Mitos antiliberales

Por Gabriel Boragina ©

 

La mitología antiliberal es muy vasta y antigua, y también lo es así la literatura tejida en torno de ella. Los enemigos del liberalismo trabajan en campos muy diversos e, incluso, muchos militan dentro de sus propias filas.

José Ortega y Gasset atribuía el antiliberalismo al espíritu de rebaño:

"La actitud del hombre frente a la libertad nos da la pauta del liberalismo. Ya decía José Ortega y Gasset en El Espectador: "Ahora, por lo visto, vuelven muchos hombres a sentir la nostalgia del rebaño. Se entregan con pasión a lo que en ellos había aún de ovejas. Quieren marchar por la vida bien juntos, en ruta colectiva, lana contra lana y la cabeza caída. Por eso, en muchos pueblos de Europa andan buscando un pastor y un mastín. El odio al liberalismo no procede de otra fuente. Porque el liberalismo, antes que una cuestión de más o menos en política, es una idea radical sobre la vida: es creer que cada ser humano debe quedar franco para henchir su individual e intransferible destino`. Y aplicando este concepto a un histórico caso concreto, opina: "A esto lleva el intervencionismo del Estado: el pueblo se convierte en carne y pasta que alimentan el mero artefacto y máquina que es el Estado. El esqueleto se come la carne en torno a él. El andamio se hace propietario e inquilino de la casa. Cuando se sabe esto, azora un poco oír que Mussolini pregona con ejemplar petulancia, como un prodigioso descubrimiento hecho ahora en Italia, la fórmula: todo por el Estado; nada fuera del Estado; nada contra el Estado. Bastaría esto para descubrir en el fascismo un típico movimiento de hombres masa. Mussolini se encontró con un Estado admirablemente construido no por él, sino precisamente por las fuerzas e ideas que él combate: por la democracia liberal. Él se limita a usarlo incontinentemente; y sin que yo me permita ahora juzgar el detalle de su obra, es indiscutible que los resultados obtenidos hasta el presente no pueden compararse a los logrados en la función política y administrativa por el Estado liberal. Si algo ha conseguido, es tan menudo, poco visible y nada sustantivo, que difícilmente equilibra la acumulación de poderes anormales que le consienten emplear aquella máquina en forma extrema".[1]

Estas palabras de Ortega y Gasset escritas en 1931 asombran por su actualidad y vigencia, a la luz de los acontecimientos que se viven en el mundo de nuestros días y -en particular- en la Latinoamérica populista. Recordemos que en el año que el insigne filósofo español escribía estas palabras, Hitler aun no había ascendido al poder en Alemania, de quien se podrá decir otro tanto o peor que lo que escribía sobre Mussolini.

Hay pues en el antiliberalismo un trasfondo psicológico, por el cual el antiliberal teme a hacerse cargo de su propia vida y le aterra la idea de enfrentar y construir su propio destino. Para ello estima que debe servirse de otros por un lado y esclavizar al resto por el otro. O quizás mejor expresado, servirse de esos pastores y mastines de los que habla Ortega, para que estos -a su turno- obliguen a entrar en el rebaño a quienes se niegan a tener un destino de dóciles ovejas sometidas.

Indudablemente, en el antiliberalismo operan también otras negativas emociones humanas, tales como la envidia, el recelo al exitoso y la vanidad, entre otras, las que actúan todas emparentadas, para dar como triste fruto a la personalidad antiliberal. Estas características humanas tan lamentables, son infaltables en el perfil de todo dictador o aspirante a serlo.

"...para Carlos Sánchez Viamonte "el liberalismo no es otra cosa que el sistema jurídico institucional creado en el siglo XVIII y aplicado en el siglo XIX con el propósito de asegurar la libertad para el individuo humano, y así contemplado es evidente que no ha perdido su vigencia para nuestro tiempo. Desde nuestro punto de vista realista —decía B. Mirkine Gueizevich en 1935—, el derecho interno es la técnica de la libertad, y el derecho internacional, la técnica de la paz". Distingue el liberalismo político del liberalismo económico. "El término liberal y el concepto de liberalismo han tenido siempre dos aplicaciones distintas según se trate del liberalismo político o del liberalismo económico» es decir, según se refiera a los derechos de la personalidad humana o a las relaciones patrimoniales que suscita la convivencia. Solamente los juristas y economistas especializados en esta materia han hecho el distingo entre uno y otro liberalismo, y han comprendido a ambos en la denominación."[2]

