versión inglesa publicada por Liberty Classics, Indianápolis, 1981. Traducido y publicado con la debida autorización. Estudios Públicos, 15. Pág. 25 a 28
[2] L. v. Mises, Ob. Cit. idem anterior.
[3] Alberto Benegas Lynch (h) Entre albas y crepúsculos: peregrinaje en busca de conocimiento. Edición de Fundación Alberdi. Mendoza. Argentina. Marzo de 2001. Pág. 124 y 125.
[4] Frédéric Bastiat. La ley. Pág. 14

La mejor educación

Por Gabriel Boragina ©

 

El debate en torno de la educación parece interminable y, desde hace décadas, gira generalmente en torno a la misma cuestión, que consiste en responder a la pregunta ¿educación pública o privada?

Tal como dijimos en nuestra obra titulada, precisamente, La educación, la interrogación anterior –a nuestro juicio- está mal formulada o planteada y, en su lugar, la verdadera cuestión tendría que ser: ¿quién educa mejor el "estado" o el privado?

Lo primero a tener en claro por quien pretenda tratar de responder a esta última pregunta, es que el gasto en educación es una inversión, tal y como lo explica Ludwig von Mises:

"El hombre, como decíamos, dentro siempre de los rigurosos límites señalados por la naturaleza, puede cultivar sus innatas habilidades especializándose en determinados trabajos. El interesado o sus padres soportan los gastos que la aludida educación exige con miras a adquirir destrezas o conocimientos que le permitirán desempeñar específicos cometidos, Tal instrucción o aprendizaje especializa al sujeto; restringiendo el campo de sus posibles actividades, el actor incrementa su habilidad para practicar predeterminadas obras. Las molestias y sin­sabores, la desutilidad del esfuerzo exigido por la consecución de tales habilidades, los gastos dinerarios, todo ello se soporta confiando en que las incrementadas ganancias futuras compensarán ampliamente esos aludidos inconvenientes. Tales costos constituyen típica inversión; estamos, consecuentemente, ante una manifiesta especulación. Depende de la futura disposición del mercado el que la inversión resulte o no rentable. Al especializarse, el trabajador adopta la condición de especulador y empresario. La disposición del mercado dirá maña­na si su previsión fue o no acertada, proporcionando al interesado las correspondientes ganancias o infiriéndole las oportunas pérdidas. "[1]

Lo que nos dice aquí L. v. Mises, es que la educación jamás es gratuita, y esto se cumple así, ya sea cuando "El interesado o sus padres soportan los gastos que la aludida educación exige" para ese propio interesado, o cuando ese "interesado o su padres" financian la educación de otras personas. En este último supuesto es cuando se habla de educación "pública", la que nosotros preferimos denominar simplemente "estatal" o la sufragada a través de los impuestos.

¿Por qué optamos por llamar estatal a la usualmente designada educación "pública". Sencillamente porque la educación rotulada "privada" también es pública, porque está dirigida al público en cuanto a la oferta educativa en si misma por un lado, y por el otro si por "pública" quisiera significarse "gratuita", ya hemos visto que ninguno de los tipos de educación lo son, ya que ambos sistemas requieren de financiamiento para su creación, sostenimiento y funcionamiento, con lo que la diferencia radica no en que una es "gratis" y la otra no, sino que los recursos necesarios para costear uno y otro sistema son aportados directamente por el educando o sus padres (en el caso de la llamada educación "privada") en tanto que en el otro son ingresados por la totalidad de los contribuyentes, incluyendo dentro de ellos a quienes no quieren o no pueden concurrir a ninguna clase de establecimiento educativo, ni estatal ni privado, situación en la que se encuentran las capas más pobres de la sociedad.    

