Aproximación al paternalismo

Por Gabriel Boragina ©

paternalismo.
1. m. Tendencia a aplicar las formas de autoridad y protección propias del padre en la familia tradicional a relaciones sociales de otro tipo; políticas, laborales, etc. U. m. en sent. peyor.[1]

El individuo o las sociedades afectadas de paternalismo, suelen ser rígidas y poco flexibles, intolerantes, soberbias y, como señala la definición de la Real Academia Española, autoritarias.  El sujeto paternalista es potencialmente peligroso, y dicho peligro crece exponencialmente en la medida que tal sujeto accede mas y mas a nuevas posiciones de poder.
El daño que un paternalista puede hacer será pues, tanto menor cuanto menor sea su radio de influencia sobre otros, y a la inversa, crecerá en cuanto ese radio social se amplíe, y en esa misma medida.
El paternalista es un afectado por dos síndromes que a su vez, sirven para reconocerlo como tal. Denomino a estos síndromes como el de la regularitis y la legalitis. El paternalista estima y siente que toda actividad social -o la mayor parte de la misma- debe estar regulada y legislada, y su hablar y actuar (en el caso de que tenga alguna posición de poder) se manifiesta en este último sentido. Siente un impulsivo deseo a reglamentar a los demás, siempre conforme a sus gustos personales y pareceres. Es ciertamente un dictador en potencia, y de llegar al poder se convertirá -a no dudarlo- en un dictador en acto.
No necesariamente estará animado por malas intenciones. El paternalista no es en sí mismo un ser perverso. Como muchos padres, quizás alentados por la mejor de las intenciones "querrá lo mejor" para sus hijos. De la misma manera que ocurre a muchos padres, a pesar de que creen conocer "muy bien" a sus hijos, olvidan a menudo que tales hijos son -después de todo y en última instancia- personas diferentes e independientes en su humanidad de sus padres (algo difícil de reconocer incluso a muchos buenos e inteligentes padres). Olvidar que un hijo es, en suma, otra persona y no la misma persona que sus padres, ha traído y sigue trayendo no pocos conflictos familiares, y en lo psicológico, una buena cantidad de traumas de la niñez, que se suelen arrastrar por toda una vida. Esta situación se agudiza muchísimo más cuando el paternalista pretende proyectar su paternalismo fuera del radio específico de su propia familia y pretende asimismo ejercer su paternalismo sobre parientes, amigos, conocidos y -si le resultara posible- sobre la sociedad completa, en la cual se encuentra el inserto. Es el síndrome de la regularitis y legalitis llevado al extremo.
Pero si un padre bueno puede hacer daño cuando cree hacer bien ¿qué podremos esperar de un padre malo? Alguien dijo alguna vez sensatamente que, la mayoría de los padres no están preparados para ejercer su paternidad. Tener hijos es un hecho biológico relativamente simple, no requiere más que copular y ser fértil. Pero ejercer el rol de padre ya es otra cuestión, para la cual, alguien mas dijo que no existe una carrera universitaria ni de ningún nivel medio o inferior que nos eduque para ser padres. Aun así y todo, hay sujetos que pretenden ejercer su paternalismo sobre el resto de la sociedad, y los hay en todas las sociedades. 
En todos lados encontramos estos sujetos paternalistas: en nuestro trabajo, en la universidad, en el club, en el barrio, en nuestro vecindario, en nuestro edificio, en nuestro circulo social, en nuestra ciudad, nuestra provincia, y más frecuentemente, en nuestra nación, es decir, en nuestros gobernantes. En este sentido, un gobierno no es más que una legión de paternalistas (o si son mujeres, maternalistas) juntos y en plena acción.
Como dijimos, el paternalista no se caracteriza precisamente por su maldad, por lo que el daño social que generalmente provoca procede de su propia ignorancia (que suele estar combinada con una buena dosis de arrogancia, pedantería y soberbia). El desconoce completamente aquel dicho célebre por el cual "El camino al infierno está plagado de las mejores intenciones". El paternalista de buena fe cree que puede pensar, sentir, preferir y decidir lo que es "más conveniente" por y para los demás. Cree que sus gustos, inclinaciones y convicciones son (y deben ser) las mismas que deben adoptar sus semejantes, y, llegado el caso, si no es él mismo el que deba regularlas y legislarlas, deben ser otras personas que crean lo mismo que él (es decir, otros paternalistas), pero que se encuentren instaladas o a instalarse en el poder.  Por lo general, el paternalista no sabe que lo es, y cuando se le señala que lo es, naturalmente lo niega de plano. Se trata de una reacción normal en ellos.
Mientras –como señalamos- el paternalista tiene acotado su ámbito de poder, su daño se limita simplemente a las personas que le prestan oídos a sus "infalibles –y siempre listas- recetas" para regular todo lo regulable, es decir, absolutamente todo. Como dijimos antes, la cuestión ya cambia cuando esos sujetos acceden a posiciones de poder, y lo hacen a menudo, ya que no cabe la menor duda que detrás de todo político hay un paternalista "hecho y derecho". He aquí cuando su peligro se materializa en toda su dimensión, ya que estos sujetos consideran a sus semejantes como una suerte de infradotados y estúpidos que necesitan siempre de alguien quien los guie, corrija y los discipline en todo o casi todo. ¿y quién mejor para ello que nuestro "amigo" paternalista? Es decir, en realidad, no los consideran como semejantes, o sea como individuos, sino como algo inferior: como si fuéramos infra-individuos.
El paternalista choca a menudo (o casi siempre) con el individualista, ya que este último naturalmente no está propenso a acatar los dictados que el paternalista pretende imponerle, aun cuando el paternalista lo haga en sentido y con modales fraternales, como un "amigo" que aconseja "inocentemente" o que simplemente "sugiere". Detrás de cada aparente "sugerencia" o "consejo" del paternalista en realidad se esconde una mal disimulada orden de carácter claramente imperativo, que por mucho que lo disimule con sus amables y educadas palabras, un interlocutor suficientemente alerta y que no sufra del síndrome complementario del infantilismo  puede claramente advertir.
No es extraño que los sujetos paternalistas se sientan ideológicamente inclinados por las doctrinas colectivistas (como, por ejemplo, las socialistas o socialdemócratas) o admiren países como Suecia (el paradigma del paternalismo estatal) ya que dichas ideologías cuentan con una elevada dosis de paternalismo o bien puede considerarse que son la resultante de un conjunto de actitudes paternalistas acumuladas.



[1]DICCIONARIO DE LA LENGUA ESPAÑOLA - Vigésima segunda edición -Real Academia Española © Todos los derechos reservados

No hay comentarios.:

El Derecho (7° parte)

Por Gabriel Boragina © “F. La coerción jurídica en la práctica. Saliendo ahora del aspecto puramente filosófico y emplazando el tema...