En realidad, no estamos de acuerdo con esa distinción entre liberalismo "económico y político" ya sea como opuestos o como simplemente diferentes. El error –a nuestro juicio- cosiste en creer que existe una especie de divorcio entre esas "relaciones patrimoniales que suscita la convivencia" y "los derechos de la personalidad humana", cuando -en realidad- las primeras derivan de los segundos. Si se quiere mantener dicha artificial "separación" entre ambos, es admisible hacerlo teniendo en claro que se tratan de dos fases o etapas de un mismo proceso, ya que las llamadas "relaciones patrimoniales" no consisten en otra cosa, en última instancia, más que de transferencias de derechos de propiedad de las personas, sobre todo o parte de ese patrimonio que se menciona, de donde se deduce que no existe tal tajante "separación", más que la de un proceso temporal.

Por otro lado, también resulta un equívoco que se suponga que los "derechos de la personalidad humana" deriven de un proceso político, ya que sostenemos –siguiendo a otros autores- que los derechos de los individuos no son fruto ni creación de ningún proceso político, sino que son originarios y anteriores a cualquier proceso o fuente política. En todo caso, podrá hablarse (y con reservas) de liberalismo político para hacer mención al sistema que reconoce esos derechos.

 



[1] Dr. Absalón D. Casas. Voz "liberalismo", en Enciclopedia Jurídica OMEBA, TOMO 18 letra L Grupo 07, págs. 14 a 24.

[2] Casas, Absalón, óp. Cit. En nota anterior.

La mentalidad autoritaria

Por Gabriel Boragina ©

 

Normalmente –en la terminología política- se suele designar autoritarismo a una forma de gobierno, cuya característica distintiva es la manera en que se ejerce el poder que detenta. Pero, a veces, es interesante detenerse a indagar cuáles son las causas profundas que subyacen en los modos autoritarios de ejercer el poder, raíces que subyacen y hasta trascienden lo meramente político, que es el lado habitual desde el cual se suele abordar el tema por la mayor parte de los autores. En materia de autoritarismo, lo político es una mera derivación de lo filosófico, como nos da a entender K. R. Popper con las siguientes palabras:

"El hombre puede conocer; por lo tanto, puede ser libre. Tal es la fórmula que explica el vínculo entre el optimismo epistemológico y las ideas del liberalismo.

Al vínculo mencionado se contrapone el vínculo opuesto. El escepticismo hacia el poder de la razón humana, hacia el poder del hombre para discernir la verdad, está casi invariablemente ligado con la desconfianza hacia el hombre. Así, el pesimismo epistemológico se vincula, históricamente, con una doctrina que proclama la depravación humana y tiende a exigir el establecimiento de tradiciones poderosas y a la consolidación de una autoridad fuerte que salve al hombre de su locura y su perversidad. (Puede encontrarse un notable esbozo de esta teoría del autoritarismo y una descripción de la carga que sobrellevan quienes poseen autoridad en la historia del Gran Inquisidor de Los Hermanos Karamazov, de Dostoievsky.)" [1]

 Es por esta razón que el autoritarismo ha de negar forzosamente la libertad, pero con la advertencia que esa negación no es consistente, por cuanto lo que el autoritario niega es todas las libertades ajenas, menos la suya propia. Pero no se detiene ahí, porque la negación de la libertad de los demás implica necesariamente en quien lo hace el paso siguiente de imponer su autoridad por sobre todos esos demás, de quienes se niega que sean o puedan ser libres. Quien dice que el hombre no es libre se contradice a sí mismo, (por cuanto para ser coherente debería negar su propia libertad) en la medida que pretenda dirigir a otros. Si, por el contrario, afirma de todos (inclusive de sí mismo) la inexistencia de libertad, se trata simplemente de una mentalidad esclavista (el reconocerse no-libre involucra necesariamente admitirse esclavo).