Algunos autores hacen hincapié en la necesidad de competencia en el ámbito educativo, como el Dr. A. Benegas Lynch (h) al citar a Gary Becker cuando este dijo:

"[...] el análisis moderno de la competencia ha sido excesivamente estrecho. Se circunscribe y se limita a los mercados donde aparecen precios monetarios en la venta de bienes y servicios y donde las corporaciones buscan utilidades. Como, por ejemplo, el mercado de las bananas, los automóviles, las peluquerías y similares. Pero las ventajas de la competencia no sólo se ponen de manifiesto en aquellos mercados. La competencia también beneficia a las personas en áreas tales como la educación, la caridad, la religión, la oferta monetaria, la cultura y los gobiernos. En realidad la competencia resulta esencial en todos los aspectos de la vida, independientemente de las motivaciones y la organización de los productores, ya se trate de transacciones donde está involucrada la moneda o en aquellos donde no aparecen cotizaciones en términos monetarios [...] "[2]

Por su lado, el Dr. Krause resalta el valor de la libertad para educarse, cuando dice:   

"Algunos países pueden haber alcanzado una buena esperanza de vida al nacer o un determinado acceso a conocimientos, pero una vida dirigida por otros, restringida por controles y mandatos y una educación sesgada son más bien “restricciones” que logros de una vida completa. El individuo tiene que tener más opciones para vivir su vida como crea que merece ser vivida, para obtener el conocimiento que estime importante y, seguramente, esta capacidad de decidir le permitirá finalmente contar con los recursos necesarios." [3]

Entendemos que la referencia a una educación sesgada, alude no sólo a los conocimientos que se imparten en las sociedades dirigistas, sino también al financiamiento de aquella, lo que tiene especial vinculación con lo que comentamos anteriormente en relación a la observación de L. v. Mises. 

El financiamiento de la educación estatal a través de impuestos sesga, necesariamente, el acceso a la educación de aquellos que son alcanzados por el tributo, porque reduce sus oportunidades de educarse o -en forma directa- las suprime cuando la sumatoria de ingresos es igual o inferior al total de impuestos que se pagan. Esto implica que resulta falso el insistente cacareo demagógico por el cual se quiere convencer a la gente de que la educación estatal es "para todos". Nada de esto es cierto. La educación estatal necesariamente será el privilegio de unos pocos que, no obstante, a través del sistema fiscal han costeado su propia educación y la de otros.   



[1] Ludwig von Mises, La acción humana, tratado de economía. Unión Editorial, S.A., cuarta edición. Pág. 909.

[2] Alberto Benegas Lynch (h), "A propósito del conocimiento y la competencia: punto de partida de algunas consideraciones hayekianas". Disertación del autor en la Academia Nacional de Ciencias Económicas el 18 de junio de 2002, pág. 19

