El retorno absolutista

Por Gabriel Boragina ©

 

No son pocos los políticos que gustan auto titularse de "progresistas", pero que el análisis de sus dichos y hechos revelan un decir y un pensar propio de la antigüedad. Esto ocurre, por ejemplo, entre los populistas latinoamericanos, que -en rigor- sin decirlo expresamente, proponen (y practican) un retorno al absolutismo. Pero ¿qué es el absolutismo? :

"Etimológicamente, representa la idea de estar desligado de algo. De ahí la doctrina del Derecho romano que, con respecto al príncipe, afirmaba su condición de legibus solutus o sea de desligado de las leyes en el sentido de que se le consideraba por encima de ellas y aun como fuente de las mismas. Si nos atenemos a la definición de la Academia, el absolutismo es el sistema de gobierno absoluto, es decir, independiente, ilimitado, sin restricción alguna.

El régimen absolutista, característico de las monarquías medioevales y que perduró hasta fines del siglo XVIII, responde a un criterio de unidad, y de ahí que en el rey se concentren todos los poderes, contrariamente a lo que sucede en las democracias modernas —llámense repúblicas o monarquías constitucionales—, cuyo principal fundamento deriva de la división de los poderes del Estado como medio de compensación de las tendencias despóticas que pudieran animar a cualquiera de ellos."[1]

Como dijimos muchas veces, el populismo progresista latinoamericano se estructura sobre la base de un "líder, jefe o caudillo", sin ideología precisa en el que "se concentren todos los poderes", lo que lo convierte en un equivalente a un rey moderno, por lo que no cabe ninguna duda que su gobierno se trasforma en un régimen absolutista que es "contrariamente a lo que sucede en las democracias modernas —llámense repúblicas o monarquías constitucionales—, cuyo principal fundamento deriva de la división de los poderes del Estado como medio de compensación de las tendencias despóticas que pudieran animar a cualquiera de ellos" su negación.

El populismo progresista es entonces por antonomasia, un sistema de concentración de poder, oponiéndose al liberalismo, que es -contrariamente- otro de desconcentración y descentralización del poder. Ergo, no es de extrañar la hostilidad que este "progresismo" totalitario destila contra el liberalismo.

Tampoco hay que dejarse engañar por las tediosas peroratas de los progre-populistas que se llenan la boca hablando incesantemente de "democracia", porque mientras se dedican todos los días a concentrar para su propio beneficio el poder en cada uno de sus actos, la democracia es un sistema "cuyo principal fundamento deriva de la división de los poderes del Estado como medio de compensación de las tendencias despóticas que pudieran animar a cualquiera de ellos", sin perjuicio de que otros autores atribuyen la división de poderes a la república. Pero de lo que no cabe ninguna duda, es que el progre-populismo no tiene nada ni de democracia (en el sentido señalado) y muchísimo menos de república (en el concepto clásico de este término) sino que es su opuesto.

Dado que el progre-populismo deviene -por su propia dinámica- en un régimen despótico (definido como aquel en el cual se concentran todos los poderes) encontramos una nueva analogía mas entre el moderno progre-populismo y el régimen absolutista del pasado, con lo cual comprobamos otra vez que de verdadero "progresismo" no tiene nada, sino que representa una vuelta al pasado monárquico absolutista. No hay nada más antiguo ni mas caduco que el progresismo, ni nada más falso ni que menos represente la realidad que esta denominación.

Para Ossorio:

"Absolutismo. Sistema del gobierno absoluto. El concepto de absolutismo  suele estar referido a las monarquías en las que el monarca estaba por encima de la ley  (legibus solutus), puesto que era la fuente de ésta. Tal concepto, que pudo ser aplicable sin restricciones a las monarquías orientales, no lo era a las occidentales, pues los reyes o emperadores anteriores a los regímenes constitucionales tenían ciertas limitaciones a su absolutismo, impuestas unas veces por la tradición y la costumbre y otras por imposición directa de los gobernados; así, en todo lo referente a la designación y al orden sucesorio.