Sigue K. R. Popper así:

"Pero la teoría de que la verdad es manifiesta no sólo engendra fanáticos —hombres poseídos por la convicción de que todos aquellos que no ven la verdad manifiesta deben de estar poseídos por el demonio—, sino que también conduce, aunque quizás menos directamente que una epistemología pesimista, al autoritarismo. Esto se debe, simplemente, a que la verdad no es manifiesta, por lo general. La verdad presuntamente manifiesta, por lo tanto, necesita de manera constante, no sólo interpretación y afirmación, sino también re-interpretación y re-afirmación. Se requiere una autoridad que proclame y establezca, casi día a día, cuál va a ser la verdad manifiesta, y puede llegar a hacerlo arbitraria y cínicamente. Así muchos epistemólogos desengañados abandonarán su propio optimismo anterior y construirán una resplandeciente teoría autoritaria sobre la base de una epistemología pesimista. Creo que el más grande de los epistemólogos, Platón, ejemplifica esta trágica evolución."[2]

Precisamente esto se observa en el campo de la política por doquier. Los políticos que aspiran al poder, proclaman en discursos y entrevistas, ser más o menos poseedores y detentadores de esa "verdad manifiesta". Mientras hablan de "consensuar", en los hechos y una vez posesos ya del poder, sólo se los observa imponer a troche y moche. Su límite estará dado exclusivamente por aquellos a quienes tales políticos (ya en función de gobierno), intentan someter a cualquier costa. Ejemplo vivo de esta última actitud la encontramos en los populismos latinoamericanos de los Kirchner en la Argentina, Morales en Bolivia, Correa en Ecuador y el comunismo chavista venezolano, movimientos todos estos que guardan -en lo esencial- una indisimulable similar vocación autoritaria. 

A pesar de que estos autócratas –como muchos otros antes que ellos en la historia, tales como sus inspiradores, Hitler, Mussolini y Stalin- invocarán la "autoridad" que les confiere "el pueblo", no obstante ello, sus actos demuestran día a día que esa "autoridad" que presuntamente declaman haberles sido "delegada", en rigor se la están auto-atribuyendo ellos mismos. Y aunque esa "delegación" fuere cierta en un primer momento, sus largas permanencias -a cualquier precio- en la cima del poder, indican a las claras, tanto su falta de legitimidad como su ausencia de autoridad, porque ningún ciudadano confiere autoridad para ser atropellado en sus derechos ni para que se restinga su libertad, salvo, claro está, que nos encontremos frente al caso de un pueblo exclusivamente compuesto por serviles esclavos.

Por otra parte, resulta muy ilustrativo recordar la etimología del término, aspecto sobre el cual nos instruye el Dr. Alberto Benegas Lynch (h) de esta manera al referirse a los "derechistas":

"Por último, tienen una idea autoritaria de lo que significa la autoridad, palabra esta última que según el diccionario etimológico deriva de autor, de creador, con la consiguiente connotación de peso moral, es decir, en este contexto, la autoridad no puede escindirse de la conducta no importa la investidura ni la profesión de quien la detente. En este sentido, el autoritarismo es una degeneración de autoridad. El uso de la fuerza de carácter ofensivo siempre mina la supuesta autoridad de quien la ejerce. En este sentido, como queda dicho, es deber del ciudadano libre el renegar de “autoridades” que se conducen como sátrapas, sea cual sea la posición que ocupen en la sociedad"[3]

Según este enfoque –que compartimos- el autoritarismo sería simplemente el término que sirve para definir el uso de la fuerza de carácter ofensivo, y quien recurre al empleo de esta fuerza ofensiva carece -desde ese mismo momento- de cualquier clase de autoridad.



[1] Karl R. Popper. Conjeturas y refutaciones El desarrollo del conocimiento científico. Edición revisada y ampliada - ediciones PAIDOS Barcelona-Buenos Aires-México. pág. 26

[2] K. R. Popper, ob. Cit, pág. 30

[3] Alberto Benegas Lynch (h) "La caja, las normas y la autoridad". Este artículo fue publicado originalmente en El Diario de América (EE.UU.) el 29 de diciembre 2011.

El gobierno, la pobreza y la riqueza.