[3] Martín Krause. Índice de Calidad Institucional 2012, Pág. 7

Los impuestos son fuente de corrupción

Por Gabriel Boragina ©

Los impuestos, además de crear pobreza y desigualdad como ya hemos explicado , son fuente de corrupción y de latrocinio. Y esto sucede porque -en si mismo considerado- el impuesto no es más que un robo. Así lo vieron numerosos autores en el curso de la historia hasta nuestros días.
Uno de los economistas que proporciona una de las mejores descripciones acerca de lo que es un impuesto es, a mi juicio, Murray N. Rothbard cuando enseña:
"En una economía de trueque, los funcionarios gubernamentales sólo tienen una manera para expropiar recursos: apoderándose de ellos en especie. En una economía monetaria, encuentran más fácil apoderarse de activos monetarios, usando luego el dinero en la adquisición de bienes y servicios para el Estado, o también para entregarlo en calidad de subsidio a ciertos grupos favorecidos. Tal apoderamiento es llamado gravación impositiva."[1]
Como bien explica este prestigioso economista, la finalidad del impuesto es la de expropiar recursos apoderándose de ellos, en suma robando la propiedad ajena. El robo –como en la cita lo aclara- puede ser en beneficio del propio gobierno, o alternativamente en beneficio de otros, a quienes el gobierno desea favorecer, generalmente por razones electoralistas, con lo cual los subsidios otorgados por el mismo, funcionan como una suerte de soborno, muchas veces con un carácter claramente extorsivo. A partir de esta premisa del todo exacta y bastante completa, no será difícil deducir el papel que juegan los impuestos en el crecimiento de la corrupción.
En este sentido, uno de quienes explica con más luminosidad la concatenación entre los impuestos y la corrupción es el Dr. Alberto Benegas Lynch (h) con estas ilustrativas palabras:
“Donde no se obedece la ley, la corrupción es la única ley. La corrupción está minando este país. La virtud, el honor y la ley se han esfumado de nuestras vidas”. ¿De quién es esta frase? El autor de Patas arriba: la escuela del mundo al revés, Eduardo Galeano, nos da la respuesta: Al Capone en entrevista publicada en “Liberty” el 17 de octubre de 1931. Invito a los lectores que hurguen en sus mentes y piensen en esta frase y digan, si es posible en voz alta y bien fuerte para que otros oigan, con quienes se les ocurre establecer un correlato. Creo que no se necesita ser muy imaginativo e ingenioso para que irrumpan a galope tendido las figuras de la abrumadora mayoría de nuestros políticos latinoamericanos, retratados en grandes carteles, luciendo amplias sonrisas libidinosas y siempre acompañados de inmensas letras que condenan la corrupción, alaban la justicia, arremeten contra la frivolidad, pulverizan la pobreza y aplauden la transparencia en los actos de gobierno. Estas figuras siniestras, pegajosas y por momentos truculentas, estampas arquetípicas del cinismo y la hipocresía, incluyen en sus peroratas y letanías las ventajas de la sociedad abierta, los mercados libres y el consiguiente respeto a los derechos de todos. No se me ocurre un despropósito de más grueso calibre ya que no dejan de alimentar la obesidad estatal produciendo brincos permanentes en el gasto público y los consecuentes estragos de la participación gubernamental en la renta nacional y, como no alcanzan los permanentes manotazos de los impuestos, endeudan desaprensivamente a esta y a futuras generaciones a través de la emisión de títulos varios que siempre tienen denominaciones cacofónicas cuando no recurren a terminología que suena a supositorio."[2]
Dado que los impuestos son uno de los medios a través de los cuales se financia el gasto público, no deja de ser obvia la correlación entre el impuesto y la corrupción. Por eso mismo agrega:
"Cada vez más suben los impuestos para no entregar prácticamente nada como contrapartida, mientras los consabidos fariseos de las pseudofinanzas machacan con el equilibrio fiscal no importa si los contribuyentes sobreviven al reiterado experimento. Con un poco de imaginación para salirse del brete conservador, debería prohibirse el endeudamiento público por incompatible con la democracia, ya que compromete patrimonios de futuras generaciones que no participan en el proceso electoral del que resulta elegido el gobernante que contrajo la deuda. Debería también liquidarse la banca central que siempre destruye el valor del dinero y permitirse que la gente elija los activos monetarios de su preferencia tal como se ha fundamentado en múltiples ensayos de gran calado y, entonces, que se las arreglen los gobernantes con ingresos presentes formados por los impuestos, al tiempo que deben estimularse y aplaudirse las rebeliones fiscales como signo de dignidad y autoestima cuando los gobiernos se extralimitan."[3]
En virtud de que el impuesto es la savia que alimenta a la burocracia estatal y que esta, por su misma definición, tiende a auto-expandirse, encontramos en este último hecho la explicación al porque los gobiernos siempre se extralimitan, ya sea tanto en sus gastos como en sus crecientes exacciones fiscales. Y esto es sabido desde muy antiguo, por eso el gran Frédéric Bastiat exclamaba:
"¿Acaso no tengo también a mi favor la experiencia? Tended la mirada sobre el globo. ¿Cuáles son los pueblos más felices, más morales y más apacibles? Son aquellos en que menos interviene la ley en la actividad privada, donde menos se hace sentir el gobierno; donde la Individualidad tiene más Iniciativa y la opinión pública más influencia; donde los rodajes administrativos son menos numerosos y complicados; los Impuestos menos pesados y menos desiguales"[4]
Sin embargo, la realidad de nuestros días todavía está muy lejos de la sabia descripción de Bastiat. Diríamos más aun: se aleja cada vez más de ella.