Precisamente por eso las monarquías absolutas no deben confundirse con los regímenes dictatoriales, tiránicos o totalitarios."[2]

Conforme a este criterio, bien cabe asimilar el progre-populismo a una monarquía oriental, una dictadura, una tiranía o a un totalitarismo, ya que en cualquiera de estos regímenes el líder, jefe, conductor o caudillo esta "por encima de la ley  (legibus solutus), puesto que [es] la fuente de ésta", toda vez que los jefes populistas no tienen obviamente "limitaciones a su absolutismo". Esto lo vemos nítidamente en los progre-populismos latinoamericanos, donde sus "modernos" monarcas y sus hordas vociferantes propician desvergonzadamente reformas constitucionales para perpetuarse en el poder.   

 El absolutismo de estos populistas implica -ni más ni menos- hacer lo que se les da la gana con los recursos de los demás. Es decir, disponer de ellos a su antojo y capricho, y así normalmente advertimos que proceden los modernos populistas absolutos, con sus nacionalizaciones, confiscaciones, apropiaciones y demás atropellos que cometen a diario contra las propiedades de las personas, especialmente de aquellas que no comulgan con su totalitario ideario. 

El progre-populismo deviene en totalitarismo, que Ossorio define así:

"Según la teoría que sirve de base al totalitarismo, su esencia reside en la posibilidad de que el Estado logre un control total no solo de las actitudes y actividades del individuo, sino también de sus voliciones y pensamientos. Los enunciadores del dogma del totalitarismo alemán llegaron a afirmar que “el criterio que inspira las reglas de nuestro sistema parte de la factibilidad del sometimiento del individuo por medio del temor”....Las condiciones básicas para el desarrollo del totalitarismo fueron dadas, involuntariamente, por los elementos integrantes de la “sociedad de masas”, en la que se encuentran en forma incipiente los gérmenes de la “pasión por la unanimidad”. [3]

 

 



[1] Enciclopedia Jurídica OMEBA, voz "Absolutismo". TOMO 1 letra A Grupo 1, pág. 5

[2] Ossorio Manuel. Diccionario de Ciencias Jurídicas Políticas y Sociales. -Editorial HELIASTA-1008 páginas-Edición Número 30-ISBN 9789508850553-pág. 14

[3] Ossorio, Ob. Cit. Pág. 951

La monocracia argentina

 

Por Gabriel Boragina ©

Conforme a la clásica definición del profesor Ossorio:
"Monocracia
Gobierno de uno solo o como autoridad suprema efectiva. No es únicamente sinónimo de monarquía absoluta, sino adecuada calificación para las dictaduras de todo género, aunque sea hoy más frecuente denominarlas autocracias o, sin más, tiranías."[1]

Para el célebre jurista político Maurice Duverger: "En el régimen monocrático —dice — un solo hombre (rey, dictador, emperador, presidente, regente, etc.) forma el gobierno propiamente dicho. En definitiva, el sistema pone de manifiesto una consolidación de la autoridad pública: toda concentración del poder trae aparejado un aumento de poder. La primacía del gobierno está, no obstante, más o menos desarrollada según las distintas variedades de monocracia: real, dictatorial y presidencial". Ahora bien, "la monocracia real o monarquía no es otra cosa que una monocracia hereditaria. Etimológicamente, ambos términos —«monocracia» y «monarquía»— tienen igual significado: gobierno de uno solo"[2]

Conforme hemos venido analizando hasta el momento, no cabe duda que el régimen impuesto en la Argentina por el FpV ("Frente para la Victoria" de los Kirchner) responde a este tipo de gobierno monocrático, ya que si bien ese gobierno declama "ser democrático" la realidad resulta bien diferente. No obsta a lo dicho que ese país formalmente tenga todavía una Constitución que hable de una "república" porque, en los hechos, el gobierno mencionado no cumplió jamás con la letra de la referida Constitución, la que no ha perdido ninguna oportunidad de violar reiteradamente.