Por Gabriel Boragina ©

 

Es muy frecuente que mucha gente piense que un "buen" gobierno es aquel que "mejora" la situación patrimonial de todo el mundo que vive bajo su égida o -al menos- de la mayoría de la población. Esta popular corriente de pensamiento es, precisamente, la que sirve de sustento a creaciones político-económicas como las llamadas "estado de bienestar" o "estado benefactor", cuya esencia radica en no otra cosa que en lo que Ludwig von Mises -y otros autores de la Escuela Austriaca de Economía- han denominado intervencionismo, una de cuyas características principales es necesariamente la redistribución de ingresos, esencia y doctrina fundamental de aquellas "escuelas" del "bienestar".

Sin embargo, y justamente por la popularidad de estos sistemas tan erróneos, es dificultoso que mucha gente entienda que los gobiernos no pueden hacer eso. Un gobierno absolutamente neutral en materia económica, es decir, no intervencionista, no mejorará ni empeorará las particulares economías de sus gobernados, dejando enteramente en manos de estos los destinos del manejo y administración de sus patrimonios. Si, en cambio, ese gobierno decidiera intervenir para redistribuir ingresos, indefectiblemente las consecuencias serán diferentes, a saber: en el mejor de los casos, lo que unos ganen pasará a manos de otros que no hayan ganado lo mismo; en el peor de los casos, los que antes ganaban mas, luego ganarán menos, y en el mediano o largo plazo todos pasarán a ganar menos que en situaciones previas al acto intervencionista.

Esto sucede por muchas razones, siendo una de las más importantes como las políticas redistributivas invierten la dirección en la que actúan los incentivos y desincentivos. Si "A" obtiene ganancias a través de su trabajo honesto, este último operará como incentivo para "A" y como desincentivo para el ocio. Si "B" recibe como "ganancia" lo que "A" produce, esto incentiva a "B" al ocio. Si en una segunda situación, "B" vuelve a recibir lo que es de "A" como en la anterior oportunidad, esto incentivará al ocio de ambos (A y B) y desincentivará la inclinación a trabajar también en los dos. Este efecto típico de toda política redistributiva o de "bienestar" se traduce en un malestar real y efectivo para todos, incluyendo a los que se pretenderían "beneficiar" en el "estado benefactor".

Los mal llamados "estados benefactores" sólo pueden existir porque antes que ellos no existían tales "estados benefactores", lo que es otra manera de decir que, sólo puede repartirse "generosamente" lo que hoy (o antes) alguien produjo a través de su trabajo. La producción y apropiación del fruto de su trabajo por parte de los individuos es rasgo típico de las sociedades capitalistas, y no de los estados "benefactores", ni de las izquierdas, ni de los progresismos y menos aun de los populismos, todos los cuales estos últimos, lo único que terminan redistribuyendo es miseria. Estos colectivismos, levantan como "bandera" la "lucha contra el lucro". Pero, como dijimos en otra parte:

"El sentido común le dirá al lector que todo el mundo actúa movido por el lucro (en su verdadero significado que dejamos aquí consignado); pero posiblemente se le escape al lector que un colectivista jamás se guía por el sentido común, sino por sus abstrusas teorías; "teorías" que en rigor, no tienen nada de tales, ya que como hemos tenido oportunidad de examinar, no se tratan más que un compendio de manejos emocionales, de fuerte carga negativa, orientados con alguna "habilidad" hacia un fin establecido, que en pocas palabras, podría sintetizarse como el robo legal. El robo legal vendría a ser algo así como aquella historia de Robin Hood, un bandido legendario que merodeaba los bosques de Sherwood, pero que poseía la particularidad de que el botín de sus atracos no tenía como destinatarios, ni al propio Robin ni a ninguno de los miembros de su banda. La leyenda de Robin Hood y el personaje, en sí mismo, pasó a la historia como el paladín del bandido "héroe" que "robaba a los ricos para darle a los pobres". Su leyenda, antes y después de que se conociera, era curiosamente, el sistema económico que imperaba en la mayoría de los países del mundo; sistema en el que los gobiernos hacían –y aun hacen- las veces de Robin Hood según sus discursos, proclamas y hasta plataformas partidarias; pero que en los hechos, no se ajustan al texto estricto de la leyenda, ya que en la práctica, roban a todo el mundo para darse el botín a sí mismos y, además, generan confusión, porque siguen llamando a este accionar "justicia social"."[1] 