[1] Murray N. Rothbard, Moneda, libre y controlada. Ensayo sobre el origen y función de la moneda. (segunda edición ampliada) Edición Fundación Bolsa de Comercio de Buenos Aires auspiciada por el Centro de Estudios sobre la Libertad, 1979, págs. 89-90.
[2] Alberto Benegas Lynch (h). "El mundo al revés de Eduardo Galeano". "Perfil", México, No. 73, agosto de 1999.
[3] Alberto Benegas Lynch (h) "La antipolítica llega al poder". La Nación. Viernes 29 de marzo de 2013
[4] Frédéric Bastiat. La Ley. Pág. 32

Los limites a la libertad

Por Gabriel Boragina ©

 

Siempre ha sido y parece que siempre será –posiblemente- fuente de debate cuáles han de ser los concretos y correctos límites a la libertad. La cuestión adquiere relevancia por supuesto, entre aquellos que son partidarios de la libertad y no entre sus enemigos. Sin embargo, aun entre quienes dicen hallarse a favor de la libertad e incluso del liberalismo, es frecuente observar cierta confusión que, inadvertidamente, los lleva a ponerse del lado de los enemigos de las libertades, es decir, de los enemigos del liberalismo. Analicemos a continuación algunos de tales desconciertos o malos entendidos sobre el liberalismo.

"En su Tratado de Derecho político general, Faustino J. Legón estudia el liberalismo: significaciones, factores incidentes, matices, crisis, persistencia de la idea liberal, neo-liberalismo y él obsesivo estatismo (7). Manifiesta: "Debida, parece, a madama de Staél, la palabra liberalismo tuvo muy amplia difusión, pero sin conservar estricta unicidad de significado. Liberalismo y democracia son términos que no resultan antitéticos, aunque tampoco se confunden ni en la práctica coinciden sus más o menos legítimas aplicaciones, pues caben una política liberal no democrática y una política democrática no liberal. La excesiva plasticidad de esos vocablos en el uso a que se vieron sometidos obliga a ceñirlos a una precavida labor de esclarecimiento. En términos generales, liberalismo y política liberal significan la decidida inclinación por el valor libertad en los trámites de la convivencia, en los planteos sociales, en la conducta reconocida o impuesta al poder político."

Dependiendo de lo que se llame "democracia" puede decirse que, en términos generales, esta caracterización es más o menos correcta, y resulta compartida por un número no menor de significativos autores. Sin embargo, el mismo Dr. Legón dice seguidamente:

"Con todo, la peculiar intensificación y algunos aspectos de la libertad, de sus bases intelectuales o filosóficas o de sus aplicaciones concretas en la maraña de los negocios humanos, han configurado perceptible variante en el complejo concepto del liberalismo y en el no menos complicado aspecto de sus resultados efectivos. Una imprudente o excesiva aplicación de normas destinadas a dejar en libre maniobra las actividades individuales inescrupulosas, lejos de garantizar la libertad concreta de muchos individuos, los somete a presiones agravantes y a una vida de sujeción intolerable."[1]