Tampoco contraría lo expuesto que se diga que las monarquías sean frecuentemente hereditarias, puesto que las hay electivas también. Al respecto expresa el profesor Greco:
"La transmisión del poder por vía hereditaria es, indudablemente, uno de los caracteres más notorios de la monarquía. Pero no basta para definirla. Y esto no sólo porque se prescinde entonces de la monarquía electiva sino porque se trata de una característica al fin de cuentas secundaria."[3]    

Como decíamos, la existencia de un diseño formal que en la letra asemeja a una república, no implica de modo alguno que este diseño se plasme en la práctica, tal como sucede en la Argentina del régimen del FpV, donde puede hablarse de una monarquía electiva de la que surgiera este gobierno. Las monarquías electivas han sido frecuentes en el curso de la historia. El ya citado profesor Greco comenta al respecto:
"En el caso de las monarquías electivas, la elección puede corresponder al pueblo, a una asamblea o al predecesor. Un ejemplo de elección popular es la sublimatio in clypeo, la exaltación sobre el escudo, practicada entre los pueblos germánicos para elegir a sus caudillos. La elección por una asamblea se ilustra con el ejemplo de la prístina monarquía romana. Allí el rey era elegido por los comicios curiados, que en virtud de un acto distinto y complementario, la lex curíala de imperio, lo investían del imperium; la elección era luego ratificada por el Senado mediante la auctoritas patrum. Por excepción, el procedimiento ha sido también utilizado en la época moderna, como cuando, en 1688, el Parlamento proclamó reyes de Inglaterra a María y su esposo Guillermo, o como cuando las Cortes españolas hicieron lo propio en 1873 con el príncipe Amadeo de Saboya. La elección del sucesor por el antecesor o cooptación es un procedimiento que no se emplea ya sino en caso de que un rey sin herederos adopte a su sucesor, como, por ejemplo, Carlos XIII de Suecia a Bernadotte. Pero el ejemplo más ilustre de cooptación nos lo proporciona el Imperio Romano bajo los Antoninos."[4]

En el caso argentino, si bien formalmente se cumple con toda la parafernalia del sufragio, no puede perderse de vista que, la mayoría de la gente al votar no entiende estar otorgando un "mandato" al elegido en el marco establecido por la Constitución de la Nación, sino que el elector cuando vota lo hace con la intención de transferir el mando (poder que reside en el pueblo) al elegido. En otros términos, no hay una delegación del poder, sino una transferencia lisa y llana del mismo del votante al votado y –finalmente- electo. La diferencia es sustancial, por cuanto ello implica -en los hechos- que el votante se desprende en el acto de votar de su poder soberano, para cederlo en un todo a quien está eligiendo en ese acto y a quien en definitiva resulte el ganador elegido.

Por otro lado, esto se verifica posteriormente en el proceder de los finalmente triunfantes que, una vez en posesión de sus cargos, obran de modo completamente discrecional y arbitrario, sin sentido de responsabilidad alguna de su parte. Hemos denominado a este hecho "crisis de representatividad" que opera en una doble dirección: los elegidos no se sienten representantes de sus electores, y viceversa, los electores no se sienten en absoluto representados por sus elegidos. Este fenómeno que ha sido una constante en la sociedad política argentina desde -podría decirse sin exagerar- la primera vez que se votó en el país, se ha agudizado al extremo bajo el imperio de los Kirchner, a tal punto que se asume ya de modo implícito que, cada simulacro de acto electoral, no es más que una mera formalidad ornamental para continuar conservando la apariencia de una "democracia", reducida esta a una simple "ratificación" de cesión del poder total del elector al elegido. Y donde el elegido, luego del voto, asume el poder y control completo de los votantes en su conjunto.

Bajo los Kirchner, la Argentina ha funcionado como una monarquía electiva del modo explicado. El pueblo "elige" a la familia real y a los cortesanos de la misma, que es -en rigor- la función que cumplen los diputados y senadores en el Congreso.


[1] Ossorio Manuel. Diccionario de Ciencias Jurídicas Políticas y Sociales. -Editorial HELIASTA-1008 páginas-Edición Número 30-ISBN 9789508850553-pág. 604
[2]Duverger, Maurice, Les régimes politiques, París, 1961, pág. 27 y sigs.
[3] Dr. Ignacio Greco. Voz "Monarquía". Enciclopedia Jurídica OMEBA - TOMO 19 letra M Grupo 10, pág. 51
[4] Greco. Op. Cit. Voz "monarquía".