"En primer lugar, es falso que la pobreza tenga que ver con la riqueza: los pobres no son pobres porque los ricos sean ricos. Un rico no es necesariamente un ladrón. Sólo si hay apropiación forzada la riqueza equivale a la pobreza. Por cierto, eso sucede en un caso importante que no es analizado por el progresismo: cuando el Estado nos quita el dinero, ahí sí que se enriquece él a expensas de sus súbditos. En condiciones de libertad el rico no empobrece a los demás ni es éticamente reprochable, al revés de lo que asegura Oxfam.

 En segundo lugar, la pobreza no se supera mediante transferencias de recursos existentes, sino mediante creaciones de riqueza a cargo de los propios pobres, que jamás son considerados como protagonistas por el discurso hegemónico, que los ve como petrificados explotados, incapaces de salir adelante si no viene un poderoso a redistribuir a la fuerza la propiedad ajena.

 Y en tercer lugar, el camelo de Oxfam transmite la sensación de que la política es buena si "lucha contra la desigualdad" hostigando exclusivamente a los millonarios. Pero la política no hace eso nunca, sino que se dedica a arrebatar los bienes a las grandes mayorías, a las que cobra impuestos y ahoga con toda suerte de controles, regulaciones, prohibiciones y multas; grandes mayorías, por cierto, que no reciben la atención de Oxfam ni de ninguna voz del buenísimo predominante".[2]



[1] Nuestro libro, La credulidad, Ediciones Libertad, pág. 59.

[2] Carlos Rodríguez Braun .OXFAM EUREKA. Fuente: Centro Diego de Covarrubias

 http://centrocovarrubias.com/node/437

 

La izquierda fascista

Por Gabriel Boragina ©

 

Aunque ya nos hemos referido a este tema, nunca está de más darle un nuevo enfoque, sobre todo en épocas de creciente confusión conceptual y terminológica. Mantenemos nuestra tesis ya expuesta, en cuanto a que el fascismo puede ser tanto de izquierda como de derecha, considerando relativas estas dos últimas expresiones. Lo mismo cabe decir respecto de los vocablos "progresismo" y "populismo", nuevamente puestos de moda por regímenes como los de los Kirchner en Argentina, Morales en Bolivia, Correa en Ecuador y el comunismo chavista venezolano.

El Dr. Benegas Lynch (h) echa mucha luz sobre el tema cuando dice:

"En realidad, tanto los nazis como los fascistas, al permitir el registro de la propiedad de jure pero manejada de facto por el gobierno, lanzan un poderoso anzuelo para penetrar de contrabando y más profundamente con el colectivismo respecto del marxismo que, abiertamente, no permite la propiedad, ni siquiera nominalmente. Si miramos con alguna atención a nuestro mundo de hoy comprobaremos el éxito del nacionalsocialismo y del fascismo, que sin necesidad de cámaras de gas ni de campos de concentración avanzan a pasos agigantados sobre áreas clave que sólo son privadas en los papeles (en verdad, privadas de toda independencia) como la educación, las relaciones laborales, los bancos, los transportes, los medios de comunicación, el sector externo, la moneda y tantos otros campos vitales."[1]

Por supuesto, la Argentina del FpV no escapa en modo alguno a esta sabia cita.

Y acierta nuevamente el citado profesor cuando agrega que: "...en los hechos, son muchos más los que suscriben las políticas del fascismo y el nacionalsocialismo con el aval de quienes inocentemente se autotitulan de izquierda. Si bien el origen histórico de las izquierdas radica en la oposición al poder en épocas de la Revolución Francesa, luego degeneró en el uso y en el abuso para provecho propio."[2]

L. v. Mises traza analogías entre el keynesianismo, el marxismo y el fascismo, con las siguientes palabras:

"De este modo [Samuelson], luego de servirnos una versión recalentada del tema de la giovanezza, de Mussolini, nos ofrece otros remanidos lemas del fascismo, tales como “la ola del futuro”. Sin embargo, sobre este mismo punto, otro colaborador, el Sr. Paul M. Sweezy, no está de acuerdo. En su opinión, Keynes, corrompido por “los efectos del pensamiento burgués”, condición a la que pertenecía, no es el salvador de la humanidad, sino sólo un precursor cuya misión histórica es preparar la mentalidad británica para la aceptación del marxismo puro, y hacer que Gran Bretaña alcance la madurez ideológica para llegar a un socialismo total."[3]

Dado que casi todos los populismos y progresismos siguen -de hecho- políticas económicas keynesianas, podemos concluir con el eminente economista austriaco que, se inscriben dentro de lo que ha clasificado como lo que sintéticamente podemos denominar como socialismo marxi-fascista.