Por lo visto, el autor en examen, se inclina por aquella corriente que afirma que las libertades individuales son "otorgadas" por normas o leyes, y no son propias ni originarias de la naturaleza humana. Esta postura suele recibir el nombre de positivísimo jurídico, y es lamentablemente, muy común de observar en personas con formación jurídica. Por supuesto que, si se cree que las libertades individuales emanan de una norma del Congreso, ello se presta a arbitrariedades de todo tipo, y sólo en este caso se correrán los peligros de los cuales advierte Legón. Pierde de vista este jurista que sólo la ley puede conferir "Una imprudente o excesiva aplicación de normas destinadas a dejar en libre maniobra las actividades individuales inescrupulosas", además de no percibir lo que los grandes liberales han enseñado sobre el liberalismo, que lejos está de prohijar un resultado como el que describe Legón. Y continúa así:

 "Esa índole de advertencias, además, se conecta con otras aprensiones nacidas de la observación de procesos históricos-sociales sumamente ilustrativos: se ha imputado al liberalismo ingenuo el peligro de llevar al Estado a una posición negligente y sin energía, de convertirlo en una caparazón de instituciones huecas sin más alcance que mantener una paz externa, engañosa, ficticia."[2]

Más allá de que Legón no prueba sus dichos, tal como ha señalado Ludwig von Mises (entre otros) el liberalismo ha tenido escasa aplicación en el mundo, y nunca donde allí se lo hiciera lo fue en el 100 % de sus postulados.

"De manera penetrante señaló Satayana en sus páginas acerca de La ironía del liberalismo el trasfondo suicida de la incondicionada conducta liberal: el liberalismo simplemente ha dejado libre el campo en el cual toda alma y todo interés de empresa pueden luchar contra los demás por el dominio. Cualquiera sea el vencedor en esta lucha, puede poner fin al liberalismo...".[3]

Este error de comparar el liberalismo como si fuera "la ley de la selva" es desafortunadamente harto frecuente. Como ha explicado el Premio Nobel de Economía Friedrich A. von Hayek y muchos otros, el liberalismo es fundamentalmente un orden, el orden del mercado, o en las propias palabras de Hayek un orden espontáneo. Son muchos los que no comprenden la naturaleza humana, la que casi instintivamente rehúye y abomina del caos. También se ha explicado que, la libertad conlleva como necesaria contracara la responsabilidad de nuestros actos, y que si no somos libres no podemos ser responsables de los mismos.

Se ve que tampoco ha entendido dicho autor que, quien limita las libertades de otros se atribuye dichas libertades a sí mismo. Llevado esto al terreno político-económico, cuando el estado-nación -a través del gobierno- condiciona al liberalismo, quien "ha dejado libre el campo en el cual toda alma y todo interés de empresa pueden luchar contra los demás por el dominio" es precisamente ese mismo estado-nación quien, como históricamente se ha comprobado, ha abusado donde ha podido contra las libertades individuales. Prueba de ello son las leyes proteccionistas, de controles de precios y salarios, las leyes fiscales creadoras de tributos exorbitantes y –finalmente- confiscatorios, leyes laborales que generan desempleo, etc. Todo lo cual, suprime cualquier vestigio de "incondicionada conducta liberal" para reemplazarla por otra "incondicionada conducta estatal".

Concordamos, no obstante, con la acotación formulada por el Dr. Casas cuando expresa: "En un sentido filosófico, liberalismo puede significar el reconocimiento amplio de la autonomía, del individuo y de la persona, otorgándoles valor espiritual supremo, sin reservas de ninguna índole." [4] Este nos parece un enfoque cercano a la autentica concepción liberal.



[1] Absalón Casas "Liberalismo" en Enciclopedia Jurídica OMEBA. TOMO 18 letra L Grupo 07, pág. 14 a 24

[2] Casas, A. Óp. Cit. Ídem anterior.

[3] Casas, A. Óp. Cit. Ídem anterior.

[4] Casas, A. Óp. Cit. Ídem anterior.

El Derecho (7° parte)

Por Gabriel Boragina © “F. La coerción jurídica en la práctica. Saliendo ahora del aspecto puramente filosófico y emplazando el tema...