Argentina ¿república o monarquía?

por Gabriel Boragina ©

 

Conforme enseña el Dr. Greco, "El concepto de república es sustancialmente negativo, un concepto, pues, que sólo cabe definir por exclusión. República es, en efecto, toda forma de gobierno que no sea la monárquica. Sólo en polémico enfrentamiento con la monarquía adquiere plena significación y sentido. La distinción entre monarquía y república no es una mera dicotomía conceptual, sino una contraposición dialéctica, polar, de dos términos inseparables. Lo que en ella cuenta por encima de todo son las connotaciones emocionales, la carga afectiva de uno y otro vocablo."[1]

"El sentimiento que la palabra república suscitaba en el romano era, en efecto, algo más que una vaga adhesión a las instituciones surgidas de la revolución de 509 a. de C.: era un tenaz e inveterado odio hacia la monarquía, hacia el gobierno personal. Tito Livio lo expone en impecable prosa al dar comienzo a su relato de la época republicana. "Voy a ocuparme —escribe— de los ilustres hechos realizados, tanto en la paz como en la guerra, por el pueblo de Roma una vez dueño de su destino; de sus magistrados, electos sólo por un año, y de las leyes, que están por encima de los hombres". Empieza, según él, una época de libertad para Roma. Y el origen de ésta no hay que buscarlo en la desaparición del poder real, ya que ha pasado íntegro a los cónsules, sino en la anualidad de la magistratura y particularmente en la sumisión de todos a la ley, sorda e inexorable, que no tiene clemencia ni perdón para quienes la conculcan. Gobierno impersonal, gobierno de la ley: he aquí lo que la palabra república significaba en última instancia para el romano"[2]

De este párrafo se desprenden conceptos de suma importancia, ya que por un lado define a la monarquía como un gobierno personal. Y por el otro, denota las características de la república: "la anualidad de la magistratura y particularmente en la sumisión de todos a la ley, sorda e inexorable, que no tiene clemencia ni perdón para quienes la conculcan. Gobierno impersonal, gobierno de la ley"... "leyes, que están por encima de los hombres". Tales pues serían las características básicas y fundamentalmente diferenciadoras, tanto de la monarquía como de la república.

Dado que en la Argentina rige un gobierno nítidamente personal (el del FpV de C.F. Kirchner) ; que no existe anualidad alguna en los cargos públicos y que ninguno de los funcionarios de dicho régimen se encuentra ni remotamente sumido a la ley ; sumado a que no existe ningún gobierno impersonal, ni menos aun ningún "gobierno de la ley", y que las leyes no sólo no están por encima de los funcionarios de dicho gobierno sino que son permanentemente violadas, pisoteadas o ignoradas por los mismos, no cabe pues ninguna otra conclusión que en la Argentina no existe ninguna "república". Y toda vez que la república es lo opuesto a la monarquía y se define por exclusión de esta, tampoco se presenta ninguna vacilación respecto de que el régimen político argentino es una monarquía. Maquiavelo sintetiza los conceptos precedentes de este modo: "las dos formas en que todo Estado se constituye [son]: la Monarquía y la República...la Monarquía figura de lo uno, la República figura de lo vario"[3]. En Argentina rige lo uno, y se excluye por completo lo vario. Ergo, la conclusión vuelve a ser la misma: en la Argentina del FpV gobierna una monarquía.

Según Harrington "La monarquía absoluta es, en efecto, el gobierno de un hombre y está por consiguiente expuesta a los caprichos y la arbitrariedad de éste"[4]. Desde luego, es lo mismo si es una mujer, y su definición vuelve a reflejar lo ocurrido en Argentina bajo el imperio del FpV. Y agrega: "Mas la república no es el gobierno de uno o varios hombres, sino el gobierno de la ley" que es lo que no sucede en Argentina, donde la "ley" es sólo instrumento de opresión del gobierno contra el pueblo y a favor de la masa adicta. Esta masa -es importante aclarar- no es por si mayoritaria. Por lo que será interesante ver –aunque sea someramente- la diferencia entre masa y pueblo.