 El Dr. Santos Mercado Reyes, adopta un enfoque similar cuando dice:

"Significa que no se comprenden los paradigmas. Un poco de gobierno en la economía y otro poco de iniciativa privada, ¿qué fundamento teórico sostiene esta mezcla? Supuestamente la teoría de Lord Keynes, sin embargo es una teoría sin fundamento económico, llena de contradicciones e incoherencias como ya lo señalara gente como Ludwig von Mises, Friedrich von Hayek, Hazlitt, Milton Friedman, etc. Sin embargo cabe preguntarse ¿y por qué con tantos defectos tomó hegemonía? la respuesta es que respondía a una oleada mundial de socialismo-fascismo. Además, a los gobernantes de ese tiempo les simpatizaban hombres que justificaran la concentración del poder en sus manos. "[4]

Agregaríamos que en estos tiempos la cuestión no parece demasiado diferente.

El eminente filósofo K. R. Popper alude a las consecuencias morales del fascismo así:

"El nazismo y el fascismo han sido derrotados completamente, pero debo admitir que su derrota no significa que hayan sido derrotadas la barbarie y la brutalidad. Por el contrario, es inútil cerrar los ojos ante el hecho de que esas odiadas ideas lograron algo semejante a la victoria en la derrota. Debo admitir que Hitler logró degradar el nivel moral de nuestro mundo occidental y que en el mundo actual hay más violencia y fuerza bruta que la que habría sido tolerada aun en la década posterior a la primera guerra mundial. Y debemos enfrentar la posibilidad de que nuestra civilización pueda ser destruida finalmente por esas nuevas armas que el hitlerismo nos tenía destinadas quizás hasta dentro de la primera década después de la segunda guerra mundial. Pues, sin duda, el espíritu del hitlerismo ganó su mayor victoria sobre nosotros cuando, después de su derrota, usamos las armas que la amenaza del nazismo nos llevó a crear."[5]

El espíritu de confrontación que alimentan el progresismo y el populismo actual en la región, tornan alarmantemente vigentes estas palabras de K. R. Popper.

Como decíamos al comenzar, nuestra opinión es que resulta irrelevante decir que el fascismo es de izquierda o es de derecha, y -en el punto- adherimos en un todo a la postura del Dr. Alberto Benegas Lynch (h), extendiendo estas consideraciones a los llamados "progresismos" y "populismos" actuales que, del mismo modo, pueden ubicarse a la derecha o la izquierda. Creemos que estas políticas son -en el fondo- no otra cosa que fascistas, en el sentido en que los autores citados emplean el vocablo. A esa línea responden los populismos de los Kirchner, Morales, Correa y el chavismo que referimos con anterioridad.

 

 



[1] Alberto Benegas Lynch (h) "Izquierdas y Derechas, Parientes". Publicado por La Nación, Buenos Aires. 1.9.10

[2] Alberto Benegas Lynch (h) idem. Art. Cit nota anterior.

[3] Ludwig von Mises. "CONVERTIR PIEDRAS EN PAN, EL MILAGRO KEYNESIANO". Revista Libertas XII: 43 (Octubre 2005) Instituto Universitario ESEADE.

[4] Santos Mercado Reyes El Fin de la Educación Pública. México. pág. 40-41

[5] Karl R. Popper. Conjeturas y refutaciones El desarrollo del conocimiento científico. Edición revisada y ampliada - ediciones PAIDOS Barcelona-Buenos Aires-México. pág. 425.

El Derecho (7° parte)

Por Gabriel Boragina © “F. La coerción jurídica en la práctica. Saliendo ahora del aspecto puramente filosófico y emplazando el tema...