"En su República, el orador de Arpiño pone en boca de Escipión el Africano estas palabras, que expresan maravillosamente la idea que los romanos se hacían de ella. "República —dice— es la cosa del pueblo; y por pueblo ha de entenderse, no cualquier tipo informe de agregado humano, sino una colectividad unida por las leyes y el interés común"[5]. Resulta pues, clara la diferencia entre masa y pueblo. Masa es "cualquier tipo informe de agregado humano", en tanto que pueblo es "una colectividad unida por las leyes y el interés común". El FpV gobierna para sí mismo, y para su turba informe. Jamás lo hizo para el pueblo.

"Jellinek —desde un ángulo que pretende ser estrictamente jurídico— entiende que el único criterio válido para diferenciar la república de la monarquía hay que buscarlo en el "modo de formación de la voluntad del Estado'". Si ésta se constituye mediante un proceso psicológico personal, y aparece al mismo tiempo como voluntad física de un individuo determinado, estamos en presencia de una monarquía; si, por el contrario, se constituye mediante un procedimiento jurídico, con intervención de una pluralidad de individuos, estamos en presencia de una república. República es, por consiguiente, la no monarquía, la negación del gobierno del Estado por una persona física".[6]

Va de suyo que en Argentina el "modo de formación de la voluntad del Estado'" se constituye mediante un proceso psicológico personal, y aparece al mismo tiempo como voluntad física de un individuo determinado, [ergo] estamos en presencia de una monarquía".

 

 

               

 

 

 



[1] Dr. IGNACIO GRECO. Voz "República". Enciclopedia Jurídica OMEBA - Tomo 24 Letra R Grupo 09, pág. 42

[2] Greco. Op. Cit. Pag. 42.

[3] Greco. Op. Cit. Pag. 43

[4] Greco. Op. Cit. Pag. 43

[5] Greco. Óp. Cit. Pág. 44

[6] Greco. Óp. Cit. Pág. 45

Qué es el populismo

Por Gabriel Boragina ©

En su ya celebrado diccionario, el Dr. C. Sabino, al definir el populismo (latinoamericano), expresa:
"Los populismos de nuestra región -el plural resulta apropiado, dada la diversidad de las experiencias- se caracterizan por sus imprecisiones ideológicas y por su dependencia de liderazgos personales fuertes y determinantes, lo cual los complementa y a veces hasta los hace indistinguibles de otro fenómeno muy característico de América Latina, el caudillismo, más identificado con la historia del siglo XIX. Esto impidió que llegaran a alcanzar el grado de estructuración ideológica de otros movimientos, por lo que la relación líder-masa adquirió un valor fundamental. En ausencia de una línea política clara y precisa el líder se asemejó al caudillo de otros tiempos, llevando al movimiento por las aguas turbulentas de la cambiante política, acercándose a la derecha o a la izquierda según lo aconsejaran las cambiantes circunstancias de la hora." [1]
Cabe señalar que las imprecisiones ideológicas no implican ni quieren decir que el populismo carezca de ideología. Sino que -por el contrario- la tiene, y la imprecisión reside en que la va modificando o cambiando conforme a sus conveniencias e intereses propios. Esa ideología no es otra que la del caudillo. El populismo es un sistema en el que la masa (no el pueblo) rinde un culto idolátrico a un líder, convirtiéndolo en un semi-dios humano.
Continúa C. Sabino así:
"Entre las primeras manifestaciones del populismo latinoamericano se cuentan las de Brasil y Argentina, donde aparecen dos poderosas personalidades políticas, Getulio Vargas y el Gral. Juan Domingo Perón, que llegaron a dominar la escena de sus países durante muchos años. El mensaje de estos y otros líderes, si bien teóricamente confuso y hasta manifiestamente contradictorio, se distinguió sin embargo por dos rasgos notables: a) lo que podríamos llamar el tercerismo y, b) una vocación de cambio que respondía de algún modo al momento que se vivía en cada país.[2]
Ese tercerismo o Tercera Vía (como se la ha denominado últimamente) no es otra cosa que el intervencionismo estatal, que tanto daño ha hecho y hace a la región, explicado magistralmente por el profesor Ludwig von Mises. Agregamos que el mensaje populista es deliberadamente confuso y manifiestamente contradictorio, y que a la fecha de la redacción de esta definición (1991) el Dr. C. Sabino aun no conocía el comunismo chavista venezolano, que advino al poder mas tarde.
Y sigue exponiendo C. Sabino:
"En un contexto en el que capitalismo y socialismo se enfrentaban de plano en un combate ideológico incesante y donde las dos grandes potencias del mundo estaban comprometidas en la Guerra Fría, el mensaje populista trató de navegar entre las aguas de los sistemas contrapuestos, elaborando fórmulas que, si bien carecían casi siempre de un contenido preciso o aún de viabilidad práctica, resultaban impactantes y capaces de movilizar los sentimientos y las energías latentes en amplios sectores de la población."[3]
En suma, aquí se habla del empleo de la demagogia como instrumento del populismo. Este promete el paraíso en la tierra y esto capta siempre a las mentes más ingenuas o retrogradas. El elemento cuasi religioso, es un componente fundamental en cualquier populismo, lo que lo transforma en una secta mas, que predica una suerte de misticismo terrenal, generoso en la producción de "milagros" que "sólo puede obrar" su líder y ninguna otra persona más. No obstante, recordemos que todas las "terceras vías" o "terceras posiciones" o "tercerismos" fracasaron estrepitosamente, tanto en lo político como en lo económico.
Y agrega el profesor C. Sabino:
"Los populismos latinoamericanos se opusieron al capitalismo existente con una fraseología ardiente que apelaba al pueblo, a los "oprimidos", los "descamisados" y los trabajadores, contra los capitalistas, los terratenientes o los dueños de la riqueza. De allí la verdadera raíz del término, la idea de que el pueblo podía por fin llegar al poder derrotando a la oligarquía y al sistema conservador, y el tono izquierdista y encendido que en muchas ocasiones usaron sus líderes, coqueteando con el comunismo y llegando en ocasiones a establecer ciertas alianzas tácticas con él, aunque poniendo cuidado en diferenciarse siempre de la ortodoxia marxista-leninista. Por eso, aun cuando todos los populismos se opusieron decididamente a la economía de mercado libre y abogaron en consecuencia por una fuerte intervención del estado, tampoco afirmaron que hubiese que estatizar todo el aparato productivo o guiar la economía mediante un sistema de planificación centralizado como el de los países socialistas. El populismo, en síntesis, fue más nacionalista que clasista, más antinorteamericano que prosoviético, más apegado a las grandes fórmulas vacías que a programas claros de gestión económica, con lo que se acercó en muchas de sus manifestaciones, indudablemente, al fascismo".
Lo que reafirma la idea de la deliberada ambigüedad del mensaje populista, cuya estrategia consiste en el manejo del líder, mediante el instrumento de la confusión conceptual y que -en suma- mas tarde o más pronto está destinado en convertirse en fascismo, tal y como las experiencias actuales de la Argentina de los Kirchner, la Venezuela chavista, el Ecuador de Correa, la Bolivia de Morales, etc. lo han demostrado ampliamente. Se tratan de burdas demagogias disfrazadas con el bonito ropaje de la "democracia", pero cuyo culto al líder demuestra a las claras que no son más que ritos cuasi divinos, que ofrecen liturgias y sacrificios a una "deidad" terrena, tan humana y tan falible como sus fanáticos seguidores.
El elemento personalista (esencial de todo populismo) es un infalible caldo de cultivo para la corrupción más rampante, como también lo demuestran los ejemplos dados.
En suma, las conclusiones son evidentes: el populismo se traduce en un cruel sistema de explotación y de miseria agobiante, donde gente ignorante es manipulada y expoliada impiadosamente por líderes sin escrúpulos ni moral de ninguna laya, y que lo único que buscan satisfacer son sus ambiciones personales a costa de sus seguidores.



[1] Carlos Sabino, Diccionario de Economía y Finanzas, Ed. Panapo, Caracas. Venezuela, 1991. Voz "populismo (latinoamericano)
[2] C. Sabino, Diccionario....ob. cit. Ver cita anterior.
[3] Ídem cita anterior.

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